Mi abuelo me enseñó hace un par de meses una lección de inteligencia. Siempre fuepara mí lo más parecido que un ser humando puede tener a un héroe en la vida real.Desde que tenía siete años acostumbrábamos a ir caminando hasta la playa y allí dedicar aluna media hora en recorrerla descalzos y disfrutar de su paz. En cada aventura merelataba una nueva historia que le había pasado a él o a alguno de sus tantos amigos.La del sábado tres de enero, justo después de las fiestas, fue la mejor; lahistoria del primer automóvil de su barrio, en el cual tuvo el privilegio de viajar en suprimer y único viaje.
—Viste que pasando la ruta está el puente que cruza el arroyo Chueco —me dijo, comenzando su relato.—Sí —le respondí.—Bueno, de chico tenía un amigo, Santiago, que vivía a dos manzanas de mi casa,allá por el barrio de los artesanos. Su familia tenía mucha plata porque habíanheredado unos campos que vendieron a unos españoles y pusieron un negocio deramos generales, lo que ahora vendría a ser un supermercado. La cuestión es queun fin de semana de julio, con un frío que no podes creer, apareció Santiago con unFord Prefect 1947, una joyita para la época.—Un auto muy moderno —bromeé.—Para ese tiempo sí, y de los más potentes. Era una pequeña bestia celeste, de fácilmanejo, una cilindrada de 1.172 centímetros cúbicos y propulsores de válvulaslaterales.—Me imagino que habrá sido muy popular con las mujeres,—No tuvo oportunidad. —Se rió unos segundos y siguió con su relato—. Esa tarde de julio
me subí de copiloto, mientras le daba indicaciones a Santiago de cómo manejar tantoauto. Fuimos a unos cuarenta kilómetros por hora, una velocidad prohibida, perosolo por nuestra inexperiencia, ya que la ley nada decía aún, no existía regulación sobre eltránsito de vehículos de cuatro ruedas. Las curvas fueron la parte mas divertida delviaje, pero también una curva fue la responsable que perdiera el control del auto ytermináramos cayendo por el puente. La altura era de unos ocho metros, y como alauto le faltaban las puertas de adelante, pudimos saltar al agua.—Pa, muy salado. ¿Y que pasó después?—En principio nada, caímos cada uno al lado del auto dentro del agua, así que nosalimos lastimados, pero el auto se hundió en un abrir y cerrar de ojos. Nosotros nadamos hasta la orilla.—Una desgracia con suerte.—Más que nada para el tercer pasajero.—¿Venían con alguien más?—Sin saberlo.—¡Chan!Se rió ante mi expresión de asombro y se aclaró la voz.
—Sí, chan, como dicen ustedes. Ese día llegamos a la casa de Santiago muy asustados y le contamos al padre lo que había pasado, esperando lo peor. Él solo se rió y agradeció queestuviéramos bien. Nos contó que el auto había sido el regalo de un cliente, por loque no se había perdido nada. Nos quedamos tranquilos y salimos a festejar.—No entiendo.—Bueno, que te cuento que ese regalo venía con premio. Al otro día salió publicado en lostitulares del diario «El Pueblo» la historia de la caída de un auto en el arroyo Chueco,
y cómo su conductor había sido rescatado (aunque aún inconsciente a la hora de laimpresión del tiraje) quedando el vehículo sumergido para la posteridad.—Pero, ¿tu amigo no salió del arroyo con vos?—Sí, mi amigo sí, pero el flaco que estaba en el baúl ¡no! El auto había pertenecido aun criminal de la favela Paulista de Mocca, quién no había tenido mejor idea quesecuestrar a unos de los líderes de una familia rival y esconderlo sedado enun auto con destino al extranjero. Ese día, más tarde, Marinho Silva recobró elconocimiento y explicó todo a las autoridades, contando cómo había viajado casitres días y tres noches sin recibir comida ni agua y cómo había podido escapar del auto (aunque dolorido) cuando éste cayó al agua y con el impacto se abrió la puerta del baúl.
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