Me despierto. Abro los ojos. Una vez más el techo blanco aparece frente a mí, como cada mañana en ese pueblo de unas diez cabañas, modestas casitas de madera y ladrillo. El sonido del viento siempre en la ventana, la naturaleza lo rodea todo y a muchos kilómetros la envidiosa ciudad se ahoga en su tumulto. La rutina se repite día a día, la señora que me cuida me da los buenos días, me besa en la mejilla felicitándome por ser el primero del pueblo en despertarme y me ayuda a vestirme. Siempre tuve una alarma interna para despertarme temprano, muy temprano, y así disfrutar más de cada día; creo que es la consecuencia de que muy adentro mío palpite desde siempre una sensación de “no hay más tiempo que perder”.
En ese entonces era verano, estábamos en vacaciones, y nunca veía a mis padres porque siempre estaban trabajando, al menos eso decía Rosa. Rosa era como mi segunda madre, y pensaba en algún día pedirle matrimonio. Me servía el desayuno en la mesa de la cocina donde generalmente comía solo. Eran muy pocos los días que desayunaba con mi abuelo y sus amigos, que vivían en unas cabañas al lado de la nuestra. Cuando salía a pasear con Rosa siempre los veía, sentados en sus mecedoras o jugando ajedrez o damas en la placita del pueblo, justo en el medio de las cabañas.
Todo marchaba bien, Rosa cada día me miraba con mayor cariño, su comida cada vez era más rica y lo mejor de todo, la escuela y los compañeritos por suerte estaban muy lejos. Ser el gordito de la clase me había merecido convertirme en el chivo expiatorio del grupo, y como no se pelear, no tenía más remedio que sucumbir ante ese rol. Los momentos que paso en la escuela no son lindos, y por eso me gusta tanto estar con Rosa, ella siempre me trata bien.
Pero ese verano todo se derrumbó cuando me desperté un día y Rosa había desaparecido. En su lugar estaba Laura, pero yo no quería a Laura, quería a Rosa. Reclamé que volviera, pero nadie contestó. La nueva chica me sirvió el desayuno en la cama, pero ni bien terminé de probar un par de bocados salí sin dudar a hablar con mi abuelo, seguro de que él me podría ayudar. Pero ese día no lo encontré- seguramente se quedó a descansar-pensé. Sin embargo al darme la vuelta para volver a mi casa me crucé con uno de los policías del pueblo. Le dije que tenía una denuncia para hacer, que mi segunda madre había desaparecido, y que no sabía a quién recurrir. El me miró a los ojos y se rió, mucho. Sentí una gran impotencia y me puse a llorar. Laura, que aparentemente había estado siguiendo la escena a lo lejos, corrió a abrazarme y me llevó adentro.
Al otro día mi abuelo tampoco salió de su cabaña, y Laura no sabía dónde estaba, pero me tranquilizaba que ella pensara igual que yo –seguramente esté descansando de este calor- me dijo. Dos días más pasaron y ni Rosa, ni mi abuelo aparecían. Comencé a notar que no era solo mi abuelo el que faltaba, uno de sus amigos que siempre estaba con él tampoco aparecía por el pueblo.
El verano dio paso al otoño, y este al duro invierno; los días y las noches fueron transcurriendo y con ellos, los habitantes de mi pueblo fueron despareciendo. A veces aparecían nuevos vecinos, pero incluso algunos de ellos también desaparecieron. Yo no dejaba de preguntar, pero la respuesta era siempre la misma- vos no entendes- me decía Laura, tratándome como niño chico; los más viejos del pueblo se reían de mí, como el policía unos meses antes, parecían no entender la gravedad del asunto. No me voy a dar por vencido – me digo a mi mismo, aunque sin creérmelo.
Pero hoy, aunque aún es temprano, ya se hizo de noche, así que le voy a pedir a Laura que me lea un cuento y espere a que me duerma para apagar la luz. Cómo la quiero, es como una segunda madre para mí...no hay más tiempo que perder, no hay más tiempo que perder, no hay mas tiempo…
–El abuelo está loco- dijo la niña. Su madre le dio con una cálida mirada y sonrió.
–No está loco Flor, está viejito y enfermo. Laura, ¿cómo andas?- continuó la señora del sombrero marrón.
-Bien, gracias a Dios- respondió esta. Un poco aburrida acá lejos de todo, pero el aire fresco me hace bien.
-Me alegro ¿Y Rosa?
-Bien también, disfrutando de su merecida jubilación después de casi cuarenta años de trabajo incansable, vio como es la tarea de sacrificada.
-Sí, me imagino. Y papá ¿cómo está?- preguntó de inmediato su interlocutora- dejando en evidencia con su tono que era esta la pregunta que en realidad buscaba responder
-Como siempre nomás doña. Ahora duerme, vio que cuando cae el sol ya empieza a pedir su cuento. Recién lo acosté.
-¿Hubo algún avance este mes?
La respuesta que obtuvo fue un simple movimiento de cabeza, de un lado a otro, con unos labios apretados y una mirada indiferente.
Otro día termina, y una noche más comienza, en el geriátrico de campo. Un señor mayor se acuesta creyendo ser un niño, sintiéndose niño, sin saber que varios de los compañeros que lo molestaron en la escuela se convirtieron en grandes amigos; sin entender porque muchos de ellos, día a día, noche a noche, fueron despareciendo del pueblo, para nunca más volver.
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