La peatonal estaba vacía, más por el frío que por lo tarde de la noche. Ahí, donde en verano se ven parejas cenando, mendigos en busca de una moneda, o palomas en procura de alimentos; ahí, en esa angosta calle de solo cinco cuadras de largo, donde a cualquier hora se puede conseguir una caja de Lucky Strike de contrabando (y si se sabe buscar, cualquier tipo de prostitutas); ahí, esa noche, no había nadie. Los locales de venta, desde los de comida, hasta los de ropa, mostraban su peor cara, la de las puertas metálicas cerradas, unidas al piso con gruesos candados, ocultando su color original tras capas de graffitis. La niebla solo dejaba ver a media cuadra, tiñendo la escena con su color gris triste. A lo lejos solo se escuchaba la sirena de uno o dos patrulleros.
A cada paso que daba me repetía el proceso con el que debía desplazarme. Pie izquierdo adelante, mano izquierda atrás, pie derecho adelante, mano derecha atrás. Lo cumplía, mi plan parecía funcionar, y pasaba sigiloso, como un cuchillo cortando la espesa masa de aire y agua, que me absorbía a cada paso, me escondía en su húmedo interior, y se hacía mi cómplice. Caminaba ni muy lento ni muy rápido, a la velocidad que va alguien cuando va a algún lado. Siempre con la mirada al frente, hombros erguidos y la cabeza floja, sin demostrar la tensión que guardaba. Avancé una cuadra, y luego otra. Mi objetivo era llegar al otro lado de la peatonal, sin ser visto ni oído, para desde ahí tomarme una lancha en el puerto nuevo, cruzar la frontera, y olvidar esa pesadilla. Cuando comenzaba a transitar la tercera, me di cuenta que los nervios me estaban jugando una mala pasada, mis manos no dejaban de temblar. Sin detenerme tantee mi campera, sin suerte, y me desplacé hasta el bolsillo de mi camisa. Encontré los dos bultos, el pequeño y el otro más grande. Ya a mitad camino, saqué un pucho y lo encendí. Sabía que me arriesgaba a ser visto de lejos, pero no soportaba sentirme nervioso, quizás por eso los Lucky Strike y el Zippo no me abandonaban nunca. Las sirenas habían desaparecido. Guardé el encendedor en el bolsillo y mientras pasaba por un bar, en el final de esa tercera cuadra, sentí que todo se derrumbaba.
Miré a mi izquierda y vi dos patrulleros parados. Los hijos de puta habían apagado las luces. La capa de agua en el techo de ambos me hizo ver que hacía un buen rato estaban ahí, agazapados, esperando a su presa. Junto a los dos coches pude ver cinco oficiales de la policía. Dos de ellos estaban apoyados con su cintura en la puerta de acompañante de uno de los vehículos. Otros dos, una mujer rubia, tan robusta como masculina, y un hombre pelado, fumaban apoyados en el otro coche, indiferentes a lo que estaba sucediendo. El quinto tipo estaba adentro de uno de los patrulleros, leyendo el diario; a pesar de eso, fue el primero en verme.
Intercambié una larga mirada con él, y apegado a mi plan, seguí caminando, simulando concentración en mi cigarro. Pero cometí un error, en lugar de seguir por la peatonal, intenté doblar a la derecha, para alejarme de la vista los policías. Una vez que estuve de espaldas escuché una voz de alto, y por instinto comencé a correr, dejando caer el cigarrillo. Casi en el mismo momento volvieron a sonar las sirenas, esta vez tan cerca que parecían morderme los talones. En el trayecto de dos cuadras no dejaba de pensar qué hacer con el arma que escondía en mi cintura, esa que había usado para herir al guardia del banco. El estúpido no había seguido mis órdenes y me había obligado a tomar medidas más drásticas. Casi llegando al puerto viejo comencé a sentirme encerrado, las sirenas se multiplicaban y la niebla ya no ocultaba las luces de los faros que se abrían paso a través de la noche. Me senté, tomé el arma que me incriminaba y comencé a llorar, esperando lo inevitable. Unas manos huesudas pero fuertes me agarraron de las muñecas y yo solo atiné a gritar con rabia por la impotencia. Me dejé arrastrar sin oponer resistencia y en unos pocos segundos me encontré debajo de la calle, en las alcantarillas. Cuando abrí los ojos pude ver las mismas luces, oír las mismas sirenas, pero desde la seguridad de un improvisado escondite. Miré a mi salvador a los ojos, quien con un simple gesto me dio a entender que debía guardar silencio. Pasaron más de dos horas hasta que las sirenas se alejaron del todo y las luces dejaron en paz la noche. Recién en ese momento pude agradecerle por haberme reconocido en lo profundo de la noche, y haberme alojado convenientemente en su “hogar”. No era otro que el mendigo a quien cada día yo extendía un pedazo de pan, sobrante de mis desayunos, y una moneda de diez pesos. Ese mendigo que me cruzaba cada día en la puerta del banco, y que aunque no me pidiera nada, yo no dudaba en ayudar. ¿Por qué él y no otro? No lo se, pero poco importa, y quiero creer que fue la forma que el destino eligió para financiar mi fianza y hacerla llegar a bolsillos más necesitados; esas monedas de diez pesos me habían salvado de la cárcel. Le di las gracias aun bastante incrédulo por como se habían dado las cosas, dejé el arma en la corriente de la alcantarilla, y me alejé, retomando maquinalmente mi paso y mi destino. Pie izquierdo adelante, mano izquierda atrás, pie derecho adelante, mano derecha atrás.
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