Ella se inclinó y él, sabiéndose victorioso, no ocultó su
alegría. Erguido, con una sonrisa dibujada de oreja a oreja, adoptó la
pose de un digno rey; tomó su espada y tocó suavemente el hombro
derecho de su doncella, pronunciando ante una imaginaria multitud de
pueblerinos las siguientes palabras:
—Oh Juliana, amada
mía, te nombro mi esposa, reina de este pueblo, que hoy es testigo de nuestra
promesa de amor.
Ella se levantó, y se dejó caer en sus brazos, fundiéndose
con él en un cálido abrazo. Si alguien hubiese estado relatando ese suceso a
través de los pensamientos de ambos, hubiese sabido que ese amor era real. Ese
testigo hubiese dado de cuenta de las miradas sinceras que se regalaban uno a
otro, hubiese sido cómplice de una historia de amor fugazmente eterna, y hasta
quizás ese narrador hubiese podido evitar que entrara en escena la bruja
malvada, esa que no puede faltar en todo cuento de reyes y reinas.
Y así fue que una malévola voz apareció desde lo profundo de
la escena para interrumpir ese momento de unión sagrada.
—Juliana, Juliana —repetía la amargada bruja,
con su gorro alto en punta y una gran nariz decorada con una verruga marrón y
tres pelos.
Era la madre de Juliana. Estaba llamándola porque ya se
había hecho la hora de almorzar. La mañana se les había pasado volando a los
niños. Luego del almuerzo venía la siesta, y después, a hacer los deberes. Esa
era la rutina de todos los domingos en la casa de los Migues. Ellos eran
conscientes de que su historia tendría que esperar una semana más, pero ahora
nada los iba a separar, se habían casado.
El rey, cargando su espada de madera y su escudo imaginario,
sin un caballero con armadura que rescatara a su reina de las garras del mal, o
un bufón que lo ayudara a olvidar la pérdida de su amada, emprendió viaje hacia
otro reinado. Pero nadie le pudo borrar la sonrisa, porque ahora tenía una
reina para su reinado.
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