Allí, en una ciudad donde si
sopla el viento nadie lo escucha, yace tendida en el cuarto principal de la
vieja casona, en el medio de una vieja cama, una figura escuálida, vestida de
ropas caras, convertidas en pijama. Del pantalón una etiqueta de «Guess» acapara
la atención; por su platinado brillante refleja la tenue luz de una lámpara de
bajo consumo sobre una alianza dorada, tirada en suelo.
Cuando tres horas antes
Simona se despertaba, su día comenzaba teñido de rareza. Al principio fue solo
una sensación interna, pero los acontecimientos le terminaron dando la razón. Ese
día la alarma de su celular no había sonado, no es que fuera la primera vez que
pasaba, pero lo que nunca le había sucedido era despertarse con el ventilador
de pie prendido; su madre cada noche lo apagaba cuando ella se había olvidado de hacerlo y las frazadas
ya cubrían su cuerpo. No era el viento, sino el ruido, lo que necesitaba de
este aparato para dormir cada noche. Se sentó en la cama, cumplió con su
meditación de media hora, y buscó (con éxito) la ropa con la que saldría al
mundo ese día. Salió de su cuarto sin mirarse en el espejo y se dispuso a ir al
baño, pero al pasar por la cocina se detuvo unos segundo al escuchar sonar al
microondas cuatro veces.
- —Sonó cuatro veces —pensó extrañada. Lo
extraño no era que sonara el aparato, sino la cantidad de veces
que sonó. —¿Qué microondas suena cuatro veces? —se dijo para sí misma.
Entró al baño y se encerró,
dándole dos vueltas a la llave. Abrió la canilla de la pileta y dejo correr el
agua hasta que esta ganó temperatura. Colocó sus manos juntas, formando una
especie de recipiente, y cuando el agua ya tibia llenó el hueco, se llevó las
manos a la cara, repitiendo esta acción unas tres veces. Después de lavarse la
cara tomó un cepillo de pelos, con dientes bastante gruesos, y lo humedeció.
Cerró la canilla pero antes de comenzar a peinarse, volvió a sonar el
microondas y de nuevo, cuatro veces. Esta vez las contó muy consciente.
- —¡Otra vez cuatro! —se dijo en voz baja, como
buscando convencerse a sí misma.
Quedó agazapada, a la espera
de una tercera estocada de cuatro pitidos por parte del aparato,
pero esta nunca llegó. Retomó su actividad y comenzó a peinarse. Se miró por
última vez en el espejo. Satisfecha con lo que este le devolvía, le sonrió, dio
media vuelta y destrancó la puerta para salir. Más por curiosidad que por temor
se acercó lentamente a la cocina, pero no encontró a nadie. Tampoco había nadie
desayunando en el comedor que se encontraba al lado. Quizás alguien se había
calentado el desayuno y se había ido al patio.
- —Pero, ¿para qué molestarse? —pensó— y fue
directo a la heladera.
La abrió, se sirvió
el yogur, le agregó los cereales, se cortó un trozo de queso y así, con su
desayuno ya completo, se fue al comedor a desayunar escuchando las noticias de
una vieja radio. Se sentó. Casi al mismo tiempo sonó el reloj cucú que comenzaba
a dar las diez de la mañana, y como si fuera una película, se quedó observándolo
entrar y salir; pero en su décimo canto, este salió volando y se posó en su
mano, junto a su trozo de queso, que redujo a migajas con un par de picotones,
y sin que ella diera crédito aún, el ave volvió a su reloj, cerrando tras de
sí la pequeña puerta.
Simona se levantó de golpe y
salió de ese trance, disparada como una flecha hacia la salida. En el piso del
living quedó su rastro de migas de queso y una pasta rosada de yogurt y
cereales en dirección a la puerta principal de la casona. Tanteó el picaporte
pero estaba trancada. Hizo fuerza pero la puerta no cedía. Lo tomó como una
señal. Se detuvo a pensar. Ante el dilema de volver y enfrentar lo que
fuera que estuvierse pasando o escapar de aquellos acontecimientos, decidió
escapar. Hizo aún más fuerza, logró abrirla y salió, solo para encontrarse a si
misma tendida en el cuarto principal de la vieja casona, en el medio de su
vieja cama, vestida de ropas caras, convertidas en pijama, tal y como había
amanecido aquel día.
No era un sueño, ella se encontraba
mirándose a si misma, pero sin saber desde donde. Se dio vuelta para volver a entrar a
la casa pero detrás de ella solo había un infinito espacio sin color. Dio media
vuelta y dirigió toda su humanidad nuevamente hacia aquella escena. Quedó
inmóvil, sin sentir nada, ni siquiera el paso del tiempo. Y allí comenzó a
comprender. Se estaba viendo a sí misma desde el espejo, donde por alguna razón
había quedado encerrada. Comenzó a analizar los hechos y repasó cada uno de sus
movimientos más de cien veces, durante varias horas, mientras ella, o su reflejo
en el lado real, seguía tendida en aquella cama, la etiqueta de Guess con su
platinado brillante aun reflejaba la tenue luz de la lámpara sobre la vieja
alianza dorada, y el ventilador de pie con su cabeza seguía oscilando de un lado a
otro, en un eterno no.
Allí el mundo calló sobre su
incorpóreo ser, y entendió que estaba del lado equivocado del espejo, donde el microondas
no suena tres ni cinco veces, sino cuatro, y el cucú del reloj vuela con la
libertad de una paloma.
- —El ventilador —se dijo. ¡El maldito
ventilador! —gritó, acusando con el dedo a su inalcanzable verdugo.
Recordó una vez más el
despertar de ese día.
- «Abrí los ojos, miré el techo, me senté en la
cama y medité, pero…¡no apague el ventilador!».
En la simple pero tan
necesaria meditación, su alma, momentáneamente desprendida de su cuerpo, fue arrastrada
por el viento del ventilador al otro lado del espejo, empujada como una burbuja
de jabón que no resiste la presión y explota, solo que esta burbuja fue a parar
al otro lado del muro que separa dos mundos diferentes, paralelos, pero
diferentes.
Su madre entró al cuarto y
apagó el ventilador, pero ya era tarde. En la nueva mañana ya no sería ella quién
despertaría en aquel cuerpo, no sería ella la que peinaría aquellos cabellos,
ni desayunaría mirando el cucú. Ella sería, sin embargo, quién cada mañana
devolvería desde la eternidad del otro lado una sonrisa en cada reflejo.
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