La misma sangre

Claro, todos dicen tener un mejor amigo y un peor enemigo. Tú ya debes tenerlos. Pero ¿cuántos tienen a ambos personajes encerrados en la misma persona? ¿y cuántos de ellos tienen por enemigo a su misma sangre?

Lo primero que debes saber es que la amistad entre Clara y yo comenzó cuando yo tenía unos quince años y ella dieciocho. Era nueva en el liceo y yo era la más popular y tuve que hacérselo saber. Según se decía había perdido un par de años en Europa viajando con su familia, pero no me dejé intimidar por su edad y cultura. Le hice el vacío durante un tiempo, le era indiferente y ni siquiera la miraba a los ojos; hasta que un día comencé a notar en ella algo de mí. Comenzamos a charlar de vez en cuando, tenía buen gusto para vestirse y eso le daba puntos para que yo le dedicara minutos de mis recreos. Con el tiempo fuimos pegando buena onda. Empezamos a hacer planes para ir a comprar ropa juntas, para salir, hasta que inevitablemente nos hicimos mejores amigas. Ese año me acuerdo que estudiamos para los exámenes y salvamos todo con las mismas notas. Como premio ese verano nos fuimos con la familia de ella a una playa cerca de Rocha. Mi padre no quería dejarme porque según él la playa no era un lugar seguro y además no conocía a los padres de Clara. Por suerte mamá logró convencerlo. Fueron pocos días pero los suficientes para reafirmar nuestra gran amistad.

Compartimos todo el cuarto y el quinto año de liceo, éramos inseparables. Yo ya no era tan popular, pero habíamos logrado armar un grupo de buenas amigas. En esos años comenzamos a hablar más con los varones y ambas tuvimos novio por primera vez. Salíamos los cuatro, íbamos a las matinées juntas e incluso nuestros novios se hicieron buenos amigos.

Pero un viernes de enero, antes de comenzar el último año de liceo, escuché a mis padres discutiendo en su cuarto. Discutían mucho. No escuchaba lo que decían, pero identificaba dos nombres, el mío y el de Clara. Decidí acercarme y logre escuchar a papá repitiendo que no podíamos ser amigas y a mamá negando que algo así pudiera ser cierto. Entré corriendo al cuarto, ella estaba llorando. Cuando me vio, salió. Miré a mi padre sin entender la razón por la que intentaba separarme de Clara, y lo insulté. Sin pensar, me fui corriendo a su casa pero no había nadie. Me senté en el cordón de la vereda y esperé por horas, pero nadie apareció. Era como si el mundo se hubiera confabulado para hacerme sentir miserable. La gente que pasaba me miraba y me preguntaba si estaba bien al ver la sangre que salía de mis dedos; yo no dejaba de morderlos por la rabia que sentía. Antes de caer la noche me di por vencida y volví a mi casa. Allí estaban todos, preocupados por mí, en un ambiente que se cortaba con cuchillo. Mi padre abrazaba a mi amiga y ambos sonreían de una manera que se me antojó burlona. Mi madre lloraba abrazada de la madre de mi amiga. Entré y quedé contemplando la escena, totalmente despistada y sin saber para donde arrancar. Mi padre se aproximó y me abrazo. Yo recuerdo haberlo apartado con mi brazo, exigiendo una explicación con mi mirada. Me senté en una de las sillas del living y, como en un grupo de autoayuda, el resto se sentó en un medio círculo a mi lado.

Luego de media hora de discursos y disculpas, más que nada por parte de mi padre, esto que te resumo es lo que rescaté:

Mi padre, tres años antes de que yo naciera, había tenido una aventura con una chica, dejándola embarazada. Al enterarse le sugirió un aborto pero cuando ella no aceptó, él se fue de la ciudad y al poco tiempo conoció a mi madre.
El novio de ese momento de aquella chica le perdonó la infidelidad y decidió hacerse cargo del hijo. Le dio su apellido y decidieron nunca decirle la verdad a la criatura. Como él resultó ser estéril, fue el único hijo que tuvieron. Con el tiempo la familia se mudó de ciudad, y ese bebe se convirtió en mi mejor amiga.
Cuando mi padre descubrió quién era la madre de mi amiga, la encaró y al confirmar que Clara era también su hija, le pidió permiso para contarle la verdad. Ella, desde el primer año que nos conocimos supo toda la historia pero nunca, en estos tres años, me había contado nada. Y eso fue lo que mas me dolió luego de aquellas revelaciones, su traición.

La mentira, el haberme ocultado su historia tanto tiempo, era mi hermana, pero no me dejó saberlo. No tengo palabras para describir el odio que sentí en ese momento, la impotencia que me entró cuando terminé de escuchar la historia de la cual no me habían dejado ser parte.

Esa noche fui a dormir a lo de mi abuela y no volví por una semana más o menos. Pude perdonar a mi padre, pero le prohibí ver a mi amiga; a ella nunca la perdoné. Sé que el la veía a escondidas, y por los celos que eso me generó, mi odio hacia ella se multiplicó. Creo que una amistad prueba su fuerza ante los embistes del destino, y la nuestra no resistió compartir un padre.

Pero ese destino, con sus vueltas y tumbos, hizo que hoy, treinta años después, me las tenga que ver cara a cara con mi media hermana, mi mejor amiga y mi peor enemiga.

Como si de la mente retorcida del guionista de la vida hubiese salido una novela de enredos, teniéndonos a nosotras como protagonistas, tú, hija, te enamoraste del hijo de Clara, y esa, mi amor, es la razón por la que no pueden estar juntos. Simplemente porque llevan la misma sangre.

Ojalá llegues a leer estas palabras, mi propio discurso, y puedas entenderme y volver a casa. 

Te extraño mucho y necesito abrazarte y saber que estas bien.

Te amo.

Mamá

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