La novia nocturna
El otro día,
caminando con un amigo de esos que son como hermano, cruzamos por el
cementerio del Buceo y como estaba abierto, entramos. Los cementerios nunca me
interesaron, pero tampoco me perturba
entrar a uno o ir a un entierro; siempre que había pensado en ir era para no
salir más. Sin embargo, como era domingo y todavía no pegaba el sol de febrero,
Javier no tuvo mejor idea que sugerir hacer una recorrida, como buen fanático
de la artes oscuras.
La cuestión es que
comenzamos a recorrer todas las calles internas, irónicamente llenas de verde,
parando en cada tumba que nos llamaba la atención. Obviamente estuvo en nuestra
recorrida la de Aparicio Saravia, la de Salvador Pla (el primer enterrado en el
año 1872) y la de la niña que se suicidó a los once años tirándose al río en el
puertito del Buceo, cuya imagen en blanco mármol no deja lugar a duda de
ninguno de los rasgos de la pequeña. Sin embargo, más allá de lo interesante
que pudieran parecer estas historias, la que me contó mi amigo ese día fue la
de la tumba vacía que está al lado del llamador más cercano a la entrada de
Avenida Rivera. La leyenda de la novia nocturna.
Su hermano,
historiador, le había contado que en el año
1927 Marcelo de veintinueve años, novio de Marcela de solo veintiuno, se
encontraba a punto de dar el sí en la iglesia, cuando de repente sintió que le
faltaba el aire. Su novia y casi esposa ya había dado el sí, pero al momento de
tener que hacer lo mismo, él no pudo emitir sonido. Se desplomó en el piso, y
muy preocupados, sus amigos y familiares se acercaron a socorrerlo. El
escuálido hombre no se movía y lo trasladaron al hospital Militar, donde un
doctor le aplicó suero y le hizo todo tipo de análisis. Después de varios
intentos de reanimación el hombre murió.El entierro fue al
otro día en el cementerio del Buceo, pero la novia nunca apareció. Con el
tiempo se supo que se había fugado junto a su amante, un doctor de cuarenta y
cinco años quién le había facilitado a Marcela el veneno para matar a su novio.
El mismo doctor se las había ingeniado para atender al paciente, y eliminar el
rastro del veneno, una vez que este ingresó al hospital. Su plan de dar muerte
a Marcelo funcionó, pero solo a medias ya que lo que querían en verdad era que
el hombre muriera después de dar el sí, pero antes de llegar a la luna de miel.
El fallecido tenía una gran herencia y ella no era virgen, por lo que cuando él
lo descubriera en su lecho de boda la iba a desheredar.
Al año siguiente,
presa de un ataque de culpa, la mujer fue a visitar la tumba de su víctima,
pero nunca se la volvió a ver. Esa misma tarde-noche, cuando el doctor notó la
ausencia de su amante, fue desesperado a
buscarla al cementerio y encontró la tumba de Marcelo abierta, como si hubiese
salido de su descanso y alcanzado la superficie, para llevarse con él a
Marcela.
Desde ese día, y todos los años en el
aniversario de su frustrado casamiento y de la desaparición de ambos, se repite
la misma escena a las puertas de la necrópolis capitalina. La mujer, vistiendo
su radiante vestido blanco de novia virginal aparece detrás de los barrotes de
la entrada principal del cementerio del Buceo, sobre Avenida Rivera, gritando
para salir, sacudiendo sus manos hacia afuera queriendo escapar. Los vecinos, e
incluso las prostitutas de la zona, la han visto y escuchado en las noches.
Siempre encuentra el cementerio cerrado y así paga en la eternidad su pecado
cometido en el mundo de los vivos, con su alma vagando en
el de los muertos.
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