Un escritor, en su escritorio, escribe que escribe

El escritor vio un pequeño personaje negro acercársele por el margen de una hoja en blanco, detenerse, y preguntarle
¿Es esta la historia del soldado blanco en Bay Ban?
El escritor, sin reconocerlo aún, respondió con instinto infantil.
Sí, ¿quién eres tú?
Pero como respuesta obtuvo otra pregunta.
¿Es usted el escritor?
El personaje le resultaba familiar, y quiso ser más concreto en su pregunta, pero no supo cómo. Se reclinó hacia atrás en su silla, lo miró fijo unos segundos y dobló la apuesta con la misma frase.
Sí, ¿quién eres tú?
Entonces continuó el pequeño soldado negro, mientras avanzaba por la hoja ¿dónde estoy específicamente?
Esta vez la pregunta pareció desorientar al creador que no dejaba de mirarlo con asombro.
En mi escritorio contestó el escritor, en el margen de una hoja de bloc, en el comienzo mismo del cuento «Un soldado blanco en la isla de Bay Ban». ¿Me vas a responder quién eres tú?
Con esta respuesta quién quedó desconcertado fue el negro personaje. Este detuvo su avance y balbuceó.
 Pero…entonces...el soldado blanco ¿está vivo?
Aún no fue la respuesta del escritor. Quiso decir que sí, porque en su mente lo estaba, pero no pudo y así la impotencia lo invadió por primera vez en esa noche.
El sonido de estas palabras pareció alegrar a la oscura imagen que permaneció inmóvil. Unos instantes después su rostro se iluminó por completo y, al grito de «¡Comenzó la batalla!», tomó carrera por la roja línea del margen, se impulsó a través del escritorio y saltó hacia el piso. Sin embargo nunca llegó a su destino, al menos no a los ojos del escritor quien, en el medio del trayecto, lo perdió de vista.
El escritor volvió su cuerpo hacia adelante y sintió fluir de golpe la sangre hacia su cerebro, lo que le provocó un pequeño mareo. Se apoyó en el escritorio y quedó quieto, inmóvil por completo, con la mirada perdida en la blanca hoja. El cansancio le había robado a su musa, la había encerrado entre miles de negras neuronas sin vida, asesinadas a manos de tantas medidas de whisky, chupitos de vodka y copitas de absenta. No podía contar la cantidad de días y noches enteras que había pasado en vela intentando encontrar la llave de esa prisión. Pero las neuronas que aun prestaban servicio, las blancas ya no tan radiantes, estaban tan cansadas como él, y comenzaban a dejarse transformar en un gris opaco, insulso.
Tomó su reloj y puso la alarma para descansar media hora. Cerró los ojos, estiró los brazos sobre el escritorio e intentó meditar, pero dos palabras parecían no querer abandonarlo, tenían algo que decirle, pero, ¿qué?
Blanco, negro, blanco o negro, blanco y negro. Blanco y negro hacen gris. Un tablero de ajedrez o de damas. Los animales ven en blanco y negro. Dos bandos opuestos, blancos y negros. Una batalla o muchas batallas. Una guerra. Dos bandos, blancos y negros, peleando por juntos llegar a ser grises, ideando estrategias como en una partida de ajedrez, liberando en la lucha su instinto animal. Sonrió en sueños. Aun le quedaban más de veinticinco minutos pensó pero volvió en sí, y el despertador estaba sonando.
Se abalanzó sobre la hoja, que en su mente ya no estaba vacía, y comenzó a garabatear todo lo que el sueño le había permitido ver de su musa; sabía que era poco, pero era bueno. Escribió por horas. Sus neuronas grises comenzaron a dar batalla. Los primeros tres capítulos escritos tuvieron apenas diez correcciones, todo salía de su cabeza de forma muy natural y se deslizaba como en un tobogán. Eran pocos los momentos que teniendo claro lo que iba a escribir, dudaba.
A esa altura ya había contado cómo un soldado del cuerpo de paz, o soldado blanco como se los denomina comúnmente, había decidido por sí solo viajar hasta la isla de Bay Ban. Había descrito al soldado como rebelde y de buen corazón, y a la isla como pequeña pero sobrepoblada. Mencionaba como motivo del viaje el de colaborar con la restauración de una nueva sociedad democrática, luego de varios lustros de régimen dictatorial en la isla. Sin esposa o hijos que esperaran por él, había juntado sus cosas emprendiendo el viaje.
El soldado, ya situado en la isla debía comenzar su interacción con el resto de los personajes. El escritor pensó que lo mejor sería enviarlo al centro de la isla, en la parte donde la ciudad estaba más desarrollada y desde allí comenzaría sus contactos para entender la situación actual. Sin embargo lo que pudo escribir fue muy diferente, en letras quedó plasmado que el soldado blanco se refugió en la casa de un amigo, quien lo introdujo a sus amigos más cercanos, y con estos comenzó su expansión social en la isla. El escritor se sintió impotente una vez más, pero la sensación le duró poco, incluso menos que antes.
Prosiguió la historia y contó cómo, con el pasar de los días, el soldado fue haciéndose conocido en la ciudad, intercambiando opiniones y consiguiendo adeptos a su causa y cómo logró salir de la casa de su amigo, a instancias del viejo, propietario de un hostal que le le ofreció una de sus habitaciones. Pero como todo héroe tiene un anti héroe, allí también conoció al soldado negro, esposo de la hija del viejo, quien había sido una pieza clave en los recientes años de dictadura.
Una vez más las palabras que quedaban en tinta no eran las que habían nacido en él. En su cabeza el soldado blanco no habría de cruzar caminos con un personaje tan negativo y opuesto, sino que debía esquivarlo y seguir su propio objetivo marcado por sus ideales. El blanco habría de seguir haciendo amistades, entablando relaciones fuertes, para así ganarse la confianza necesaria y participar activamente en la recuperación de la sociedad. Pero frustrado, casi contra su voluntad, contó cómo el soldado blanco se encontró eventualmente con el personaje negro, jurando en ese momento una venganza por todo lo sucedido. El escritor lo hizo incluso prometer que conquistaría el amor de su esposa, dejando así abierta la puerta a un final de amor, un final lleno de tensión, aunque totalmente esperado por el lector.
El creador, reducido a títere de las circunstancias, reflexionó unos instantes, pero la apatía se apoderó nuevamente de su cuerpo y prosiguió con la historia. Su musa estaba casi apagada, y ya para los últimos capítulos el destino de la historia no lo manejaba él. Los personajes dictaban su voluntad y aunque mucho se hablaba, mucho se tramaba, nada, absolutamente nada sucedía en la historia. Se repetían promesas de venganza de forma recurrente, encuentros que terminaban en discusiones, malos entendidos que en el final se aclaraban al lector. Pasaban los días y la sociedad de la isla no cambiaba, seguía estática, a pesar de estar viviendo un momento de liberación. Nadie cuestionaba las políticas, y el héroe era mágicamente conocido por todos, y aclamado por todos. Y por si fuera poco, vaya sorpresa, la hija del viejo había decidido separarse del soldado negro, cayendo así en brazos del blanco soldado, quien con su mejor aire de líder, supo consolarla.
Casi llegando al final del penúltimo capítulo el soldado negro, con un artilugio digno de los mejores malvados de las historias, logró, no sin ayuda de un par de secuaces, encerrar al soldado blanco. Nadie sabía donde lo tenía, ni siquiera sabían si está vivo. La gente lloraba su pérdida, quedando todo encaminado hacia un final inmejorable, donde en el último instante el héroe se salvaría, quedaría con su amor, y derrotando al malvado, viviría feliz por siempre en esa isla, que pasaría a ser su hogar. Un final inmejorable pensó. Al menos eso quiso creer, pero sabía que había muchos finales mejores, muchas historias mejores, o mejor dicho, sabía que en algún lado estaba la verdadera historia del soldado blanco en la isla de Bay Ban. En esta historia, el soldado blanco, que nunca debió hablar con el soldado negro, que debía de haberse insertado en la sociedad para ayudar a su recuperación, perdió todo su tiempo en pelear una batalla que no era la suya, para intentar ganar una guerra perdida de antemano. Su destino no era su destino, al menos no lo era más desde hacía rato en esta historia.
El escritor paró de escribir, releyó todas las hojas y meditó.
Una vez más el cansancio le ganó la pulseada y comprendió que había llegado el final, una vez más. Sintió el sonido de la hoja de su propia historia rajándose. Una vez más pensó. ¡Una vez más! gritó.
El corte comenzó por destruir el techo de su escritorio, siguió por una pequeña biblioteca ubicada en una de las paredes, tirando a su paso libros de varios tamaños, y cuando lo alcanzó, fue para separarlo de su escritorio de madera. Se tiró al suelo temiendo lo que ya estaba escrito en su destino. El corte, en su trayecto, movió el escritorio, e hizo rodar y caer al piso un lápiz gastado, que cayó al lado del escritor que sujetaba su cabeza preparado para lo peor. Cuando abrió los ojos pudo ver al pequeño soldado negro en la punta de su lápiz quién, después de haber dado otra gran batalla y con el orgullo del deber cumplido, moría una vez más.
A la basura fue a parar otro juego de hojas con la historia de un escritor, un personaje negro muerto desde el inicio, y un personaje blanco que nunca llegó a nacer.

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