En la plaza de obstáculos
los drones blancos sobrevolaban a media altura. Algunos filmaban, otros
disparaban a las nubes para sumar lluvia al drama de la competencia.
En el carril de la izquierda
Jharna calentaba sus músculos saltando en su lugar, sobre la plataforma de una
rampa de madera. No estaba nerviosa, esta era su vigésima tercera batalla, pero
sí desesperada por ganar, y que no fuera su vigésima tercera derrota. Se sentó
y estiró sus largas piernas, se arqueó sobre sí misma y se tocó la punta de los
pies, mientras analizaba los obstáculos que le habían tocado ese día. Eran
siete, y por suerte todos conocidos. El último, como siempre, era la palmera de
quince metros, el obstáculo común a ambos participantes y el lugar donde estaba
el trofeo para el ganador. Sintió una punzada de optimismo, una pequeña
descarga de adrenalina y le sonó el estómago. Le pesaba más no tener una
victoria que contar a sus amigos del liceo (que ya acumulaban varias) que
perder y dejar a su familia una semana sin comida.
Miró hacia arriba cuando un
relámpago iluminó unas nubes rojizas. Se paró y comenzó a estirar su espalda.
No veía a su oponente porque una pared dividía ambas pistas pero sí veía partes
de algunos obstáculos y pudo concluir que debía ser muy fuerte. Veía rocas
pesadas, martillos para romper una pared muy gruesa y ruedas enormes que había
que trasladar; mientras que en su pista había una gran montaña para escalar, lagunas
que atravesar, cuerdas de donde colgarse y una escalera resbaladiza muy alta.
Mientras terminaba de
aflojar sus rodillas, la plaza de doscientos metros de largo por treinta de
ancho, quedó en silencio. La lluvia ya había comenzado a caer. El árbitro hizo
sonar su silbato, Jharna miró la pantalla gigante y se puso en posición. Una mano
sostenía un pañuelo blanco. Jharna tensó los músculos. La mano se abrió y el
pañuelo blanco cayó. La calma se hizo caos en su cabeza y su cuerpo cobró vida
propia. Sin pensar, se tiró por la rampa de madera y cayó con fuerza en un
colchón que flotaba sobre el primer lago. Se acostó sobre él y remó con fuerza
unos treinta metros. La asustó el temblor que sintió en la pista de al lado; era
un sonido grave y seco, como de cosas que chocaban y, pero aun, de alguien que
avanzaba más rápido que ella. Salió del agua y se enfrentó a una gran montaña.
Tenía más de veinte metros de altura y unos diez de ancho, con toda la
superficie. Sacó de su pequeña mochila un par de guantes y comenzó el ascenso. Resbaló
dos veces por el efecto de la lluvia sobre la piedra pero finalmente llegó a la
cima. Miró a su derecha y desde esa altura pudo ver a su rival (un joven que
tendría más o menos su edad, muy musculoso pero más bajo que ella) que avanzaba
cargando una gran piedra gris. La bajada se le hizo más complicada. Esta vez no
pudo evitar un resbalón y una caída de cuatro o cinco metros, rodando por la
ladera, pero con agilidad se sujetó con fuerza de una saliente que la salvó de
caer al piso. Se reincorporó, bajó con cuidado y corrió al tercer obstáculo.
Eran varias cuerdas gruesas y
húmedas que colgaban, una más lejos que la siguiente, sobre una fosa profunda,
a lo largo de unos cincuenta metros. Se sacó los guantes, se limpió el agua de
la cara y de las manos y saltó a la primera cuerda, rebotando en un pequeño
trampolín. Se sintió muy cómoda, y pasó de una a otra sin problema. El cuarto
obstáculo se le hizo más fácil aun. Eran unos sesenta metros de un puente muy
fino hecho con un elástico que se movía inestable. Lo cruzó en un respiro y
llegó a la parte del circuito donde la pared divisoria desaparecía. Miró a su
derecha nuevamente. El musculosos definitivamente era más grande de lo que le
había parecido. Estaba a unos cinco metros en el quinto obstáculo, pegándole
con un martillo a la pared de concreto. Ella apuró sus pensamientos y corrió
hasta la escalera resbaladiza. Era una estructura de diez metros de metal
enjabonado, con cinco peldaños muy finos cada dos metros, que subía paralela a
una pared igual de alta. Saltó con fuerza y alcanzó el primer peldaño. Comenzó
a ascender lentamente y al llegar al segundo vio que su oponente tenía
problemas; apenas había dañado la pared. Sonrió y se dio aliento, estaba
cansada y mojada pero veía la posibilidad materializarse frente a ella. Siguió
trepando al ritmo de los martillazos del otro lado, que parecían cada vez más débiles.
De pronto, cuando casi
llegaba al último peldaño, los golpes cesaron y todo se vino abajo. Cayó al
piso con escalera y todo, y aterrizó de costado, con su brazo aplastado entre
su cuerpo y la enorme piedra que el musculoso había tirado para
desestabilizarla. Automáticamente el juez hizo sonar su silbato, levantó un pañuelo rojo y lo hizo repetir sus
dos últimos obstáculos. Mientras un dron negro lo recogía y lo llevaba a la
mitad del circuito, Jharna sacó de su mochila un spray, se lo roció sobre su
brazo y su pierna y esperó unos minutos a que el dolor desapareciera. Con dificultad
colocó la escalera de nuevo en su lugar y comenzó a subir. Esta vez le llevó
más tiempo pero finalmente pudo llegar hasta arriba. Sin embargo su oponente
había recuperado el tiempo de la penalización y había conseguido un martillo
más grande con el que derribó fácilmente la pared.
A los dos les quedaba un
solo obstáculo antes de llegar a la palmera. Ella tenía que cruzar veinticinco
piedras, estratégicamente colocadas cada dos metros sobre la segunda laguna,
esta vez de agua helada. Al tiempo que ella avanzaba con dificultad, saltando
de una a otra, él derribaba una a una las veinticinco puertas de ladrillo que
lo separaban de su último obstáculo. Llegando a la mitad del circuito de
piedras, Jharna cayó al agua, el árbitro levantó un pañuelo amarillo y tuvo que
recomenzar. Estaba cansada, dolorida y helada. Su adversario avanzaba como una topadora
y el estampido de cada puerta destruida le hacía temblar las piernas. Le
faltarían unas diez o doce piedras cuando el musculoso tiró abajo la última
puerta de su circuito, salió corriendo y alcanzó la palmera. Bajó su vista, se
dio aliento nuevamente y se concentró en sus obstáculos. Avanzó una a una las
piedras que le faltaban, y alcanzó la última. Jamás había llegado tan lejos. Levantó
la vista y se sorprendió de ver al joven que seguía intentando subir; trepaba,
y caía, una y otra vez. Le pesaban las piernas, pero corrió como pudo los diez
metros que la separaban de la victoria. Su oponente estaba planificando una
nueva subida y no reparó en ella, que con el impulso que traía saltó sobre él, apoyándose
en su espalda, y quedó prendida con toda su fuerza a la palmera. El juez se
llevó instintivamente la mano al pañuelo rojo pero finalmente lo dejó en su
bolsillo. El oponente de Jharna comenzó a embestir la palmera, pero ella estaba
sujetada con uñas y dientes y subía a gran velocidad. Luego probó zamarreándola
y hasta dándole martillazos pero no tuvo éxito. Se dio por vencido, bajó los
brazos, tiró el martillo y quedó boquiabierto mirando hacia arriba. Jharna
trepó los quince metros y por primera vez vio frente a frente un trofeo.
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