Digitus

Objeto: Obmolior

Descripción: Dispositivo mecánico de metal compuesto por seis o más ruedas incrustadas a una barra de entre uno y tres metros de altura, que se encuentra apoyada sobre una base cuadrada de 400 centímetros cuadrados. Las ruedas están unidas entre sí por cuerdas. Cada rueda tiene un diámetro de 12 centímetro, y entre cada una de ellas, así como entre la primera y la base, hay una separación de 4 centímetros. Anexo a esta maquinara, y apoyado en esa misma base, aparece una escalera de un metal mas liviano, la cual cubre la misma altitud de la barra, teniendo a la altura de cada una de las ruedas una firme base que ocupa unos 40 centímetros cuadrados.

Uso: Esta máquina es la principal herramienta que usan los pueblos de la raza digitus para la construcción de sus pirámides. A la raza digitus la componen seres de forma humanoide de entre 7 y 10 centímetros de altura, con un torso, dos brazos y dos manos, dos piernas y dos pies, así como una cabeza pero sin pelo. Son de color amarillo y naranja fluorescente y viven lejos de la vista de los humanos, ya que por su necesidad de intenso calor sus colonias proliferan cerca del centro de la tierra, casi a orillas de los ríos de lava interna. Son seres con un nivel de fuerza limitada, ya que no pueden expandir su masa muscular más que en casi un 1% por año. Por esto, la función de un obmolior es la de reducir esta debilidad al multiplicar la fuerza de un digitus a la hora de levantar los pesados bloques de lava petrificada con los que construyen sus pirámides. Esto sucede por la acción de tirar de las cuerdas de cada uno de los seis o más pisos que, funcionando como poleas, generan la fuerza requerida para levantar los diferentes niveles de sus construcciones. Cuando un grupo de digitus se coloca en el primer piso de un obmolior y tira de la cuerda que está a esa altura la fuerza generada se duplica, haciendo más fácil el trabajo. Además, si otros digitus agregan su fuerza desde los pisos superiores se logra que esta se multiplique un 20% adicional. Es decir que si se cubren 6 pisos del obmolior el resultado es una triplicación de energías dada por la duplicación que genera el primer piso, más la suma del 20% de cada uno de los restantes 5 pisos.
  
AD – DD

La obsesión del pueblo de los digitus por la construcción de pirámides no tiene justificación más que en su naturaleza. Innovadores, metódicos, ordenados y admiradores de la arquitectura, los digitus desde que nacen son divididos en dos grandes grupos. El primero con la tarea de proveer alimentos a la comunidad, junto con el mantenimiento de sus hogares, hechos mayormente de barro y metales recolectados en la zona. El segundo dedica los días a la construcción de diferentes tipos de pirámides con variados diseños y alturas diferentes. Dado que son seres hermafroditas secuenciales, esto es que nacen con un sexo pero en determinado momento de su crecimiento este cambia, la asignación a uno u otro grupo no depende de su género. A pesar de esto, una vez asignado a uno de los grupos el digitus no puede cambiar. Sin embargo se han dado casos donde al alcanzar la edad de retiro, a los nueve años, es decir tres antes del promedio de esperanza de vida, dado el buena estado físico y mental de algunos, se les ha permitido realizar tareas de menor esfuerzo en ambos grupos.

Es el caso de Dux, uno de los más renombrados digitus que falleció a la edad de once años y cinco meses, pero contando en su haber de vida logros que cambiaron el destino de su raza. Desde joven era visto como innovador e inquieto por su grupo de más de ciento cincuenta miembros, habitantes de las zonas de lo que en la superficie terrestre se correspondería con el este de Mongolia, a pocos kilómetros de la frontera con China. Se hacían llamar los Novarum, y eran en esa región el grupo más dedicado a la construcción de pirámides, destacándose su esfuerzo por realizar las más modernas y estilizadas. Hoy en día existe en honor a este personaje una gran pirámide de más de cuatro metros de altura, la más alta en incontables kilómetros a la redonda. En la parte inferior se puede leer la inscripción “Ad cor gestae, res tota mendacio”, En el corazón de la historia, todos tus logros descansan.

Ese día se cumplía el tercer aniversario del fallecimiento del referente de los Novarum y como todos los años, la jornada los encontraba reunidos en la plaza central, al lado de la dedicada construcción. Luego de unas palabras del alcalde se desplegaron a los pies de la inscripción pequeños trozos de hojas de adelfa, en señal de permanencia de su espíritu y su obra en la sociedad. Sobre la superficie, en la desértica región, no es habitual encontrar vegetación, por lo que la hoja de la adelfa no solo demuestra el esfuerzo por hacerse de una y ofrendarla, sino que la perennidad de la misma le da un sentido de eternidad al alma del homenajeado.

Parva, un pequeño de tan solo dos años y cuatro meses se encontraba sentado, inmóvil, mirando a todos con cara de desprecio. A su lado una pala de níquel brillaba inerte. En el aniversario del año pasado –recordó el niño- no lograba entender lo que significaba el evento y sus mayores le decían que no tenía la madurez para entender, que disfrutara de jugar por ahí. Desde ese día se había prometido saber qué significaba “ese día”, quién había sido ese personaje y qué lo había hecho tan importante en la historia, no solo de su grupo, sino de su raza. Así fue que día a día, además de aprender los conceptos básicos en la construcción de pirámides, grupo al que había sido asignado, la historia de Dux se volvió su principal motivación. Preguntó a cada adulto en cada oportunidad, recibiendo, en diferentes matices, siempre la misma respuesta. “Aún no estás preparado”-recordó Parva- era la más frecuente. Sus padres incluso le habían prohibido seguir hablando del tema, y mucho más fuera de su hogar. Sin embargo no estaba en su espíritu darse por vencido, y decidió buscarle otra vuelta al asunto. Comenzó a utilizar su tiempo libre en visitar otros grupos de digitus, donde su calvo rostro no fuera conocido, y mezclarse en conversaciones de adultos y viejos que se reunían en las plazas. Una característica clave para que su plan tuviese éxito era la inexpresividad que los rostros de esta raza reflejaban ante el paso de los años. Bien obtenida la altura promedio de un adulto, un niño podía confundirse con sus mayores. De a poco fue logrando formar el rompe cabezas y armar la vida de Dux a través de los pedazos, muy pequeños e inconclusos, de historias que escuchaba y fingía conocer. Sin embargo, fue un año después, en un nuevo aniversario del fallecimiento, que pudo saber toda la verdad. Ese día parecía no hablarse de otra cosa que del gran Dux en todas partes. No sabía Parva, sin embargo, que ese mismo día cambiaría su propio destino y la forma de ver la vida que le había tocado vivir.

¡Qué personaje! – dijo uno de los viejos que había comenzado a frecuentar Parva. Naides nuncas tuvo tantas agallas como él. No más mencionar su ambición por explorar el mundo ya de tan chiquito. ¡Qué bien que le hizo a la nueva era ese muchacho! Pero…

Comenzó contando como Dux había empezado su vida siendo un digitus más. No sobresalía por su inteligencia, su aspecto o su fuerza. Había sido designado al grupo de construcción, y ya desde sus primeros meses se veía su desagrado a estas actividades. Tampoco era que quisiera trabajar en mantenimiento o realizar tareas menores por ser reticente al trabajo. Su espíritu era el de un explorador, y vaya que le hacía falta alguien así a tan conservador pueblo. El solo hecho de pensar que estaba confinado a una vida de monótona rutina lo desanimaba, lo dejaba pegado a su cama más tiempo, mucho más de las doce horas que necesitaban para recuperar energías cada jornada. Ya de niño, proyectaba internamente como mejorar las casas en las que vivían, obtener mejor comida, hacer gigantes las ya grandes pirámides que construían. Sus padres, hasta que cumplió la mayoría de edad a los tres años y ocho meses, contuvieron con derecho de tradición los deseos de su hijo. Nada pudieron hacer, sin embargo, cuando el joven obtuvo su independencia. Recién reconocido como adulto, abandonó a los Novarum, y emprendió su travesía, solitaria y plagada de desconfianza por parte de su pueblo. A pesar de todo y de todos, tomo lo imprescindible y emprendió viaje hacia lo desconocido.

Dos años y medios más tarde su pueblo lo vio retornar; o mejor dicho vio retornar una versión más madura de él, un digitus diferente, con una mirada profunda y analítica. Daba la impresión que en esos años, además de alcanzar la mitad de su esperanza de vida, había logrado desentrañar los misterios de la superficie como siempre había soñado. La memoria de los viejos más memoriosos no alcanza para enumerar la cantidad de digitus que, como Dux, quisieron descubrir los misterios y explorar las oportunidades de la vida más allá de sus fronteras. Pero la tradición conservadora los llevaba a volcarse siempre a su rutina, quedando marginados socialmente por tan “locas” ideas, hasta que sucumbían en su diaria labor. Esta forma de ser del pueblo generó que Dux fuese repudiado, pero en su retorno esta moderada forma de vivir convirtió en hazaña la aventura y en héroe al personaje.

Se puede decir, y el tiempo lo confirmará, que hubo en la historia de esta peculiar raza de seres un antes y un después de la vuelta de Dux. Hasta su retorno, la raza, dividida en sus dos grupos de convivencia, pasaba sus días comiendo, construyendo, recolectando alimentos o limpiando sus hogares de barro y metal. No buscaban nuevos desafíos, nuevas formas de transcurrir sus días, nuevas fronteras que cruzar. Dux sabía que tenía que haber en la vida algo más que esa rutina simplona, y comenzó a estudiar todo lo que estuviera al alcance de su diminuta mano. Pudo saber cuán lejos se encontraban realmente de llegar a conocer la superficie, a unos más de cuatro mil kilómetros. Supo cómo fluían los ríos de lava incandescente, dónde desembocaban, y cómo hacer para navegarlos. Aprendió los tiempos de aumento de calor por la rotación de la tierra, dónde podría obtener alimentos, donde podría descansar y recobrar energías, y hasta formuló una teoría revolucionaria; él aseguraba que ellos no necesitaban del calor, sólo estaban acostumbrados a la comodidad que este les brindaba. Una semana antes de alcanzar la mayoría de edad comenzó con los preparativos. Ropa acorde, resistente al calor y al frío, herramientas para lidiar con cualquier inconveniente, y su trozo de lava petrificada, recubierta por una espesa capa de níquel resistente al calor de la lava, que usaría como balsa.

-Necesito a por lo menos cinco de los mejores constructores –fue lo primero que dijo cuando volvió y enfrentó nuevamente a su gente. Los Novarum que allí se encontraban no entendían lo que estaba sucediendo, pero no hicieron mucho esfuerzo por mostrar interés. Si hacen lo que les digo –continuó, sin dejar de mirar duramente a cada uno de ellos–  les aseguro que nuestras construcciones serán las más grandes, las más modernas, y las más valiosas de todos los tiempos. Una pausa se hizo eterna. De entre la multitud surgió un cansado alcalde, con el ceño fruncido, y una mirada de transparente desconfianza.

-¿Y qué te hace pensar que nuestras construcciones no son tan grandes como queremos? – le espetó.

-Alcalde, si me permite usted yo con cinco de los mejores constructores puedo hacer pirámides que alcancen y hasta que superen los tres metros de altura – dijo, como desoyendo al alcalde. El silencio lo invadió todo, y fue sustituido por una risa burlona del alcalde, que luego fue hecha eco por parte del pueblo allí presente. Dux había dado por hecho que esta iba a ser su reacción, por lo que había ideado un plan, que había meditado y repasado, decenas de veces en su viaje de retorno de seis meses y medio.

No me deja entonces otra salida que desafiar a un equipo que usted designe a construir una pirámide de dos metros de altura. Yo elegiré mis hombres y quién construya la pirámide en menos tiempo será el vencedor. Si yo gano, me nombrará alcalde. Si pierdo, me iré, pero esta vez para no volver.

-Pero, mi estimado, bien sabe usted que una obra tan grande nunca ha sido construida, ni siquiera proyectada. ¿Cómo pretende usted que cinco, o tantos más logren tal proeza? – soltó con voz temblorosa el alcalde.

-Si esa es su forma de decirme que no acepta el desafío, sepa usted que no es la que mejor parado lo deja. Bien sabe usted también, mi señor, que si no acepta el desafío luego de haberse burlado en público de un servidor, entonces seré proclamado victorioso – y con una sonrisa burlona se dirigió a la gente que presenciaba estupefacta los acontecimientos. Saluden a Dux, su nuevo alcalde – dijo finalmente.

-Esto es una locura – apuró el alcalde – un atropello a mi autoridad. Sí, acepto el desafío, y puede usted elegir a sus cinco ayudantes primero.

Así entonces se convocó para primera hora del día siguiente a todos los constructores. Esa noche volvió a la casa de sus padres, encontrando que ya habían pasado por el intercambio sexo. Luego de felicitarlos y abrazarlos, les contó todo sobre su viaje. La experiencia que había hecho, las veces que su vida había estado al borde de extinguirse, las vidas que había conocido e influenciado, y finalmente el invento que cambiaría el futuro de la construcción de pirámides. Lo descubrí de una raza que vive mucho más cerca de la superficie – les contó con gran entusiasmo-, se llama obmolior y con el podremos construir las más altas obras, y decorarlas con este metal color piel que brilla, y es muy valioso. – sacó una bolsa y dejó caer el brillante metal. Lo recolecté en mi viaje de ida y con el pude conseguir los mejores tratos y negocios. En mi viaje de vuelta procuré hacerme de más. Lo llaman oro.

A la mañana siguiente Dux, con sus padres y dos constructores recomendados por estos, se encontraron en la plaza con el alcalde y sus cinco peones. Sentaron las bases del acuerdo, y con todo el pueblo como testigo comenzaron las construcciones. Sin embargo, grande fue la sorpresa de todos cuando el equipo del recién llegado se alejó y comenzó a construir un aparato de metal gigante, de dos metros de alto, con escaleras, bases, y ruedas. La primera semana ni tocaron la lava petrificada para construir la pirámide. Mientras tanto el otro equipo ideaba estrategias para lograr alcanzar los dos metros, sabiendo que nunca habían logrado construir más de medio, o un poco más. Cada equipo con su desafío se abocó a la construcción, mientras el pueblo entretenía sus días comparando y apostando quién sería el vencedor.

Cuando el obmolior quedó terminado y el pueblo pudo apreciar su imponencia, ninguno tuvo dudas que Dux se iba a convertir en su nuevo alcalde. Movida por pequeñas rudas en la base y un sistema mecánico de poleas entre los seis discos, comenzó la construcción de la pirámide. Tres semanas enteras fueron necesarias para completar el trabajo, mientras que los intentos por copiar el sistema habían fracasado varios días atrás en el otro equipo, que solo se limitaba a admirar la hazaña.

El toque final fue magistral. Dux solicitó a su equipo trabajar la última jornada en la noche. En esas doce horas recubrieron los dos metros de pirámide, divididos en cuatro pisos, con oro líquido, fundido en la profundidad mas caliente. Y finalizaron la obra maestra con una cúspide de oro sólido, que gracias al obmolior no requirió mayor esfuerzo al que se realizó para colocar los bloques de lava.

El despertar de ese día, mientras el equipo de Dux descansaba exhausto, fue de celebración. Nunca habían visto una construcción tan perfecta, tan grande, magnífica, y brillante desde su base hasta su corona. Los aplausos, gestos de admiración y de incredulidad no cesaban. Nadie estaba construyendo ese día, nadie recolectaba comida ni arreglaba los hogares. Una construcción veinte veces más alta que ellos había sido instalada impecablemente en su ciudad. Lo que un mes atrás parecía imposible, ese día se hizo realidad.

Cuando Dux se despertó el pueblo lo estaba esperando en la puerta de su casa. Acercándose, hizo un gesto de agradecimiento por el reconocimiento a todos y agradeció a sus padres y equipo. No lo hubiera logrado sin ellos – dijo finalmente.
En ese momento hizo acto de presencia el alcalde, quién sostenía la cinta de la alcaldía, dispuesto a entregársela en señal de cumplimiento. Sin embargo Dux solo le estrechó la mano y pidió la palabra.
-Yo aceptaré ser su alcalde solo si así lo desean. Encontrarán en este, vuestro humilde servidor, un explorador con ganas de cambiar, mejorar nuestras vidas y la forma en que vivimos. Compartir mi experiencia en las capas superiores y construir junto con todos ustedes una nueva etapa en la generación de los Novarum, y porque no, de toda nuestra raza – terminó diciendo, esperando paciente una respuesta de un pueblo que nuevamente sentía como suyo.

El murmullo se hizo cada vez más grande. La naturaleza conservadora del ser pudo más, y luego de varios minutos de palabras y miradas yendo y viniendo una voz se alzó.

-Elegimos mantener el alcalde – dijo una voz – pero nos encantaría oír tus historias.

Como una coreografía ensayado muchas veces, los más de ciento cincuenta digitus se sentaron al mismo tiempo a escuchar al gran Dux. Él los imitó, y les contó cómo había aprendido a fabricar el obmolior, les habló del pueblo que se lo enseñó, de la cantidad de metal de oro que existía a pocos kilómetros de allí, sus peripecias en la travesía por el río de lava. También contó con pasión lo difícil que fue alejarse del calor del centro, pero lo gratificante que fue descubrir que sus cuerpos se adaptan, y de una noche para otra la temperatura del cuerpo se acompasa con la del ambiente. Esto lo motivó a seguir explorando capas cada vez más cercanas a la superficie. Les habló de los gigantes que habitan la superficie, de las gigantes adelfas, de bestias inimaginables, de las alianzas que hizo con diferentes razas para ir conociendo cada lugar sin dejar de sentirse seguro.

Ese fue el primer día de la historia de los digitus en que se iban a dormir sin haber construido ni un centímetro de pirámide, o arreglado ni una sola casa. Al mismo tiempo fue el primero de tantos días de aventura que siguieron, comandadas por Dux, quién luego creó los obmolior cada vez más grandes, y enseñó a algunos a fabricarlos también. Sin embargo esta era de cambio murió con su creador cinco años y dos meses más tarde. Un nuevo alcalde, reunió a todos en la plaza, descubrió la plaqueta con la frase y mandó a destruir todas las pirámides hechas de oro, a tirar todo el oro que habían guardado, y a destruir todos los ejemplares de obmolior. Prohibió hablar de este personaje en días que no fueran el aniversario de su fallecimiento, y pidió que en la historia fuera recordado como un héroe que no logró nada.

Parva no quería ni podía creer lo que estaba escuchando. Abandonó a ese grupo de viejos y volvió a Novarum, directo a contarle a su madre que él iba a ser el próximo Dux y que nada lo iba a detener. Ya se imaginaba navegando el río, recolectando mucho oro y conociendo otras culturas para encontrar un mejor futuro.

-Mamá, hoy conocí la historia del gran Dux. ¿Por qué no me la contaron antes? Yo voy a ser como el – dijo el infante con una emoción que casi lo había llevado a las lágrimas

-No hijo, no podemos soportar otro loco que venga con sus ideas y revolucione nuestra forma de vivir – dijo su madre con un tono neutro y apagado y le entregó una pala de níquel. Ahora anda a ayudar a tu padre a conseguir comida que las raíces no vienen solas.
El niño recordó la frase con la que se recordaba a su héroe, y lo entendió todo. ¡Cuánta hipocresía! – gritó. Tomó la pala y se fue.

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