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Te veo

Allí, en una ciudad donde si sopla el viento nadie lo escucha, yace tendida en el cuarto principal de la vieja casona, en el medio de una vieja cama, una figura escuálida, vestida de ropas caras, convertidas en pijama. Del pantalón una etiqueta de «Guess» acapara la atención; por su platinado brillante refleja la tenue luz de una lámpara de bajo consumo sobre una alianza dorada, tirada en suelo. 

Cuando tres horas antes Simona se despertaba, su día comenzaba teñido de rareza. Al principio fue solo una sensación interna, pero los acontecimientos le terminaron dando la razón. Ese día la alarma de su celular no había sonado, no es que fuera la primera vez que pasaba, pero lo que nunca le había sucedido era despertarse con el ventilador de pie prendido; su madre cada noche lo apagaba cuando ella se había olvidado de hacerlo y las frazadas ya cubrían su cuerpo. No era el viento, sino el ruido, lo que necesitaba de este aparato para dormir cada noche. Se sentó en la cama, cumplió con su meditación de media hora, y buscó (con éxito) la ropa con la que saldría al mundo ese día. Salió de su cuarto sin mirarse en el espejo y se dispuso a ir al baño, pero al pasar por la cocina se detuvo unos segundo al escuchar sonar al microondas cuatro veces.
-    Sonó cuatro veces pensó extrañada. Lo extraño no era que sonara el aparato, sino la cantidad de veces que sonó. ¿Qué microondas suena cuatro veces? —se dijo para sí misma.
Entró al baño y se encerró, dándole dos vueltas a la llave. Abrió la canilla de la pileta y dejo correr el agua hasta que esta ganó temperatura. Colocó sus manos juntas, formando una especie de recipiente, y cuando el agua ya tibia llenó el hueco, se llevó las manos a la cara, repitiendo esta acción unas tres veces. Después de lavarse la cara tomó un cepillo de pelos, con dientes bastante gruesos, y lo humedeció. Cerró la canilla pero antes de comenzar a peinarse, volvió a sonar el microondas y de nuevo, cuatro veces. Esta vez las contó muy consciente.
-    ¡Otra vez cuatro! se dijo en voz baja, como buscando convencerse a sí misma.
Quedó agazapada, a la espera de una tercera estocada de cuatro pitidos por parte del aparato, pero esta nunca llegó. Retomó su actividad y comenzó a peinarse. Se miró por última vez en el espejo. Satisfecha con lo que este le devolvía, le sonrió, dio media vuelta y destrancó la puerta para salir. Más por curiosidad que por temor se acercó lentamente a la cocina, pero no encontró a nadie. Tampoco había nadie desayunando en el comedor que se encontraba al lado. Quizás alguien se había calentado el desayuno y se había ido al patio.
-    Pero, ¿para qué molestarse? pensó y fue directo a la heladera.
La abrió, se sirvió el yogur, le agregó los cereales, se cortó un trozo de queso y así, con su desayuno ya completo, se fue al comedor a desayunar escuchando las noticias de una vieja radio. Se sentó. Casi al mismo tiempo sonó el reloj cucú que comenzaba a dar las diez de la mañana, y como si fuera una película, se quedó observándolo entrar y salir; pero en su décimo canto, este salió volando y se posó en su mano, junto a su trozo de queso, que redujo a migajas con un par de picotones, y sin que ella diera crédito aún, el ave volvió a su reloj, cerrando tras de sí la pequeña puerta.
Simona se levantó de golpe y salió de ese trance, disparada como una flecha hacia la salida. En el piso del living quedó su rastro de migas de queso y una pasta rosada de yogurt y cereales en dirección a la puerta principal de la casona. Tanteó el picaporte pero estaba trancada. Hizo fuerza pero la puerta no cedía. Lo tomó como una señal. Se detuvo a pensar. Ante el dilema de volver y enfrentar lo que fuera que estuvierse pasando o escapar de aquellos acontecimientos, decidió escapar. Hizo aún más fuerza, logró abrirla y salió, solo para encontrarse a si misma tendida en el cuarto principal de la vieja casona, en el medio de su vieja cama, vestida de ropas caras, convertidas en pijama, tal y como había amanecido aquel día.
No era un sueño, ella se encontraba mirándose a si misma, pero sin saber desde donde. Se dio vuelta para volver a entrar a la casa pero detrás de ella solo había un infinito espacio sin color. Dio media vuelta y dirigió toda su humanidad nuevamente hacia aquella escena. Quedó inmóvil, sin sentir nada, ni siquiera el paso del tiempo. Y allí comenzó a comprender. Se estaba viendo a sí misma desde el espejo, donde por alguna razón había quedado encerrada. Comenzó a analizar los hechos y repasó cada uno de sus movimientos más de cien veces, durante varias horas, mientras ella, o su reflejo en el lado real, seguía tendida en aquella cama, la etiqueta de Guess con su platinado brillante aun reflejaba la tenue luz de la lámpara sobre la vieja alianza dorada, y el ventilador de pie con su cabeza seguía oscilando de un lado a otro, en un eterno no.
Allí el mundo calló sobre su incorpóreo ser, y entendió que estaba del lado equivocado del espejo, donde el microondas no suena tres ni cinco veces, sino cuatro, y el cucú del reloj vuela con la libertad de una paloma.
-  El ventilador se dijo. ¡El maldito ventilador! gritó, acusando con el dedo a su inalcanzable verdugo.
Recordó una vez más el despertar de ese día.
-   «Abrí los ojos, miré el techo, me senté en la cama y medité, pero…¡no apague el ventilador!».  
En la simple pero tan necesaria meditación, su alma, momentáneamente desprendida de su cuerpo, fue arrastrada por el viento del ventilador al otro lado del espejo, empujada como una burbuja de jabón que no resiste la presión y explota, solo que esta burbuja fue a parar al otro lado del muro que separa dos mundos diferentes, paralelos, pero diferentes.
Su madre entró al cuarto y apagó el ventilador, pero ya era tarde. En la nueva mañana ya no sería ella quién despertaría en aquel cuerpo, no sería ella la que peinaría aquellos cabellos, ni desayunaría mirando el cucú. Ella sería, sin embargo, quién cada mañana devolvería desde la eternidad del otro lado una sonrisa en cada reflejo.

Hugo, el linyera

Hugo el linyera, por unas horas, fue mi amigo. Lo elegí de entre todos mis personajes para cumplir una misión muy importante y como recompensa tendría éxito, todo el dinero que deseara y cumpliría todos sus sueños. Tenía un gran futuro esperando en mi lapicera para él. 

El camino comenzaría con un Hugo ya adulto y golpeado por la vida, viviendo debajo de un puente con un carrito de supermercado como maleta. Luego, un día, tendría un golpe de suerte salvando a una señora de ser atropellada en el cambio de luz de un semáforo. Esa señora resultaría ser la madre de un importante hombre de negocios (pongámosle el Señor Renoft) quién, agradecido por su gesto, lo visitaría bajo el puente para regalarle dinero. Mi amigo no aceptaría el dinero, pero sí un trabajo, y terminaría siendo sereno en una de sus fábricas.

Hugo empezaría a vivir en un pequeño mono-ambiente en el  centro y luego de dos años de arduo trabajo ascendería a chofer personal del señor Renoft. Con un ingreso mejor se mudaría a una casa de dos cuartos y conocería a Inés, con quién se casaría, luego de seis meses de noviazgo.

Con el paso de los años pasaría a ser la mano derecha del envejecido (y aún soltero y sin hijos) Teodoro Renoft. Habría sido encargado de varios locales, estudiando por las noches y obteniendo después de un gran esfuerzo y sacrificio, el título de Licenciado en Administración de Empresas. Viajaría y conocería el mundo con su familia y, luego del retiro de su jefe, heredaría el legado del consorcio Renoft.

Pero a decir verdad desde el primer minuto Hugo se presentaba como un personaje rebelde, de ideas claras y pensamiento firme, y opuesto a todo poder que se le quisiera imponer.

Quise convencerlo por todos los modos posibles que se dejara llevar por el ritmo de mi lapicera pero no pude; cuanto más insistía, más se resistía. Si le ordenaba que fuera al río a lavarse la cara, enfilaba hacia algún contendedor y se ponía a buscar algo de comer. Si le daba instrucciones para que buscara trabajo o pidiera alguna changa, se quedaba toda la tarde tomando vino con sus compañeros del puente. Cuántos borradores para intentar domar al linyera. Y cuando al fin le pedí por favor que fuera hasta la esquina y esperara a que el semáforo cambiara de luz, él simplemente se quedó sentado, mirándome a los ojos, y sonriendo maliciosamente ante mi impotencia.

En ese momento Hugo el linyera, el personaje destinado a ser el protagonista de mi primer novela, dejó de ser mi amigo, y mi primer novela, dejó de ser novela, para convertirse en otro más de mis cuentos cortos.

Peatonal

La peatonal estaba vacía, más por el frío que por lo tarde de la noche. Ahí, donde en verano se ven parejas cenando, mendigos en busca de una moneda, o palomas en procura de alimentos; ahí, en esa angosta calle de solo cinco cuadras de largo, donde a cualquier hora se puede conseguir una caja de Lucky Strike de contrabando (y si se sabe buscar, cualquier tipo de prostitutas); ahí, esa noche, no había nadie. Los locales de venta, desde los de comida, hasta los de ropa, mostraban su peor cara, la de las puertas metálicas cerradas, unidas al piso con gruesos candados, ocultando su color original tras capas de graffitis. La niebla solo dejaba ver a media cuadra, tiñendo la escena con su color gris triste. A lo lejos solo se escuchaba la sirena de uno o dos patrulleros.

A cada paso que daba me repetía el proceso con el que debía desplazarme. Pie izquierdo adelante, mano izquierda atrás, pie derecho adelante, mano derecha atrás. Lo cumplía, mi plan parecía funcionar, y pasaba sigiloso, como un cuchillo cortando la espesa masa de aire y agua, que me absorbía a cada paso, me escondía en su húmedo interior, y se hacía mi cómplice. Caminaba ni muy lento ni muy rápido, a la velocidad que va alguien cuando va a algún lado. Siempre con la mirada al frente, hombros erguidos y la cabeza floja, sin demostrar la tensión que guardaba. Avancé una cuadra, y luego otra. Mi objetivo era llegar al otro lado de la peatonal, sin ser visto ni oído, para desde ahí tomarme una lancha en el puerto nuevo, cruzar la frontera, y olvidar esa pesadilla. Cuando comenzaba a transitar la tercera, me di cuenta que los nervios me estaban jugando una mala pasada, mis manos no dejaban de temblar. Sin detenerme tantee mi campera, sin suerte, y me desplacé hasta el bolsillo de mi camisa. Encontré los dos bultos, el pequeño y el  otro más grande. Ya a mitad camino, saqué un pucho y lo encendí. Sabía que me arriesgaba a ser visto de lejos, pero no soportaba sentirme nervioso, quizás por eso los Lucky Strike y el Zippo no me abandonaban nunca. Las sirenas habían desaparecido. Guardé el encendedor en el bolsillo y mientras pasaba por un bar, en el final de esa tercera cuadra, sentí que todo se derrumbaba.

Miré a mi izquierda y vi dos patrulleros parados. Los hijos de puta habían apagado las luces. La capa de agua en el techo de ambos me hizo ver que hacía un buen rato estaban ahí, agazapados, esperando a su presa. Junto a los dos coches pude ver cinco oficiales de la policía. Dos de ellos estaban apoyados con su cintura en la puerta de acompañante de uno de los vehículos. Otros dos, una mujer rubia, tan robusta como masculina, y un hombre pelado, fumaban apoyados en el otro coche, indiferentes a lo que estaba sucediendo. El quinto tipo estaba adentro de uno de los patrulleros, leyendo el diario; a pesar de eso, fue el primero en verme.

Intercambié una larga mirada con él, y apegado a mi plan, seguí caminando, simulando concentración en mi cigarro. Pero cometí un error, en lugar de seguir por la peatonal, intenté doblar a la derecha, para alejarme de la vista los policías. Una vez que estuve de espaldas escuché una voz de alto, y por instinto comencé a correr, dejando caer el cigarrillo. Casi en el mismo momento volvieron a sonar las sirenas, esta vez tan cerca que parecían morderme los talones. En el trayecto de dos cuadras no dejaba de pensar qué hacer con el arma que escondía en mi cintura, esa que había usado para herir al guardia del banco. El estúpido no había seguido mis órdenes y me había obligado a tomar medidas más drásticas. Casi llegando al puerto viejo comencé a sentirme encerrado, las sirenas se multiplicaban y la niebla ya no ocultaba las luces de los faros que se abrían paso a través de la noche. Me senté, tomé el arma que me incriminaba y comencé a llorar, esperando lo inevitable. Unas manos huesudas pero fuertes me agarraron de las muñecas y yo solo atiné a gritar con rabia por la impotencia. Me dejé arrastrar sin oponer resistencia y en unos pocos segundos me encontré debajo de la calle, en las alcantarillas. Cuando abrí los ojos pude ver las mismas luces, oír las mismas sirenas, pero desde la seguridad de un improvisado escondite. Miré a mi salvador a los ojos, quien con un simple gesto me dio a entender que debía guardar silencio. Pasaron más de dos horas hasta que las sirenas se alejaron del todo y las luces dejaron en paz la noche. Recién en ese momento pude agradecerle por haberme reconocido en lo profundo de la noche, y haberme alojado convenientemente en su “hogar”. No era otro que el mendigo a quien cada día yo extendía un pedazo de pan, sobrante de mis desayunos, y una moneda de diez pesos. Ese mendigo que me cruzaba cada día en la puerta del banco, y que aunque no me pidiera nada, yo no dudaba en ayudar. ¿Por qué él y no otro? No lo se, pero poco importa, y quiero creer que fue la forma que el destino eligió para financiar mi fianza y hacerla llegar a bolsillos más necesitados; esas monedas de diez pesos me habían salvado de la cárcel. Le di las gracias aun bastante incrédulo por como se habían dado las cosas, dejé el arma en la corriente de la alcantarilla, y me alejé, retomando maquinalmente mi paso y mi destino. Pie izquierdo adelante, mano izquierda atrás, pie derecho adelante, mano derecha atrás.

En el aire

La resaca nunca me había causado problemas; mi primera borrachera la había vivido apenas con diecisiete años, y así como cada día sale el sol, cada semana de mi vida tiene una borrachera. Claro que en diez años aprendí a controlarme, y dejé atrás episodios vergonzosos como haber entrado por la ventana de la casa de mi vecino y acostarme con su hija o secuestrar al perro de mi tía y encerrarlo en el lavarropas. Pero la experiencia no sirvió de nada cuando el despertar de la mañana de ese jueves fue con la nariz sangrando y sin poder entender por qué yo, con la espalda apoyada contra el techo, miraba mi cama desde lo alto de mi asombro.

Como un niño que por primera vez imagina que el cuco lo espera en la oscuridad de su placard, no tuve mejor idea que llamar a mi madre, fracasando al instante, sin poder emitir sonido alguno. Saqué el celular, pero no mostraba ni un rastro de señal. Mis manos, mis pies, mi cabeza, la totalidad de mi cuerpo flotaba, chocando una y otra vez contra ese techo blanco. Logré tomar control de la situación que parecía estar viviendo, no podía estar en pie, en tierra firme por así decirlo. Era como si a mi cuarto lo hubieran sumergido en una enorme piscina, excepto que no había agua, y podía respirar.

De un momento a otro el ambiente entró en escena. Me había despertado tan exaltado por el golpe con el techo que no había reparado en que seguramente no era el único aturdido con la situación. Apoyé los pies en una de las paredes y me deslicé a través de la habitación, hasta alcanzar la ventana cerrada. Levanté la persiana, no ofrecía ninguna resistencia. Afuera, la imagen era devastadora. En un principio juré estar en una pesadilla y la tranquilidad me recorrió el cuerpo. Pero los segundos fueron pasando y todo iba de mal en peor.

Como burbujas de aire que ascienden en el mar en busca de su liberación eterna, pude ver como todo tipo de objetos se elevaban desde el suelo. Algunos permanecían flotando, inmóviles o girando sobre si mismos, otros no paraban de ascender hasta perderse detrás de alguna nube, o hasta hacerse tan pequeño para la vista, que el sol lo escondía tras sus rayos. La escena no tenía sentido, pero sin embargo estaba pasando. Junté saliva y escupí, apuntando al único ser que parecía no haber sido afectado por los hechos, una pequeña araña que reforzaba su telaraña en una esquina de mi cuarto. Confirmé lo que no quería, la fuerza de gravedad había desaparecido. Quedé dubitativo mirando por la ventana cómo las personas flotaban por todos lados, intentando inútilmente largas brazadas y desesperadas patadas, que los devolvieran al seguro piso de sus casas. Algunos lograban alcanzar edificios como el mío y se sujetaban a lo que encontraban. Un niño miraba por la ventana, en un edificio frente al mío, cómo su perro se había escapado, y en un ascenso sin paradas hacia el cielo, chocaba con un motociclista, que parecía haber sido sorprendido por el evento en medio de la ruta.

Aún no daba crédito a lo que estaba viviendo. Se desprendieron de mis ojos un par de lágrimas, pero lejos de mojar mi remera, fueron a parar a una de las paletas del ventilador de techo. Nuevamente tomé impulso, esta vez en la pared de la ventana, e intenté alcanzar la puerta de mi cuarto, sin éxito, y a mitad de camino, comencé a estudiar mis posibilidades de movimiento. Si bien era leve, existía una perceptible presión hacia arriba, por lo que para moverme comencé a dejarme llevar boca arriba hasta el techo, y como un "Spiderman" improvisado, fui dando pequeños pasos con manos y pies, hasta llegar a la puerta. Me estiré y logré alcanzar el picaporte. Abrí la puerta y repetí la acción de arrastrarme en cuatro patas en el techo, hasta revisar todas las habitaciones del apartamento de sesenta metros cuadrados. No encontré rastros de mi madre. Sí encontré, como obstáculos en una pista de carrera, las cuatro sillas en el techo del living, la mesa flotando junto a la ventana con el vidrio roto y pequeños pedazos de vidrio flotaban alrededor. En el baño todo se había arremolinado en el cesto de la ropa sucia, que con su boca apuntando al suelo, parecía una improvisada trampa de implementos de baño. No vi señales de mi computadora portátil, pero imaginé en seguida que podría haberse escapado por la ventana, ya que la noche anterior había quedado sobre la mesa del living.

Por fin una idea útil cruzó mi cabeza, que parecía tomar todo esto con una naturalidad preocupante. Esto debía estar pasando en todo el mundo, por lo que en la TV alguien debería estar dando indicaciones de qué hacer. La de mi cuarto no funcionaba hacía unos meses, pero la de mi madre estaba casi nueva. Con la mayor velocidad que la no gravedad me permitió, me arrastré hasta su cuarto, y pude ver con alegría que la TV estaba sana, flotando sin chocar contra nada, gracias al corto cable que aún la mantenía enchufada contra la pared. Logré alcanzarla y la encendí. Ninguno de los canales del cable tenía vida, algo desalentador; todos tenían su imagen congelada. Fui cambiando uno tras otros, en un intento desesperado de ayuda, hasta que pude leer la pantalla roja, con letras blancas de Crónica TV “No hay nada que podamos hacer”

Luego de unos minutos midiendo la situación y buscando sustento para lo que estaba pasando, el boletín de la única noticia relevante irrumpió la pantalla y le dio una explicación a todo. Fuera de lo sensacionalista, el canal de noticias explicaba, placa a placa, cómo un meteorito había colisionado contra la luna, dejando orbitando alrededor de la tierra un pequeño vestigio de masa blanca, y provocando la pérdida de atracción gravitatoria; ésta había sido sustituida por el vacío, y en ciertas regiones del mundo, por la atracción del sol, que minuto a minuto acercaba al planeta tierra más y más hacia sí mismo. Era cuestión de tiempo, el final había llegado y no había nada que hacer. Intenté encender un cigarro pero una extraña llama verde salió del encendedor sin lograr hacerlo; intenté con la hornalla de la cocina eléctrica pero sin un resultado positivo. Sabía que en el apartamento no había velas, así que entendí que no había más nada que hacer. Tomé una hoja, la apoyé en el techo de madera del living, y con una lapicera decidí relatar ésta, mi última jornada de vida. Ahora que ya terminé, voy a tomar mi caja de cigarros, voy a ir hasta la ventana, rota, y atravesando las esquirlas, voy a dar un gran salto hacia el inevitable destino, y cuando el calor se haga tan grande que me abrace, con él voy a encender mi cigarrillo, y voy a morir en paz.

Todo comienza los viernes


Mi nombre es Franco, nací el 21 de noviembre de 1947, viernes, y voy a morir un lunes. ¿Cómo lo se? Porque me lo dijo la voz, esa que todos oímos, pero no todos admitimos escuchar.

El viernes, quinto día de la semana, es un día muy particular tanto para quienes están en edad de ir al colegio, como para quienes, incluso con canas, cumplen horarios laborales.

A modo de ejemplificar, el martes o el miércoles no son de gran relevancia para nadie, o al menos no lo son para la mayoría. Por supuesto que para cada uno, cada día tendrá un significado particular pero en una convención general, días como el viernes son al menos de relevancia para la mayoría de la población mundial.

Pero, esto, ¿por qué es así?

El nombre de "viernes" proviene del latín “Veneris dies”, o 'día de Venus', la diosa de la belleza y el amor. Quizás con este concepto se comienza a ver la asociación o la referencia a lo que viene luego de ese umbral llamado viernes, el fin de semana. Es por esta razón que el viernes es visto como una causa de celebración o alivio, y en países donde el inglés es la lengua materna, se ha generado la expresión T.G.I.F. (Thank God It's Friday). Incluso a nivel mundial, dada esta celebración llamada viernes, muchas empresas implementaron el llamado Casual Friday o Dress-Down Friday, el cual permite a los empleados a concurrir a trabajar con una vestimenta más informal, más cómoda.

Sin embargo en algunos países el viernes es el último día del fin de semana. En otros, es el único día de fin de semana que tienen. E incluso hay países donde el viernes es el primer día de la semana. Afortunadamente todos estos son los menos, y es poca la población mundial que desconoce la magia del viernes.

En algunas culturas el viernes es considerado de mala suerte; quizás donde más se note es en la cultura del mar, donde se considera de muy mala fortuna comenzar un nuevo viaje un viernes. Contrariamente a este pensamiento, en otras culturas, el viernes es considerado de excelente fortuna para la siembra y cosecha de las semillas. En este ultimo caso la fundamentación proviene de una tonalidad religiosa, ya que como la resurrección siguió la crucifixión, lo mismo se espera de la semilla, que venga a la vida luego de ser enterrada.  

Podría seguir agregando palabras de lo que para la historia y para el mundo significa el viernes, pero para mí, el viernes es el día en que todo comienza.

Un viernes nací yo, y también cada uno de mis hermanos, mi madre y mi perro. Un viernes terminé las clases en la escuela, que dieron paso al inicio del liceo; un viernes culminé el liceo y comencé mi historia en la universidad. Viernes fue el día que aprobé mi último examen para dedicar mi vida a la medicina, y también en ese día un año más tarde realicé mi primer cirugía, de forma exitosa. 

Desde los 23 años, al menos un viernes por mes, comienzo una nueva historia escrita en libros. Viernes fue el día elegido por mi abuelo para reunir por la noche a toda la familia para cenar juntos y compartir lo que en la vida de cada uno había sucedido en el transcurso de la semana. El último viernes de cada mes era el día elegido por mi madre para preparar mi comida preferida.

Y un viernes, como no podía ser de otra manera, fue cuando me di cuenta que si todo comenzaba un viernes, entonces debería terminarse un lunes. Un lunes falleció mi madre, mi perro, mi abuelo y mi único paciente en la mesa de operaciones. Los dos exámenes que no aprobé en la universidad los rendí un lunes. Los lunes son los días que termino de leer los libros que comienzo los viernes, sin importar que sean cortos o extensos, el próximo o el siguiente, pero un lunes los termino.

Es por esto que cuando la voz me contó como en secreto que un lunes iba a terminar este viaje, no tuve ninguna duda que así sería. Me lamenté de no haberla escuchado antes en otras instancias, pero ya nada podía hacer, la oportunidad había pasado. Así que opté, en lo que quedara de mi vida, por dejarme llevar por ella y buscar lo que necesitaba para sentirme completo; decidí sin más dejar que el viento del destino me llevara al puerto, sin importar que puerto o a través de que tormentas, porque sabía que solo siguiendo esa voz podría realmente llegar a ser quien quiero ser.

La misma sangre

Claro, todos dicen tener un mejor amigo y un peor enemigo. Tú ya debes tenerlos. Pero ¿cuántos tienen a ambos personajes encerrados en la misma persona? ¿y cuántos de ellos tienen por enemigo a su misma sangre?

Lo primero que debes saber es que la amistad entre Clara y yo comenzó cuando yo tenía unos quince años y ella dieciocho. Era nueva en el liceo y yo era la más popular y tuve que hacérselo saber. Según se decía había perdido un par de años en Europa viajando con su familia, pero no me dejé intimidar por su edad y cultura. Le hice el vacío durante un tiempo, le era indiferente y ni siquiera la miraba a los ojos; hasta que un día comencé a notar en ella algo de mí. Comenzamos a charlar de vez en cuando, tenía buen gusto para vestirse y eso le daba puntos para que yo le dedicara minutos de mis recreos. Con el tiempo fuimos pegando buena onda. Empezamos a hacer planes para ir a comprar ropa juntas, para salir, hasta que inevitablemente nos hicimos mejores amigas. Ese año me acuerdo que estudiamos para los exámenes y salvamos todo con las mismas notas. Como premio ese verano nos fuimos con la familia de ella a una playa cerca de Rocha. Mi padre no quería dejarme porque según él la playa no era un lugar seguro y además no conocía a los padres de Clara. Por suerte mamá logró convencerlo. Fueron pocos días pero los suficientes para reafirmar nuestra gran amistad.

Compartimos todo el cuarto y el quinto año de liceo, éramos inseparables. Yo ya no era tan popular, pero habíamos logrado armar un grupo de buenas amigas. En esos años comenzamos a hablar más con los varones y ambas tuvimos novio por primera vez. Salíamos los cuatro, íbamos a las matinées juntas e incluso nuestros novios se hicieron buenos amigos.

Pero un viernes de enero, antes de comenzar el último año de liceo, escuché a mis padres discutiendo en su cuarto. Discutían mucho. No escuchaba lo que decían, pero identificaba dos nombres, el mío y el de Clara. Decidí acercarme y logre escuchar a papá repitiendo que no podíamos ser amigas y a mamá negando que algo así pudiera ser cierto. Entré corriendo al cuarto, ella estaba llorando. Cuando me vio, salió. Miré a mi padre sin entender la razón por la que intentaba separarme de Clara, y lo insulté. Sin pensar, me fui corriendo a su casa pero no había nadie. Me senté en el cordón de la vereda y esperé por horas, pero nadie apareció. Era como si el mundo se hubiera confabulado para hacerme sentir miserable. La gente que pasaba me miraba y me preguntaba si estaba bien al ver la sangre que salía de mis dedos; yo no dejaba de morderlos por la rabia que sentía. Antes de caer la noche me di por vencida y volví a mi casa. Allí estaban todos, preocupados por mí, en un ambiente que se cortaba con cuchillo. Mi padre abrazaba a mi amiga y ambos sonreían de una manera que se me antojó burlona. Mi madre lloraba abrazada de la madre de mi amiga. Entré y quedé contemplando la escena, totalmente despistada y sin saber para donde arrancar. Mi padre se aproximó y me abrazo. Yo recuerdo haberlo apartado con mi brazo, exigiendo una explicación con mi mirada. Me senté en una de las sillas del living y, como en un grupo de autoayuda, el resto se sentó en un medio círculo a mi lado.

Luego de media hora de discursos y disculpas, más que nada por parte de mi padre, esto que te resumo es lo que rescaté:

Mi padre, tres años antes de que yo naciera, había tenido una aventura con una chica, dejándola embarazada. Al enterarse le sugirió un aborto pero cuando ella no aceptó, él se fue de la ciudad y al poco tiempo conoció a mi madre.
El novio de ese momento de aquella chica le perdonó la infidelidad y decidió hacerse cargo del hijo. Le dio su apellido y decidieron nunca decirle la verdad a la criatura. Como él resultó ser estéril, fue el único hijo que tuvieron. Con el tiempo la familia se mudó de ciudad, y ese bebe se convirtió en mi mejor amiga.
Cuando mi padre descubrió quién era la madre de mi amiga, la encaró y al confirmar que Clara era también su hija, le pidió permiso para contarle la verdad. Ella, desde el primer año que nos conocimos supo toda la historia pero nunca, en estos tres años, me había contado nada. Y eso fue lo que mas me dolió luego de aquellas revelaciones, su traición.

La mentira, el haberme ocultado su historia tanto tiempo, era mi hermana, pero no me dejó saberlo. No tengo palabras para describir el odio que sentí en ese momento, la impotencia que me entró cuando terminé de escuchar la historia de la cual no me habían dejado ser parte.

Esa noche fui a dormir a lo de mi abuela y no volví por una semana más o menos. Pude perdonar a mi padre, pero le prohibí ver a mi amiga; a ella nunca la perdoné. Sé que el la veía a escondidas, y por los celos que eso me generó, mi odio hacia ella se multiplicó. Creo que una amistad prueba su fuerza ante los embistes del destino, y la nuestra no resistió compartir un padre.

Pero ese destino, con sus vueltas y tumbos, hizo que hoy, treinta años después, me las tenga que ver cara a cara con mi media hermana, mi mejor amiga y mi peor enemiga.

Como si de la mente retorcida del guionista de la vida hubiese salido una novela de enredos, teniéndonos a nosotras como protagonistas, tú, hija, te enamoraste del hijo de Clara, y esa, mi amor, es la razón por la que no pueden estar juntos. Simplemente porque llevan la misma sangre.

Ojalá llegues a leer estas palabras, mi propio discurso, y puedas entenderme y volver a casa. 

Te extraño mucho y necesito abrazarte y saber que estas bien.

Te amo.

Mamá

No hay mas tiempo que perder

Me despierto. Abro los ojos. Una vez más el techo blanco aparece frente a mí, como cada mañana en ese pueblo de unas diez cabañas, modestas casitas de madera y ladrillo. El sonido del viento siempre en la ventana, la naturaleza lo rodea todo y a muchos kilómetros la envidiosa ciudad se ahoga en su tumulto. La rutina se repite día a día, la señora que me cuida me da los buenos días, me besa en la mejilla felicitándome por ser el primero del pueblo en despertarme y me ayuda a vestirme. Siempre tuve una alarma interna para despertarme temprano, muy temprano, y así disfrutar más de cada día; creo que es la consecuencia de que muy adentro mío palpite desde siempre una sensación de “no hay más tiempo que perder”.

En ese entonces era verano, estábamos en vacaciones, y nunca veía a mis padres porque siempre estaban trabajando, al menos eso decía Rosa. Rosa era como mi segunda madre, y pensaba en algún día pedirle matrimonio. Me servía el desayuno en la mesa de la cocina donde generalmente comía solo. Eran muy pocos los días que desayunaba con mi abuelo y sus amigos, que vivían en unas cabañas al lado de la nuestra. Cuando salía a pasear con Rosa siempre los veía, sentados en sus mecedoras o jugando ajedrez o damas en la placita del pueblo, justo en el medio de las cabañas.

Todo marchaba bien, Rosa cada día me miraba con mayor cariño, su comida cada vez era más rica y lo mejor de todo, la escuela y los compañeritos por suerte estaban muy lejos. Ser el gordito de la clase me había merecido convertirme en el chivo expiatorio del grupo, y como no se pelear, no tenía más remedio que sucumbir ante ese rol. Los momentos que paso en la escuela no son lindos, y por eso me gusta tanto estar con Rosa, ella siempre me trata bien. 
Pero ese verano todo se derrumbó cuando me desperté un día y Rosa había desaparecido. En su lugar estaba Laura, pero yo no quería a Laura, quería a Rosa. Reclamé que volviera, pero nadie contestó. La nueva chica me sirvió el desayuno en la cama, pero ni bien terminé de probar un par de bocados salí sin dudar a hablar con mi abuelo, seguro de que él me podría ayudar. Pero ese día no lo encontré- seguramente se quedó a descansar-pensé. Sin embargo al darme la vuelta para volver a mi casa me crucé con uno de los policías del pueblo. Le dije que tenía una denuncia para hacer, que mi segunda madre había desaparecido, y que no sabía a quién recurrir. El me miró a los ojos y se rió, mucho. Sentí una gran impotencia y me puse a llorar. Laura, que aparentemente había estado siguiendo la escena a lo lejos, corrió a abrazarme y me llevó adentro. 

Al otro día mi abuelo tampoco salió de su cabaña, y Laura no sabía dónde estaba, pero me tranquilizaba que ella pensara igual que yo –seguramente esté descansando de este calor- me dijo. Dos días más pasaron y ni Rosa, ni mi abuelo aparecían. Comencé a notar que no era solo mi abuelo el que faltaba, uno de sus amigos que siempre estaba con él tampoco aparecía por el pueblo. 

El verano dio paso al otoño, y este al duro invierno; los días y las noches fueron transcurriendo y con ellos, los habitantes de mi pueblo fueron despareciendo. A veces aparecían nuevos vecinos, pero incluso algunos de ellos también desaparecieron. Yo no dejaba de preguntar, pero la respuesta era siempre la misma- vos no entendes- me decía Laura, tratándome como niño chico; los más viejos del pueblo se reían de mí, como el policía unos meses antes, parecían no entender la gravedad del asunto. No me voy a dar por vencido – me digo a mi mismo, aunque sin creérmelo. 

Pero hoy, aunque aún es temprano, ya se hizo de noche, así que le voy a pedir a Laura que me lea un cuento y espere a que me duerma para apagar la luz. Cómo la quiero, es como una segunda madre para mí...no hay más tiempo que perder, no hay más tiempo que perder, no hay mas tiempo…

–El abuelo está loco- dijo la niña. Su madre le dio con una cálida mirada y sonrió.
–No está loco Flor, está viejito y enfermo. Laura, ¿cómo andas?- continuó la señora del sombrero marrón.
-Bien, gracias a Dios- respondió esta. Un poco aburrida acá lejos de todo, pero el aire fresco me hace bien. 
-Me alegro ¿Y Rosa?
-Bien también, disfrutando de su merecida jubilación después de casi cuarenta años de trabajo incansable, vio como es la tarea de sacrificada.
-Sí, me imagino. Y papá ¿cómo está?- preguntó de inmediato su interlocutora- dejando en evidencia con su tono que era esta la pregunta que en realidad buscaba responder
-Como siempre nomás doña. Ahora duerme, vio que cuando cae el sol ya empieza a pedir su cuento. Recién lo acosté.
-¿Hubo algún avance este mes? 

La respuesta que obtuvo fue un simple movimiento de cabeza, de un lado a otro, con unos labios apretados y una mirada indiferente. 

Otro día termina, y una noche más comienza, en el geriátrico de campo. Un señor mayor se acuesta creyendo ser un niño, sintiéndose niño, sin saber que varios de los compañeros que lo molestaron en la escuela se convirtieron en grandes amigos; sin entender porque muchos de ellos, día a día, noche a noche, fueron despareciendo del pueblo, para nunca más volver.


Crecer exponencialmente

Todos los días, sin excepción, se nos presentan opciones, situaciones de crecer exponencialmente. Lo interesante es que esas mismas situaciones sean también la posibilidad de crecer de forma lineal. Nuestra actitud hacia que camino seguir o que decisión tomar es lo que a la postre va a determinar uno u otro.

Crecer exponencialmente es aprovechar las situaciones que la vida nos pone, o aun mejor, que nosotros ponemos en nuestro día a día, aprendiendo no solo de nosotros, sino de y con los demás. Aprender del error propio es crecer, pero aprender y aprehender de los errores compartidos, o de otros, es crecer exponencialmente.

Elegir soluciones que contemplen los intereses de los demás, aunque sea el camino mas engorroso, es crecer el doble.

Ponerse en la piel del otro, hacer de la empatía una sana costumbre, es crecer mucho más que poner siempre nuestros intereses por delante. No es dejar los nuestros de lado, es buscar el camino que mejor los acompase con los del resto. Tampoco es tomar los intereses del mundo entero, es evaluar la opción que mejor abarque los de quienes nos rodean, los de quienes viven en nuestra vida, los de quienes comparten nuestro tiempo. Crecer de forma exponencial es pensar tres veces antes de decidir, la primera mirando el árbol, la segunda el bosque y finalmente, mirando uno en el otro.

Crecer linealmente, es lo opuesto. Es todo el tiempo decidir nuestro camino por la comodidad de una decisión fácil, de corto plazo.

Día tras día se nos presentan oportunidades de hacer las cosas bien o hacer las cosas mejor. No hay solo malas o buenas decisiones cuando hablamos de vivir, también hay mejores, y en ese sentido creo debemos comenzar a caminar. Arremangarse de una vez, ensuciarse en el barro, hacer lo difícil, hacer lo incómodo, hacerlo a largo plazo. Si en vez de patear la pelota al corner nos ponemos de acuerdo en tomar el toro por las astas todos, todo se haría más fácil. Si en vez de depender de unos pocos que se sacrifiquen por el bien de muchos, esos muchos también se sacrificaran, el sacrificio sería mucho menor. Eso es crecer exponencialmente.

Crecer mas que proporcionalmente es aprovechar cada oportunidad, y buscar que cada día tenga más alternativas, mas opciones, mas situaciones en las que podamos incidir, más personas con las que podamos involucrarnos para aprender de ellos, con ellos, y de forma recíproca, compartir nuestras experiencias.

Crecer así es escuchar la voz interior y actuar, no posponer, ni encontrar razones que en realidad son excusas. Es encontrar la oportunidad en cada opción.

La novia nocturna

El otro día, caminando con un amigo de esos que son como hermano, cruzamos por el cementerio del Buceo y como estaba abierto, entramos. Los cementerios nunca me interesaron,  pero tampoco me perturba entrar a uno o ir a un entierro; siempre que había pensado en ir era para no salir más. Sin embargo, como era domingo y todavía no pegaba el sol de febrero, Javier no tuvo mejor idea que sugerir hacer una recorrida, como buen fanático de la artes oscuras.

La cuestión es que comenzamos a recorrer todas las calles internas, irónicamente llenas de verde, parando en cada tumba que nos llamaba la atención. Obviamente estuvo en nuestra recorrida la de Aparicio Saravia, la de Salvador Pla (el primer enterrado en el año 1872) y la de la niña que se suicidó a los once años tirándose al río en el puertito del Buceo, cuya imagen en blanco mármol no deja lugar a duda de ninguno de los rasgos de la pequeña. Sin embargo, más allá de lo interesante que pudieran parecer estas historias, la que me contó mi amigo ese día fue la de la tumba vacía que está al lado del llamador más cercano a la entrada de Avenida Rivera. La leyenda de la novia nocturna.


Su hermano, historiador, le había contado que en el año 1927 Marcelo de veintinueve años, novio de Marcela de solo veintiuno, se encontraba a punto de dar el sí en la iglesia, cuando de repente sintió que le faltaba el aire. Su novia y casi esposa ya había dado el sí, pero al momento de tener que hacer lo mismo, él no pudo emitir sonido. Se desplomó en el piso, y muy preocupados, sus amigos y familiares se acercaron a socorrerlo. El escuálido hombre no se movía y lo trasladaron al hospital Militar, donde un doctor le aplicó suero y le hizo todo tipo de análisis. Después de varios intentos de reanimación el hombre murió.El entierro fue al otro día en el cementerio del Buceo, pero la novia nunca apareció. Con el tiempo se supo que se había fugado junto a su amante, un doctor de cuarenta y cinco años quién le había facilitado a Marcela el veneno para matar a su novio. El mismo doctor se las había ingeniado para atender al paciente, y eliminar el rastro del veneno, una vez que este ingresó al hospital. Su plan de dar muerte a Marcelo funcionó, pero solo a medias ya que lo que querían en verdad era que el hombre muriera después de dar el sí, pero antes de llegar a la luna de miel. El fallecido tenía una gran herencia y ella no era virgen, por lo que cuando él lo descubriera en su lecho de boda la iba a desheredar.


Al año siguiente, presa de un ataque de culpa, la mujer fue a visitar la tumba de su víctima, pero nunca se la volvió a ver. Esa misma tarde-noche, cuando el doctor notó la ausencia de su amante, fue desesperado a buscarla al cementerio y encontró la tumba de Marcelo abierta, como si hubiese salido de su descanso y alcanzado la superficie, para llevarse con él a Marcela.


Desde ese día, y todos los años en el aniversario de su frustrado casamiento y de la desaparición de ambos, se repite la misma escena a las puertas de la necrópolis capitalina. La mujer, vistiendo su radiante vestido blanco de novia virginal aparece detrás de los barrotes de la entrada principal del cementerio del Buceo, sobre Avenida Rivera, gritando para salir, sacudiendo sus manos hacia afuera queriendo escapar. Los vecinos, e incluso las prostitutas de la zona, la han visto y escuchado en las noches. Siempre encuentra el cementerio cerrado y así paga en la eternidad su pecado cometido en el mundo de los vivos, con su alma vagando en el de los muertos.