Hugo, el linyera

Hugo el linyera, por unas horas, fue mi amigo. Lo elegí de entre todos mis personajes para cumplir una misión muy importante y como recompensa tendría éxito, todo el dinero que deseara y cumpliría todos sus sueños. Tenía un gran futuro esperando en mi lapicera para él. 

El camino comenzaría con un Hugo ya adulto y golpeado por la vida, viviendo debajo de un puente con un carrito de supermercado como maleta. Luego, un día, tendría un golpe de suerte salvando a una señora de ser atropellada en el cambio de luz de un semáforo. Esa señora resultaría ser la madre de un importante hombre de negocios (pongámosle el Señor Renoft) quién, agradecido por su gesto, lo visitaría bajo el puente para regalarle dinero. Mi amigo no aceptaría el dinero, pero sí un trabajo, y terminaría siendo sereno en una de sus fábricas.

Hugo empezaría a vivir en un pequeño mono-ambiente en el  centro y luego de dos años de arduo trabajo ascendería a chofer personal del señor Renoft. Con un ingreso mejor se mudaría a una casa de dos cuartos y conocería a Inés, con quién se casaría, luego de seis meses de noviazgo.

Con el paso de los años pasaría a ser la mano derecha del envejecido (y aún soltero y sin hijos) Teodoro Renoft. Habría sido encargado de varios locales, estudiando por las noches y obteniendo después de un gran esfuerzo y sacrificio, el título de Licenciado en Administración de Empresas. Viajaría y conocería el mundo con su familia y, luego del retiro de su jefe, heredaría el legado del consorcio Renoft.

Pero a decir verdad desde el primer minuto Hugo se presentaba como un personaje rebelde, de ideas claras y pensamiento firme, y opuesto a todo poder que se le quisiera imponer.

Quise convencerlo por todos los modos posibles que se dejara llevar por el ritmo de mi lapicera pero no pude; cuanto más insistía, más se resistía. Si le ordenaba que fuera al río a lavarse la cara, enfilaba hacia algún contendedor y se ponía a buscar algo de comer. Si le daba instrucciones para que buscara trabajo o pidiera alguna changa, se quedaba toda la tarde tomando vino con sus compañeros del puente. Cuántos borradores para intentar domar al linyera. Y cuando al fin le pedí por favor que fuera hasta la esquina y esperara a que el semáforo cambiara de luz, él simplemente se quedó sentado, mirándome a los ojos, y sonriendo maliciosamente ante mi impotencia.

En ese momento Hugo el linyera, el personaje destinado a ser el protagonista de mi primer novela, dejó de ser mi amigo, y mi primer novela, dejó de ser novela, para convertirse en otro más de mis cuentos cortos.

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