«libertad o muerte»

«libertad o muerte». Eso decía la bandera, y las mismas palabras repetían a coro quienes la llevaban extendida sobre sus cabezas, con sus brazos al cielo. Eran muchos, decenas, cientos creo. Yo no los veía, yo solo sentía una y otra vez las manos pasar por debajo. Hasta ese momento todos me eran indiferentes, salvo mis hermanas letras.

Yo era la ele en libertad, y como primera letra de la primera palabra de una frase tan poderosa, tenía mayor importancia que el resto. La o se vanagloriaba de ser la unión en esa fusión de libertad con muerte, y bien merecida tenía las miradas que se reservaban solo para ella. Pero las demás, salvo las trillizas e, se sentían (porque lo eran) mundanas, simples caracteres decorativos que rellenaban el espacio de tanto sentimiento comprimido en tres palabras (claro, la o se consideraba una palabra, a pesar de su soledad). Las trillizas se sabían fundamentales, no solo porque eran tres, sino porque estaban en ambas puntas de esa pasión; una en medio de libertad, y las otras dándole sentido a muerte, cerrando a su vez la frase.

Justamente la e de libertad fue quien me alertó que algo andaba mal. La marcha se detenía, y cuando quisimos acordar ya estábamos en el suelo. Todos, esos cientos que ahora veía cara a cara, nos rodearon y comenzaron a señalarme. La o, son su aire de grandeza relució su redondez, resaltando por algunos instantes sobre las otras dos palabras. Pero luego todas las miradas, esos cientos de ojos, se posaron sobre mí. «¿Qué querrían?».

No lo supe hasta que alguien gritó:
¡Libertad va con mayúscula! Con mayúscula, ¡manga de burros!

Después de eso  todo se aceleró. Un par de manos grasosas comenzaron a despegarme de la bandera. Luego me dejaron sola en el piso, en medio de la calle, y me observaban esperando que así, de un momento a otro yo madurara y pasara a ser mayúscula.

¡Habrase visto! ¿Cómo la ele de libertad iba a tener que doblarse, solo para poder ser mayúscula y así digna de pertenencia? ¿Cómo cualquiera iba a tener que doblarse para ser algo que no es? ¡Jamás! ¡Antes muerta que sin libertad!

Y por varios minutos que parecieron horas me quedé así, firme, estructural, erguida al pie de las masas. Incorruptiblemente parada, sin que consiguieran doblarme.

¡Qué bueno! ¿Sería esta satisfacción la que prometía aquella frase «es mejor morir de pie que vivir una vida arrodillado»?

Hasta que lo averigüé, porque con unas sedientas tijeras, aquellas manos grotescas me cortaron la pierna. Quedé inmóvil, incrédula, derramando mi invisible sangre sobre la tela. Sangre y lágrimas que todos ignoraron. Pegaron mí amputado miembro en un ángulo de 90 grados sobre la parte inferior de lo que quedó de mí, convirtiéndome así en su tan deseada ele, ahora era mayúscula. Me habían obligado a madurar a la fuerza.

La bandera volvió a elevarse, y la marcha prosiguió, pero la o ya no daba una opción, la o ya no unía, la o solo me hablaba de muerte, muerte en vida, muerte después de haber sido libertad, muerte y nada más.

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