El ventilador de techo de la
comisaría giraba a su máximo, no logrando sin embargo saciar el calor que allí
se sentía. En un rincón dos policías, uno veterano por retirarse y otro
notoriamente joven recién ascendido, hablaban, mientras repasaban algunos de
los tantos expedientes que aparecían desparramados en su mesa de trabajo.
El mayor contaba a su compañero
sobre el caso más llamativo resuelto en esa seccional en los últimos dos años. Según la investigación llevada a cabo,
los cuerpos sin vida de un hombre y una mujer, el primero sobre la segunda,
habían sido encontrados encerrados por dentro en una habitación de una chacra
en las afueras de la ciudad. El veterano contaba con toda propiedad como él
mismo, hacía ya unos años, había tirado abajo la puerta de esa habitación para
encontrarse con esa desconcertante imagen de la pareja en la cama sin vida. No
fue sino hasta después de horas y horas de investigación que se llegó a la
hipótesis, al menos la más firme, de que se trataba de un homicidio/ suicidio,
y así fue que se caratuló el caso. Sin embargo el caso nunca había podido ser
cerrado del todo. Si bien todo apuntaba a que el hombre había asfixiado a la
mujer, e inmediatamente, se había quitado la vida con un balazo en su sien,
había elementos de la escena del crimen que inducían a pensar que una tercera
persona había estado presente en los hechos. Sin embargo, este supuesto testigo
nunca había sido identificado, y por lo tanto el fiscal decidió archivar el
caso.
I
Cada mañana desde hacía varios años
Juan Pérez, alias El Ratón, encendía su computadora y, mientras realizaba sus
aseos mañaneros, la dejaba cargando. Este ritual iba en contra de la sugerencia
de Ana, su esposa, a quién nunca le había gustado que él comenzara su día de
trabajo un segundo después de poner un pie en el suelo. Detective de la
policía, con más de treinta años de
servicio, y próximo a jubilarse por estar cerca de cumplir los cincuenta y cinco de edad. Su esposa, sin embargo,
se había resignado ante esta rutina ya al tercero, de sus más de veintidós años de casados. Solía reprenderlo
solamente cuando cumplía ese ritual un domingo, ya que ese día era el destinado
a su familia, compuesta por sus dos
hijos, Miguel y Eduardo, y su perro, Coco.
La historia de Juan Pérez y Ana
Segovia no era diferente a la de muchas parejas. Se conocieron en sus épocas de
estudio, el con veintidós años y ella dos
años menor. Ese año él estaba comenzando sus estudios en la academia, luego de
pasar dos años
recuperándose de la muerte de sus padres; muerte que se dio en una situación
que el catalogaba de trágica y más que nada, incierta, ya que las
investigaciones no habían logrado arrojar luz sobre lo sucedido. Gracias a su
altura, había logrado sobresalir en varios equipos de basketball, lo que lo
llevó a su vez a integrar la selección de la academia. Su sobresaliente actuación
en las finales de ese año lo llevó a aparecer en una extensa nota, con su foto
a todo color, publicada por el diario local. Era considerado por las chicas con
las que había salido, que se contaban con los dedos de una mano, como un tipo
que no era lindo, pero si muy atractivo, con un “no sé que” que cautivaba. Sin
embargo, esa trascendencia en los medios hizo famoso, y por tanto codiciado por
las chicas solteras de la ciudad, a ese delgado pívot, de bronceado permanente,
pelo rizado y ojos castaños; características que conservaba hasta el día de
hoy. Ella no desconocía su popularidad, pero por ser una chica introvertida, y
de bajo perfil, le restó importancia y pretendió no reconocerlo. A los veinte
años de edad, y habiendo ya comenzado a trabajar hacía dos y medio para poder
ayudar a su familia, ella cursaba el tercer año de la carrera administrativa.
Soñaba con casarse, formar una familia y poder disfrutar de su retiro con sus
nietos. Hasta ese momento, solo habían sido eso, sueños, ya que no se caracterizaba
por tener éxito en las relaciones amorosas. Lo más cercano a un novio que podía
contar en su vida era un compañero de facultad que en su primer año la había
invitado a salir. Ella rechazó la invitación, y cuando dos meses después cambió
de opinión, ya era tarde, y el muchacho había perdido el interés en ella.
En un encuentro de amigos en común
hablaron por primera vez y aunque no fue amor a primera vista, se agradaron
enseguida. Charlaron toda la noche aunque él no era lo que se podría decir un
gran orador, y se mostraba en esa charla como alguien mas bien reservado. A
pesar de las pocas palabras que él había pronunciado, en comparación con todo
lo hablado por ella, Ana fue rápidamente seducida por su tono de voz, que se le
ocurría como la perfecta mezcla entre firmeza y amabilidad. Encajaron como dos
piezas contiguas de un puzzle, ella hablaba, y el escuchaba. El hablaba, y ella
se deslumbraba. Después de esa noche siguieron saliendo hasta que decidieron
ponerse de novios cuando se dieron cuenta que no podían estar el uno sin el
otro. Dos años después él decidió hacer la gran pregunta y, por supuesto, la
respuesta fue "afirmativa", en el coloquio policial. Esa chica menuda, de cabello
lacio, color oro, que contrastaba con unos ojos negros, de mirada profunda,
dejó escapar una sonrisa, y se fundió en un abrazo con su futuro esposo. El
casamiento se celebró tan solo dos semanas
después de la propuesta. El sueño de Ana iba tomando forma, eran muy felices
juntos y despertaban la envidia, a veces sana, a veces no tanto, en otras
parejas. Tres años después Ana y Juan trajeron al mundo a su primer hijo,
Miguel, y sus vidas se iluminaron. La felicidad que sintieron en ese momento,
nunca la habían sentido antes. Ese día sin embargo, en lugar de un pan, Miguel
trajo bajo el brazo un susto. Nació con el cordón umbilical enrollado a su
cuello y el doctor por unos minutos temió por la salud del recién nacido ya que
fueron varios los segundos que el pequeño cerebro estuvo sin oxígeno. Sin
embargo los cuidados que le dieron fueron los mejores y Miguel no tuvo
consecuencias por el incidente. Tres meses después que Miguel cumpliera su
primer año, nació el segundo hijo de la pareja, Eduardo. Con la llegada del
nuevo integrante de la familia Ana comenzaba a ver realizado su sueño, y
descubría día a día la felicidad de sentir que la vida le sonreía. Juan, a su
vez, aunque sin demostrarlo como era común en él, también se sentía complacido
con la vida que llevaban, y se alegraba de ver feliz a su esposa.
Los años fueron pasando, y ellos
vivieron varias etapas en sus vidas como pareja, así como con sus hijos. Los
vieron crecer y los acompañaron en su camino. Él avanzó en su carrera, pasando
de Agente de Segunda, a Agente de Primera en menos de dos años. Fue Sargento
Primero después de tan solo un año y medio, y cuatro
años más tarde ya se había convertido en Oficial Subalterno, primero como
Oficial Principal, logrando tres años después ascender a Sub-Comisario, cargo que
retuvo por diez años.
Con esa experiencia logró concursar y asumir en el cargo de Comisario, para siete años después obtener su mayor logro,
Comisario Inspector, cargo que ocupa en la actualidad, y con el cual espera
jubilarse en menos de seis meses. Ana,
una vez recibida, consiguió un puesto administrativo en una de las empresas
inmobiliarias más grandes de la ciudad. Al principio le puso muchas ganas, pero
a medida que sus hijos crecían y su relación con Juan demandaba mayores
cuidados, tuvo que administrar mejor sus ánimos, y el hilo, que siempre se
corta por el lado mas fino, se cortó, y resultó ser en su trabajo. Se dedicó
más a criar a sus hijos, tener su hogar en las mejores condiciones y de a poco
se fue dejando ganar por la rutina, sin notarlo, o sin querer hacer algo al
respecto; "al fin y al cabo -decía-, la mujer, como el hombre, es un bicho de
costumbres".
II
Joaquín, de veintiséis años, y recién convertido en Agente de
Primera, decidió permanecer hasta después de las dieciocho,
hora en que finalizaba el horario de labores en la comisaría, leyendo los
expedientes. Aunque Juan le insistió al “gordito”, como le decían sus
compañeros porque parecía un niño que nunca había pegado el estirón, él decidió
que no tenía algo más interesante para hacer, y se siguió quemando las pestañas
con el caso no resuelto por completo. El Ratón saludó con un gesto de mano
elevada a la altura de la sien, y con un notorio cansancio abrió la puerta del
cuarto, que a esas alturas de la tarde aparecía totalmente deshabitado de
personal policial, aunque restos de comida y desorden sobraban. Antes de
abandonar la habitación, se dio media vuelta, y sosteniendo con la mano derecha
la puerta, le soltó casi despreocupadamente
–No te mates Suárez, mirá que este
caso tiene más polvo encima que la bandera de tu cuadrito.
–No se preocupe jefe, es curiosidad
nomás, pinta lindo un caso no resuelto para empezar a aprender. No sabía que
usted era manya, lo hacía inteligente.
–Arrancó pisando fuerte el nuevo –le soltó Juan con una sonrisa cómplice.
–Y bueno jefe, es viernes y mi mejor
opción es desempolvar este caso, así que imagínese, si no le ponemos un poco de
humor –respondió el gordito.
–No te quejes, yo de acá voy al
Shopping a cambiar unos zapatos que le regalé a mi esposa, aprovecha esta etapa
gurí.
El gordito se rió, más que nada por
compromiso, y le dijo:
–Suerte jefe.
–Ratón -le soltó rápidamente Juan -dejá el “jefe” para cuando estemos ante los Oficiales Superiores.
–Gracias señor Ratón.
Se miraron, se rieron y, cerrando la
puerta, Juan saludá con la mano una vez más.
–Hasta mañana gordito.
–Hasta mañana Ratón.
No pasaron quince minutos,
cuando Joaquín levantó el teléfono y discó de memoria el número de la pizzería
“Los Mario`s”, y pidió la especialidad de la casa, una porción de muzarella con
panceta y un fainá de orillo, fino y bien crocante. Agregó al pedido una Coca
de medio, light para no sentirse tan culpable, y colgó. No necesitó dar la
dirección, ya era un cliente conocido, y dada su profesión, tenía un trato
preferencial, y sus pedidos eran tratados con prioridad. Con la boca ya hecha
agua, retomó su lectura y repasó el caso caratulado como homicidio/ suicidio.
El número del expediente aparecía en la parte superior de cada carpeta,
compuesta por cinco en total, y enseguida
se le grabó casi a fuego. E – 007491.
El recién ascendido venía trabajando
en la fuerza policial desde los veintiuno,
luego de prepararse dos años en la
academia. No era el más brillante en su generación pero tampoco le iba mal,
estaba claramente entre los cinco mejores. Aunque en lo físico su esfuerzo era máximo y
su rendimiento apenas suficiente, se destacaba en el resto de las asignaturas
por contar con un razonamiento agudo y una notable tendencia al pensamiento
lógico y aplicado. Este ascenso era el primero, y por tanto el más importante
de su corta carrera. Y dadas sus cualidades de razonamiento, y su dedicación
constante e incondicional a trabajar, incluso fuera de hora y fines de semana,
logró los méritos necesarios para llamar la atención de su jefe inmediato,
Ezequiel Vanegas, quien no dudó en postularlo para el departamento del Ratón.
El sub-comisario Vanegas buscaba de esa forma anotarse
unos buenos puntos con el jefe que en unos meses se jubilaría y, Dios mediante –decía el–, poder integrar la lista de posibles candidatos a ocupar su lugar.
El sub-comisario era el polo opuesto a Juan, pero nadie dudaba de su
efectividad y dedicación a las fuerzas. Era un negociador nato, con varias
características de líder que lo dejaban bien posicionado ante eventuales
ausencias del titular. Era ambicioso, y competitivo, lo cual no se desprendía
de la primera imagen que daba; un hombre de estatura baja, una pronunciada
calvicie de ya varios años y una vestimenta siempre a último grito, disonancia
estridente en una persona de sesenta y tantos años.
Joaquín, el recién ascendido,
tenía otra cualidad que lo hacía bueno en su trabajo y era la curiosidad y
meticulosidad con la que enfrentaba todas sus investigaciones. Llamó la
atención de sus compañeros desde el inicio como él sistemáticamente se quedaba
fuera de hora para lograr un mayor análisis. Esto le mereció malas caras más de
una vez, ya que por un lado sus compañeros lo tildaron de carnero, y sus jefes
sospechaban de sus intenciones, al entender que por un sueldo tan bajo era
difícil encontrar amor al arte en esa profesión. Sin embargo esta imagen fue
quedando de lado al conocerlo. Tenía una denotada obsesión por resolver
problemas y su hora libre de cada día la dedicaba a leer casos archivados,
mientras se embutía diferentes tipos de comida chatarra. Al vivir solo, no tenía
quien le cocinara, y no le interesaba cambiar este aspecto de su vida. No salía
a bailar, ni se esforzaba por alimentar su vida social. Se limitaba a visitar
sus amigos cercanos en sus cumpleaños, y a lo sumo, decir que sí a alguna de
sus invitaciones para no “quedar mal”. En las fiestas de fin de año se iba al
interior, a su ciudad de nacimiento donde compartía con su padre y madre, y
algún otro familiar. Era hijo único, aunque no desde nacimiento, ya que había
tenido un hermano, pero había sido asesinado hacía muchos años, según había
contado alguna vez a sus compañeros más allegados. De allí, a entender de sus
compañeros, provenía la elección de su profesión, junto con su obsesión con la
resolución de casos policiales.
Joaco le dio una mirada liviana a
los cinco expedientes que aparecían sobre
la mesa, y que formaban lo que alguna vez, hacía unos cinco años, había sido la
trágica muerte de una pareja. Ya había discutido con Juan toda la tarde sobre
estos casos, y había logrado tener una referencia de los eventos de esa
jornada, y de las teorías sobre lo que podría haber ocurrido. Al principio
sintió una sensación de rechazo por parte de su superior al saber que estaba investigando ese caso en sus horas libres, pero
entendió que un caso no resuelto no debe ser el orgullo de ningún inspector. Él
había decidido que si lograba resolver ese caso, o arrojar alguna luz, podría
sobresalir y tener la chance de ser personal de confianza de quien fuera a
sustituir al Comisario Pérez. Hacía ya dos
semanas que en las horas de almuerzo leía página tras página las carpetas del
expediente E-007491. Se mostraba muy interesado por el caso y había llegado a
solicitar el retiro de una de las carpetas para poder leerla el fin de semana,
solicitud que fue negada, y al mismo tiempo llamó la atención de sus
superiores, ya que el caso era sensiblemente relevante para el arrogante cuerpo
inspectivo de la comisaría, liderada por el nacionalmente famoso, Ratón Perez.
Fue así que el Comisario Inspector al siguiente lunes llamó a Suárez y juntos
charlaron la mañana entera. La motivación y curiosidad del recién ascendido
parecieron conmover al casi retirado policía, y este último le dio carta libre
al primero para que investigara el caso, y armara sus propias conclusiones, sabiendo que el caso era un
callejón sin salida.
III
Habían pasado diez minutos y el gordito mantenía sus ojos
posados en los expedientes que yacían sobre la mesa. Tenía la esperanza de que
su merienda–cena llegara a la brevedad para recuperar energías y seguir con
el análisis del caso. Había decidido hacía varias horas ya, que iba a dedicar el viernes a sacarle jugo al permiso de su jefe.
No descartaba incluso hacer una aparición por la oficina el sábado, sabiendo
que nadie podría molestarlo ese día, ya que desde que no había pago de horas
extra por concurrir los fines de semana, nadie más gastaba energías en
aparecerse.
Se puso de pie y comenzó a caminar
de un lado a otro. Recitando casi de memoria los hechos según lo que podía
recordar de su lectura. Esa técnica le había sido de gran utilidad para
memorizar mucha información y resolver problemas de razonamiento en varias de
las asignaturas de la academia.
Recordó que en la primera carpeta se
contaba la cronología de lo que había sido la noche de los hechos. En las
primeras diez páginas se relataba como la
pareja había sido encontrada por el Comisario Inspector Juan Pérez, escoltado
por el sub–comisario Ezequiel Vanegas, cuatro Agentes de Primera y un
Sargento. Este último fue el encargado de llevar adelante la parte logística y
ejecutarla. Llegaron a la chacra, ubicada en el kilómetro treinta y cuatro y medio de la ruta diecisiete. Formaba parte de un grupo de una
veintena de chacras que se esparcían en una media circunferencia de cinco hectáreas. Tenía dos chacras vecinas, una a
setecientos cincuenta metros al norte, y la otra a tres kilómetros al sur-este.
Los treinta metros que antecedían el portón de ingreso a la finca daban claras
cuentas de que el abandono del lugar era grande, y se anticipaba que los
habitantes brillaban por su ausencia. Al llegar a la puerta, y tomando las
precauciones requeridas por la situación, el Sargento empujó con la punta de su
arma reglamentaria la puerta de ingreso. Estaba entre abierta, pero no mostraba
señales de haber sido forzada, todo lo contrario, mostraba estar muy
prolijamente cuidada. Las pericias revelaron más adelante que a pesar de esta
apariencia, la cerradura no ofrecía resistencia, ya que no funcionaba la
sección de la llave, solamente estaba operativo el picaporte, que mantenía la
puerta cerrada. El grupo de siete
oficiales recorrió la casa, dividiéndose en tres
grupos. Fue el grupo integrado por el Inspector y uno de los Agentes de Primera
el que encontró cerrada y trancada por dentro la puerta de una de las
habitaciones. Los demás grupos que revisaban el resto de la casona, recibieron
por su móvil el aviso del hallazgo. Al no encontrar nada extraordinario, los
demás agentes, el Sargento y el sub-comisario se presentaron frente a la puerta
cerrada. El comisario golpeó y todos esperaron expectantes, y atentos a lo que
dentro pudiera estar pasando. No recibieron respuesta.
–Jefe, déjeme bajar de una patada la puerta,
no tiene pinta de ser muy dura –dijo uno de los Agentes.
Juan lo miró con desconfianza, pero
intuía que no tendrían otra alternativa. Le hizo una seña con su arma, y todos
se prepararon a ingresar. Si bien la puerta se encontraba en el medio de un
largo y angosto pasillo, el Agente de primera tomó impulso, y arremetió contra ella, la cual ofreció más resistencia de lo
esperado. Ante un segundo intento algo pareció ceder, y fue suficiente un
tercer golpe, para que la blanca puerta de madera se abriera de par en par,
formando un medio círculo en el piso.
La escena era dramática y dejó a
los hombres atónitos por unos segundos, excepto por el sub-comisario, quién dio
un paso al frente y entró en la habitación sin dudarlo. Paseó la mirada por el
área que encerraban esas cuatro paredes, y, siempre con su arma en alerta,
revisó debajo de la cama y dentro del el extenso placard de puertas de roble.
–Ratón, acá no hay nada. Parece que se mataron solitos nomás.
–Quién te avisó de esto –dijo Juan mirando a Ezequiel.
–Una llamada anónima a la central, que atendió la Cinthia –contestó este–. Le dijeron que alguien había escuchado un disparo, y que parecía haber salido de adentro de la chacra.
–Que conveniente –dijo el sargento–. Lo raro es que alguien haya pasado por acá justito en ese momento.
–Bueno, después vemos qué pasó. ¿Cómo seguimos con esto? –preguntó el Comisario Inspector.
–Vamos a llamar a la comisaría y que nos traigan las cosas para relevar la escena del crimen. Mientras, aprovechemos para revisar el resto de la chacra y los alrededores.
–Ratón, acá no hay nada. Parece que se mataron solitos nomás.
–Quién te avisó de esto –dijo Juan mirando a Ezequiel.
–Una llamada anónima a la central, que atendió la Cinthia –contestó este–. Le dijeron que alguien había escuchado un disparo, y que parecía haber salido de adentro de la chacra.
–Que conveniente –dijo el sargento–. Lo raro es que alguien haya pasado por acá justito en ese momento.
–Bueno, después vemos qué pasó. ¿Cómo seguimos con esto? –preguntó el Comisario Inspector.
–Vamos a llamar a la comisaría y que nos traigan las cosas para relevar la escena del crimen. Mientras, aprovechemos para revisar el resto de la chacra y los alrededores.
Se volvieron a dividir en equipos de
trabajo, aunque esta vez los dos principales se quedaron reflexionando frente a
la puerta del cuarto.
Mientras Joaquín leía lo que era
casi el final de la primera carpeta, porque no se acordaba algunos detalles del
hallazgo de los cuerpos, el timbre de la cocinita sonó. Miró la hora, pero no
le molestó que ya hubiera transcurrido más de media hora. Olvidate de dar
propina, pensó.
–Buenas noches.
–Hola, ¿cuánto es?
–Ciento setenta. Disculpá la demora, los viernes se complica. Te traje con extra panceta para compensar. La coquita esta bien fría.
–Tomá, quedate con el cambio –dijo, y le dio un billete de doscientos pesos.
–Gracias oficial. Que tenga buen provecho, cualquier cosa estamos a las órdenes.
–Gracias. Buenas noches
–Buenas noches.
–Hola, ¿cuánto es?
–Ciento setenta. Disculpá la demora, los viernes se complica. Te traje con extra panceta para compensar. La coquita esta bien fría.
–Tomá, quedate con el cambio –dijo, y le dio un billete de doscientos pesos.
–Gracias oficial. Que tenga buen provecho, cualquier cosa estamos a las órdenes.
–Gracias. Buenas noches
Cerró la puerta tras de sí, y
mientras caminaba hasta la mesa le pegó un mordiscón a un pedazo de pizza. A la
pasada agarró unas servilletas y un mantel.
Tiró todo arriba de la mesa, y se tragó la mitad de la porción que le había
quedado. Dedicó los siguientes quince minutos a comer una tras otra las
porciones, tomando cada tres de estas, un par de tragos de la helada Coca
light.
Ya eran las siete y media, pero no
dudó ni un instante en seguir con su lectura. Enrolló en una pelota los papeles
que unos minutos atrás habían hecho las veces de envoltorio de sus alimentos,
ubicó con su visión periférica el tacho de basura a unos tres metros en su
izquierda, apuntó y disparó. Ni cerca –pensó– y se rió. Agarró la carpeta
número dos, donde sabía que estaba la narración de la escena del crimen y el
análisis de lo que se había encontrado.
Se paró nuevamente, pero esta vez,
antes de poner a prueba su memoria, se acercó al tacho, levantó la pelota, y la
hundió con ganas. Así cualquiera –se dijo a sí mismo– y comenzó a recitar lo que recordaba.
Según la cronología, una vez que
otro sargento, esta vez uno de segunda, llevó hasta la chacra los elementos
necesario para evaluar la escena, Juan tomó la posta y organizó el trabajo.
Lo evidente aparecía primero. Al
abrir la puerta la vista era acaparada por la pareja que yacía sobre la cama
aún armada, con la colcha apenas desarreglada. En la dramática escena una mujer
aparecía acostada en la cama boca arriba, con los ojos abiertos, su rostro mirando a su derecha, claramente sin vida. Sobre ella, un hombre aparecía
acostado boca abajo, también en apariencia sin vida. Su rostro, o lo que podía
verse de éste, apuntaba en la misma dirección que el de ella, pero estaba
cubierto de una sangre ya negra, clara muestra de que estaba coagulada, y
mostraba la primera pista, las muertes no eran recientes.
La sangre se había esparcido tanto sobre la colcha, como en el suelo, donde una
gran mancha redonda de unos cuarenta centímetros aparecía contigua a la cama.
La habitación estaba desordenada
–Parece que tuvieron una nochecita agitada –comentó Ezequiel, mientras señalaba los lados de la cama.
–Parece que tuvieron una nochecita agitada –comentó Ezequiel, mientras señalaba los lados de la cama.
Juan solo se limitó a sonreír
nerviosamente, es que la habitación era un caos, estaba toda revuelta y daba
señales de que la lucha se había mantenido por varios minutos. Libros, cuadros,
vidrio, plantas, tierra, de todo, menos ropa, aparecía desperdigado por el
suelo de esa habitación de seis metros de largo por cinco de ancho.
La habitación era la fiel
representación de la chacra, antigua, databa de los años treinta, con muebles
que seguramente los acompañaban desde esas épocas. Muebles de maderas macizas,
roble, pino y cerejeira, persianas de madera con mosquiteros (ya devenidos en
simples líneas de nylon que colgaban a los costados de la ventana), respaldos
de cama que casi alcanzaban el techo, con tallados de madera de formas
religiosas. Los techos se elevaban a más de dos metros sobre la altura de sus
moradores, las paredes empapeladas escondían la humedad de tantos años, y el
piso, también de madera, culminaba de dar forma a lo que sin dudas era una gris
escena de crimen.
La habitación estaba compuesta por
la cama de dos plazas en el centro y dos mesas de luz a ambos lados. En cada una de ellas una lámpara, que
aparecían en ese momento a unos veinte centímetros de donde originalmente
estaban. La entrada al cuarto estaba
compuesta por una puerta blanca, la cual alcanzaba los tres metros de altura, y
se componía de dos hojas. En su parte media tenía una pequeña manija de cobre y
plata, con la cual solo se podía abrir y cerrar la segunda hoja. Se podía
trancar, sin embargo, solo por la parte interna, ya que contaba con dos
postigos en la parte superior, y dos en la parte inferior. Los de la parte
superior se encontraban en perfectas condiciones, y ubicados en su posición de
descanso, pero los inferiores estaban quebrados, como consecuencia de los golpes
aplicados para irrumpir en la habitación. A la derecha aparecía un placard
empotrado a la pared, con puertas corredizas de madera maciza, de unos quince
centímetros de espesor. Estaba ubicado en la pared perpendicular a la que
contenía el respaldo de la cama, y se extendía desde éste, por cuatro metros, a
la derecha de la puerta del cuarto, para quien entra. Al finalizar, en lo que
era un espacio vacío, se encontraba ya roto en pequeños trozos, un espejo que
había medido un metro de ancho por dos de alto.
Desparramado por todo el suelo se
encontraron vidrios, que luego fue confirmado provenían de las lámparas de las veladoras. El contenido entero de
una billetera, claramente la del difunto, contándose desde recibos de moteles y
de alquiler de auto, dinero, y tarjetas de crédito, hasta preservativos sin
uso, varios documentos de identidad con la misma foto, pero diferentes nombres
y tarjetas de celular aun sin raspar. Dos macetas
aparecían también caídas en la escena. Una de ellas aún contenía una larga palmera
de unos pocos años de vida, la otra estaba separada de su helecho a unos
sesenta centímetros. La tierra de la segunda aparecía desparramada por todo el
piso, formando incluso con la sangre una pasta marrón y espesa, muy
desagradable a la vista; el contenido de la palmera, sin embargo, estaba casi
intacto, excepto por lo que parecía haberse desparramado al ser arrojada. Las
pertenencias de la mujer, su cartera, una bufanda y su campera de cuero, se
encontraban intactas en el perchero dentro del
placard. Aparentemente la acción no había llegado hasta allí. Finalmente
también se pudo encontrar dos portarretratos, que aún sanos, parecían haber
sido usados como armas contra el atacante. Y al lado de uno de ellos una Biblia, la versión de tapa blanda del nuevo
testamento.
A primera vista, y luego
confirmado por el forense, la mujer había muerto asfixiada por el hombre,
mientras permanecía acostada boca arriba en la cama. La muerte se produjo luego
de que el asesino presionara el cuello de su víctima por dos minutos y medios.
Luego de ese tiempo el oxígeno dejo de fluir al cerebro, provocando la
distensión de todos sus músculos, incluido el corazón, llevándola primero a una
etapa de inconsciencia para devenir en una silenciosa muerte. La mujer luchó contra su atacante, logró acertar algunos inútiles golpes en la cara,
rasguñarle el pómulo derecho e incluso alcanzó, sin fuerza, y por ende sin
éxito, su ojo izquierdo. Sin embargo, después del primer minuto de lucha, la
mujer ya no ofrecía resistencia, y el final fue inevitable. Esta situación
llamó poderosamente la atención del forense, ya que dada la posición original
de la mujer al morir, esta no debiera haber sentido amenaza de muerte hasta el
momento mismo en que comenzó el ahorcamiento. De lo contrario su verdugo
debería haberle asestado algún golpe antes de poder arrastrarla a la cama,
golpes que no aparecían en la autopsia, o de lo contrario haberla ahorcado en
una posición no tan cómoda, como aparecía en la escena. Esta hipótesis iba en
contra de lo que podía verse, donde una lucha de varios minutos parecía haber
tenido lugar.
Sobre la mujer sin vida, a la altura
del pecho, casi apoyada en su costilla derecha, aparecía el arma que había sido
la causa de la segunda muerte, la del hombre. El casquillo de la bala que había
salido de esa arma se encontraba a mitad de camino entre el placard y el lado
izquierdo de la cama. Según balística el arma antes de ser disparada fue
sostenida a diez centímetros de la cabeza de la víctima, ingresando la bala por
la sien derecha, y terminando alojada en la mandíbula izquierda, realizando por
tanto un recorrido de arriba hacia abajo en un ángulo de treinta y dos grados.
No se encontraron restos de pólvora, pero era de esperarse, ya que el arma era
una semi-automática de las más modernas del mercado.
Joaquín revisó un par de veces el
expediente y se felicitó, salvo un par de detalles menores, se había recitado
la escena del crimen al pie de la letra. Para ese entonces una hora más había
transcurrido, y se comenzaba a sentir más el calor, aún existente a pesar del
grotesco movimiento del ventilador de techo. Decidió abrir una de las ventanas,
sabiendo que ponía en riesgo que alguno de sus compañeros pudiera, al pasar por
ahí, saber que aún se encontraba en la oficina. Lo meditó, pero la
transpiración se le hacía insoportable, así que abrió ambas ventanas, y de
despreocupó.
La tercera carpeta no había podio
memorizarla, pero era porque en la misma aparecían fotografías de la escena del
crimen, así como de las demás habitaciones, del exterior de la casa y de los
elementos encontrados. Eran más de doscientas fotografías, con su
correspondiente descripción, archivadas en una gruesa carpeta de ciento dos
páginas. Sin embargo, antes de abrir la carpeta sacó del cajón de sus escritorio
una pequeña libreta, donde figuraban varias fechas y apuntes muy desordenados,
dentro de los que encontraban una seguidilla de números, siendo cuatro el
menor, y cien, el mayor.
Con estos apuntes al lado abrió el
álbum y repasó algunas de las imágenes. La primera que miró fue la que aparecía
en la página cuatro la cual mostraba, según la descripción aportada, el pasillo
de ingreso a la finca, y en una segunda foto de esa página, el living, en el
cual se apreciaban en primer plano dos sillones de cuero de dos cuerpos cada
uno junto a una mesa ratona de madera de pino. Un poco más atrás se podía
observar una pequeña biblioteca, llena de libros, y al lado un par de manchas
redondas amarillas en el suelo. En las paredes dos cuadros de autores
desconocidos, al menos para el gordito, y de mal gusto a su entender. Reparó en
una de las más nítidas tomadas a la pareja, donde ella aparecía descalza y
llevaba puesto un vestido negro de fiesta, un collar de perlas imitación, y un
par de caravanas blancas, con incrustaciones azules y negras haciendo juego.
Luego repasó cinco fotos de la habitación donde el crimen había ocurrido, que
se encontraban en las páginas quince, diecisiete, veintitrés, cuarenta y nueve,
y cincuenta. Se focalizó en analizar las distancias entre el placard y la cama,
la ventana que aparecía como un elemento secundario o inexistente para la
investigación, y uno por uno los elementos que aparecían en la escena, con
especial atención en las lámparas y las macetas. Antes de terminar con la carpeta dedicó
varios minutos a analizar una foto en la que aparecía un elemento que no había
sido descrito como hallazgo, y tampoco había sido fotografiado individualmente
como parte de la escena. Por lo que podía apreciar era un taco aguja, de color
rosado, que aparecía en una sola fotografía, al lado de uno de los porta
retratos.
Su cabeza no paraba de pensar, y eso le daba mucha adrenalina.
¿Qué pasaría si encontrara elementos que nadie hubo considerado
antes? ¿Existía la posibilidad que hubiera en ese material evidencia que
determinara que los hechos realmente habían ocurrido de una manera diferente?
Estas preguntas eran las que lo animaban a seguir en la calurosa tarde, ya
transformada en noche. Le esperaba lo más complejo, la carpeta cuatro y cinco,
en las que se estipulaba la narración de la cronología de los hechos según la
evidencia encontrada, junto con hipótesis de los mismos.
Esto es lo que podría sesgarlo y reducirlo al mismo camino que el caso había
tenido, suicidio/ homicidio pasional, pero era necesario que lo hiciera, al
menos esta vez en profundidad.
La primera de estas dos comenzaba
describiendo cómo la pareja había ingresado sin forzar la entrada alrededor de
las 21:00 horas. La pericia determinó que
la chacra que se encontraba en venta, por tanto deshabitada, tenía rota la
cerradura de la puerta de ingreso. Consultada la dueña de la
inmobiliaria que la tenía en exhibición, el arreglo suponía un costo elevado, y
como la venta incluía los muebles, ante un robo, no eran ellos los que salían
perdiendo. Además la zona tiene pocos habitantes, de nivel económico elevado, y
se encontraba a más de cincuenta kilómetros de un barrio poblado, lo que hacía
una situación de robo algo improbable. Según la primera hipótesis de la
investigación, el asesino recibió la información de que la casa estaba
deshabitada y convenció a la mujer para ir allí, presuntamente para practicar
una actividad fetichista. Dado que el examen toxicológico no había arrojado
ningún indicio de drogas o alcohol en la sangre, la hipótesis de que la mujer
accedió a la finca por sus propios medios, aunque no necesariamente por su
voluntad, era la única sostenible. Una opción que se manejaba era que el
asesino la hubiese llevado engañada, y una segunda explicaba que la llevó hasta
la habitación amenazada con el arma. Una vez en la habitación la investigación
suponía que la mujer se las había ingeniado para arrebatarle el arma o al menos
salir de la amenaza latente, y había comenzado a correr por la habitación,
previamente trancada por el hombre, arrojando cosas y tirando todo a su paso,
para luego terminar en la cama. También se evaluaba la posibilidad de que el
engaño del hombre hubiera llegado hasta el momento mismo del ahorcamiento,
quien después del hecho, en el intento de cambiar la escena del crimen (sin
justificación aparente), ocasionó el desorden encontrado, para quitarse la vida
luego. Incluso se manejaba la remota hipótesis de que la mujer, primeramente
asfixiada, no hubiese muerto, y en un descuido de su matador se hubiese escapado,
y sin poder salir de la habitación, se defendió con lo que encontró a su paso.
Ninguna de ellas podía ser probada, pero una de ellas era la verdadera. De una
u otra forma, el hombre la había ahorcado en la cama, y una vez que estaba
muerta, había colocado el arma a la altura de la sien, y había apretado el
gatillo, quedando entonces la habitación trancada por dentro, con su cuerpo sin
vida, sobre el de su pareja en iguales condiciones. Seguramente la decisión de
suicidarse con un disparo haya sido consecuencia de lo alejado del lugar, y lo
rápido que le provocaría la muerte.
Esta carpeta con las hipótesis y las
diferentes posibilidades manejadas estaba firmada por el Inspector Juan Pérez,
y por el sub-comisario Ezequiel Vanegas. Esto le daba fin a la investigación,
la cuál había sido archivada de inmediato, aunque no cerrada, según constaba en
esta última página. Elementos encontrados en la escena llevaron al Juez a
solicitar el archivo del caso, pero como no definitivo.
Solo quedaba la quinta carpeta del
expediente E – 007491. En esta aparecían diferentes entrevistas a los
involucrados relacionados a los hechos, copias de diferentes documentaciones,
más fotos y perfiles de los involucrados, y una sección especial, que brillaba
por su ausencia. Eran dos páginas, las número setenta y dos y setenta y tres,
que componían ambas la prueba B2, lo que llamó su atención, pero decidió
reparar en ello más tarde.
De esta carpeta descubrió que
quien había hecho el llamado a Ezequiel Vanegas, el sub-comisario, había sido
un cuñado suyo, Pablo Pereira, hermano de su esposa y no un anónimo como se
había manifestado en un principio. Pablo Pereira era un hombre bohemio,
dedicado a la música desde sus primeros años. Hermano de Julia Pereira, esposa
desde hacía más de diez años de Vanegas, no era precisamente el orgullo de la
familia, y contaba con antecedentes policiales por tenencia y consumo de droga
en la vía pública. En la entrevista realizada a Vanegas, este admitió haber
mentido en una primera instancia alegando haber recibido un llamado anónimo.
Esto se debió a que en el momento del aviso por parte de Pereira, él se
encontraba en una situación amorosa comprometida con alguien que no era su
esposa, y antes de dar aviso a su jefe, tuvo que abandonar su actividad en infracción,
con el cuidado del caso, para no ser descubierto. Pablo Pereira vivía en la
chacra más cercana a los acontecimientos (cuidándola mientras sus dueños estaban de vacaciones), a unos setecientos metros del lugar
donde se encontraron los cuerpos. Según surgía de la entrevista, y citado en
sus propias palabras “Como todo esta siempre tan tranquilo un ruido tan
estruendoso se hace notar, ¿vio? Primero pensé en ir y destrancar la puerta,
pero después pensé que lo mejor era que alguien idóneo se apareciera para
hacerse cargo, capaz había heridos y todo”.
En esta entrevista se topó con otro
dato interesante, según Pereira, esto había ocurrido alrededor de las 21:05 minutos después dio aviso a su cuñado el
sub-comisario. Sin embargo éste último dio el alerta alrededor de las 22 y 30 horas, llegando el cuerpo inspectivo
pasadas las 23:00 horas. Esto había
generado una sombra de dudas y sospechas en una primera instancia para con
ellos.
El hecho de que faltaran dos hojas
tenía que significar algo, y por lo que pudo observar, en al menos una de ellas
debía aparecer una fotografía, ya que pudo encontrar una mancha amarillenta que
muy probablemente fuera de la cinta adhesiva utilizada para pegar la foto.
Finalmente reparó en un hecho que
por improbable se hizo irrelevante, pero
que podía ser clave si usaba bien su inteligencia. En una de las esquinas
aparecían tres huellas de pisadas, las tres del mismo calzado. Dos de un pie
izquierdo, una de un derecho, que parecían dirigirse a la ventana. Pertenecían
al calzado de ella, por lo que no resultaba difícil entender porque en la
investigación no se hubiese profundizado sobre el tema.
Él sabía que su mente trabajaba
mejor descansada y alimentada, y dado que era casi
media noche y su panza hacía más de tres horas
que había comenzado a suplicar atención, decidió tomarse un recreo.
Sacó unos apuntes en su libreta antes de
levantarse del escritorio, marcó con unos post it amarillos doce páginas en
tres de las cinco carpetas, se paró, cerró la ventana, apagó el ventilador, y
finalmente la luz. Cerró con llave por fuera y se fue. Miró la pizzería y
cruzó, sabía que otro especial lo esperaba, pero esta vez como premio iba a
incluir un postre, seguramente un flancito con dulce de leche para reactivar
las neuronas.
Si bien Joaquín no era de dormir más
que las ocho horas que los médicos recomiendan, esa noche le pareció eterna, y
no dio crédito a la hora que era cuando sus ojos se abrieron de par en par.
Para ser las seis de la madrugada y haberse acostado a las dos, se sentía muy
descansado. Meditó si quedarse en la cama unas horas más o ir a la comisaría. En ese momento se dio cuenta
que se había despertado solo, sin la ayuda del despertador, y que algo había hecho un click en su cabeza respecto
al caso. No se daba cuenta que era pero estaba seguro que con ese descanso sus
neuronas se habían ordenado y le estaban mostrando algo, aunque el aún no
lograba verlo. Intentó cerrar los ojos para volver a dormir o entrar en ese
estado de luz, pero no pudo. Decidió entonces prepararse un termo de café con
miel, y haciendo un pequeño desvío por la panadería, se fue a la oficina. Ya
eran las siete de la mañana del sábado, y sin embargo la ciudad aún dormía, y a juzgar por las caras, en el
caso de una parejita que caminaba de la mano en zig zag, incluso el Viernes no
había terminado aún.
Se apuró al subir las escaleras,
abrió con la llave la puerta y se instaló una vez más en su escritorio.
Amontonó tres carpetas para dejar lugar a la bolsa de bizcochos y mientras se
servía una y otra taza de café, fue repasando algunas fotografías y armando un
esquema mental de los hechos, y fue allí que se le vinieron dos imágenes.
–Las marcas del living –pensó– claro. Alguien movió las macetas que estaban en living hasta el cuarto, pero, ¿por qué? ¿Habrá sido antes o después de que ocurrieran las muertes?
–Las marcas del living –pensó– claro. Alguien movió las macetas que estaban en living hasta el cuarto, pero, ¿por qué? ¿Habrá sido antes o después de que ocurrieran las muertes?
Y luego, algo hizo subir su ritmo
cardíaco.
–El taco –gritó. No tiene sentido.
–El taco –gritó. No tiene sentido.
Comenzó a revisar una por una las
páginas de la carpeta tres, la que contenía las fotos, hasta que encontró la
que mostraba ese taco de zapato femenino. Notó que algo no encajaba.
Las huellas de barro eran de un calzado
deportivo, femenino, talle treinta y siete,
pero la mujer estaba vestida de fiesta. Entonces alguien más estuvo en la
habitación –pensó. Quizás pudo haber cambiado los calzados, y llevarse los
zapatos que originalmente vestía la difunta. Pero entonces, ¿Qué pasó con el
taco? Es raro que no se lo nombre y solo aparezca en una de las fotografías.
Repasó una vez más las carpetas y se
detuvo en la cuarta. No había reparado en el hecho de que la casa estaba en
venta, y que entonces debieran haber entrevistado a alguien de la inmobiliaria.
Recordó que en algún pasaje la dueña manifestó que no iban a hacerse cargo de
los gastos de reparación, así que en algún lado debería
estar la entrevista. Buscó por más de media hora pero nada ni parecido a una
entrevista, ni menciones de la dueña. Solo pudo averiguar, releyendo ese
pasaje, que la dueña era de apellido Beltramelli, y que aparentemente no estaba
a gusto con responder las preguntas de la policía con mucho detalle.
–No tengo nada que perder, a esta
hora ya debe haber alguien –se dijo en voz alta– y buscó el número de la
inmobiliaria.
El teléfono sonó tres veces, y una
voz agitada le respondió del otro lado:
–Hola
–Buen día –dijo Joaquín. ¿Con quién hablo?
–Inmobiliaria Beltramelli, Olga le habla
–Olga, mucho gusto. Mi nombre es Joaquín Suárez, de la seccional, la llamo por la investigación de las dos muertes ocurridas en la finca ubicada en el kilómetro treinta y cuatro y medio de la ruta diecisiete que ustedes tienen para la venta. ¿Tiene un minuto?
–En primer lugar esa finca no pertenece más a nuestra empresa, fue vendida hace tiempo; y en segundo no ocurrió ninguna muerte en ninguna de mis fincas.
–Señora, según consta en actas, el veintitrés de febrero del 2008 usted fue llamada por teléfono y declaró que la finca tenía la cerradura rota y que por motivos económicos la inmobiliaria no se haría cargo del arreglo
–Inspector, usted tiene que estar equivocado, en esa fecha yo no me encontraba en el país. Estuve los tres meses de verano sufriendo el invierno de Europa, por negocios más que por placer.
–Pero, ¿Quién se quedó a cargo entonces de la inmobiliaria?
–Mis empleadas, Ana y Julia. Pero si algo así hubiese pasado me habrían avisado, es muy grave lo que me está diciendo.
–Cómo son los apellidos de Ana y Julia, quizás pueda hablar con ellas si no le molesta.
–Claro que me molesta, es una falta de respeto. Llamar por teléfono y hacer estas preguntas, alegando dos muertes en una propiedad que yo tenía para la venta. Muy poco serio señor Suárez, si es que es su verdadero nombre. Que tenga buen día oficial, si necesita más información venga personalmente, no va a tener problema en encontrarnos.
–Hola
–Buen día –dijo Joaquín. ¿Con quién hablo?
–Inmobiliaria Beltramelli, Olga le habla
–Olga, mucho gusto. Mi nombre es Joaquín Suárez, de la seccional, la llamo por la investigación de las dos muertes ocurridas en la finca ubicada en el kilómetro treinta y cuatro y medio de la ruta diecisiete que ustedes tienen para la venta. ¿Tiene un minuto?
–En primer lugar esa finca no pertenece más a nuestra empresa, fue vendida hace tiempo; y en segundo no ocurrió ninguna muerte en ninguna de mis fincas.
–Señora, según consta en actas, el veintitrés de febrero del 2008 usted fue llamada por teléfono y declaró que la finca tenía la cerradura rota y que por motivos económicos la inmobiliaria no se haría cargo del arreglo
–Inspector, usted tiene que estar equivocado, en esa fecha yo no me encontraba en el país. Estuve los tres meses de verano sufriendo el invierno de Europa, por negocios más que por placer.
–Pero, ¿Quién se quedó a cargo entonces de la inmobiliaria?
–Mis empleadas, Ana y Julia. Pero si algo así hubiese pasado me habrían avisado, es muy grave lo que me está diciendo.
–Cómo son los apellidos de Ana y Julia, quizás pueda hablar con ellas si no le molesta.
–Claro que me molesta, es una falta de respeto. Llamar por teléfono y hacer estas preguntas, alegando dos muertes en una propiedad que yo tenía para la venta. Muy poco serio señor Suárez, si es que es su verdadero nombre. Que tenga buen día oficial, si necesita más información venga personalmente, no va a tener problema en encontrarnos.
No pudo ni disculparse, la línea se
cortó al terminar de pronunciar esas
palabras. Lejos de arrojar alguna luz, esto generó una mayor suspicacia, pero
al menos tenía dos nombres. En un primer momento pensó en ir hasta la
inmobiliaria y subsanar la situación, pero se dio cuenta que en la página de
Internet donde figuraba el número de teléfono, también podría llegar a encontrar
el de esas mujeres. Bastaron dos minutos para desatar una reacción inesperada,
el apellido de Ana era Segovia, y salvo una coincidencia que se negaba a creer
que fuera posible, se trataba de la propia esposa del inspector Juan Pérez
Una convulsión de pensamientos se
arremolinaron en su cabeza y palabras rondaban por todos lados. Se recostó en
su silla lo más que esta le permitió y comenzó a atar cabos. Pero con esa
información no demostraba nada. Y una vez más en la mañana se iluminaron sus
neuronas. Las hojas que faltan, pensó. E inmediatamente sopesó las palabras. Si
esto fuera así, el Ratón, mi propio jefe, está involucrado. No solo eso,
él es cómplice. La información no puede salir de estas cuatro paredes, se arriesgaría a que lo condenen por hurto y ocultamiento de evidencia, pero nada le impediría de guardar en su caja fuerte personal cierta información alegando confidencialidad. La caja fuerte, ahí esta la clave. No, no puede ser, es una locura.
No tenía posibilidad de acceder a la
caja fuerte, necesitaba de una llave y una combinación de ocho números. Pero el asombro era tan grande que
no pudo ni meditarlo, se abalanzó hasta el escritorio de Juan y tanteó el
cajón. Cerrado con llave. Pero esa cerradura era fácil de forzar sin romperla.
Consiguió un cuchillo, le sacó el mango y con la sierra y un poco de ingenio
logró abrir el cajón. Solo encontró una hoja de papel blanca, renglones
celestes, enrollada como un pergamino.
Al lado un juego de varias llaves en un llavero con una estrella y el lema
“Just live”. Desenrolló el pergamino, y por unos minutos creyó sentir detenerse
el tiempo.
«Si llegaste hasta acá, y
pensas seguir adelante, dos cosas van a pasar. La primera es que
vas a descubrir la verdad, y vas a tener que decidir que hacer con ella. La
segunda, uno de los dos no va a estar vivo para el próximo lunes. 55549876 ».
Incrédulo Joaquín tomó las llaves, y
fue hasta la caja fuerte de un metro cúbico que se encontraba en la pared
anterior de la oficina del Inspector. No temía por su vida, sentía que la adrenalina
no lo dejaba pensar, y que su cuerpo se había puesto en automático, y no lo
dejaba detenerse. Miró la puerta con la pequeña perilla por unos segundos,
introdujo la llave y giró dos veces a la derecha. Cuando escuchó el click,
digitó en el panel numérico la combinación. La puerta se destrancó. La abrió y
encontró tres cajas de zapatos repletas
de papeles. Las sacó, y debajo de ellas quedó visible una placa de madera que
hacía las veces de piso de la caja fuerte. No demoró en darse cuenta que era falso,
y fácilmente removible. Debajo encontró una bolsa blanca, opaca, cerrada con
grampas medianas. La abrió y encontró lo que estaba faltando. En la esquina
superior de cada una de ellas aparecía un número, en una setenta y dos, y en la
otra setenta y tres. Eran las hojas que faltaban de la carpeta cinco. La
primera contenía una huella digital de dos dedos, índice y pulgar, con la
descripción debajo que explicaba que habían sido encontradas en el cargador del
arma, pero no se habían logrado vincular a ninguna persona, ya que estas no
tenían antecedentes registrados. La segunda contenía un análisis detallado de
un objeto encontrado, que no se correspondía con la escena del crimen, pero que
despertaba algunas sospechas. Era un taco rosado, de tipo aguja, de quince
centímetros de alto, y una base de cuatro centímetros de diámetro. Según la
investigación este elemento podría haber pertenecido a la escena con
anterioridad a las muertes, y presumiblemente pudiera haber constituido un arma
para la defensa de la mujer asesinada.
No daba crédito a lo que estaba
viviendo. Desde un principio sabía que lo daría todo por llegar al fondo del
caso, pero no esperó, ni en su pesadilla más profunda, encontrarse con esta
situación. Esas pruebas demostraban que Ana, la esposa del Inspector de la
fuerza había asesinado, o al menos participado de la muerte de dos personas.
Ella era la responsable de vender la casa y por lo tanto contaba con mucha
información, incluso sabía cuándo la finca estaría vacía, y lo fácil que era
ingresar a la misma. Sus huellas estaban en el arma que le quitó la vida al
hombre, y las pruebas que la involucraban estaban guardadas en la caja fuerte
de su esposo, lejos del alcance de cualquiera. Pero, ¿por qué?, ¿cuál era el
móvil?, ¿cómo escapó de la habitación?
Volvió a mirar el trozo de papel y
esta vez la frase le pareció pesada. “…uno de los dos no va a estar vivo
para el próximo lunes”. Estaba fuera de sí. Pensó en avisarle al
sub-comisario, pero pensó si no estaría él también al tanto. No podía confiar en nadie
de la oficina, seguramente una mentira tan grande no habría podido sostenerse
entre dos personas por tanto tiempo. Quedó pensativo unos minutos, su cabeza no
paraba de dar vueltas, pero sus piernas parecían haberse paralizado. Luego de
casi media hora sin hacer nada decidió poner todo en su lugar, y dirigirse a la
casa de Pérez. Estaba convencido que podría hacerlo entrar en razón, y en el
peor de los casos, denunciarlo ante sus pares, para que se reabra la
investigación. Guardó todo en la caja fuerte, la cerró con llave. No necesitó
terminar de girar sobre sus talones para darse cuenta que ya no estaba solo.
—Te dije que no te mataras nene, con lo que descubriste, lo acabas de hacer. No me dejas opción —dijo Juan— mientras le apuntaba un arma directo a su frente a unos seis metros
—Jefe, ¡la puta madre! No se mande otra cagada. ¿Qué mierda es esto? Me tendría que haber parado cuando vio que estaba obsesionado con el caso. Yo solo quería saber si en realidad mi hermano se había suicidado después de matar a Esther, pero nunca pensé encontrarme con algo así. ¡Hijo de puta!
—Sí ya se, pero tenías todo el derecho a averiguar por vos mismo lo que le pasó a tu hermano.
—Entonces usted sabía quién era yo, y por qué estaba tan metido con este caso.
—Te dije que no te mataras nene, con lo que descubriste, lo acabas de hacer. No me dejas opción —dijo Juan— mientras le apuntaba un arma directo a su frente a unos seis metros
—Jefe, ¡la puta madre! No se mande otra cagada. ¿Qué mierda es esto? Me tendría que haber parado cuando vio que estaba obsesionado con el caso. Yo solo quería saber si en realidad mi hermano se había suicidado después de matar a Esther, pero nunca pensé encontrarme con algo así. ¡Hijo de puta!
—Sí ya se, pero tenías todo el derecho a averiguar por vos mismo lo que le pasó a tu hermano.
—Entonces usted sabía quién era yo, y por qué estaba tan metido con este caso.
—Por supuesto que sí pibe. Y creo que
si no hubiese sido por eso nunca te habría dejado llegar tan lejos, aunque
reconozco que no te tenía fe. La caja tiene alarma
silenciosa y salvo que yo avise, si se abre en horas que no son de oficina, me
llaman al celular para ponerme en alerta. Ese era mi seguro para que no
hicieras ninguna estupidez con lo que averiguaste
—¡Bajá el arma! Ya está, no da para seguir enroscado en esto. Podemos llegar a una solución —le dijo en un tono imperativo el gordito, dando un par de pasos al frente.
—¡Bajá el arma! Ya está, no da para seguir enroscado en esto. Podemos llegar a una solución —le dijo en un tono imperativo el gordito, dando un par de pasos al frente.
—Quedate quieto, yo te voy a
decir lo que vamos a hacer. Es temprano, sábado, ya se que alguien intentó
robar el contenido de mi caja fuerte. La empresa de seguridad me avisó, y
cuando vine a ver, te encontré. Vos me apuntaste con tu arma de reglamento, yo
te di la voz de alto, y cuando vos te
aprontabas a disparar, me adelanté y te disparé en la pierna. Pero como en el
piso intentaste dispararme de nuevo, no tuve otra opción que disparar más al
cuerpo. Fue en defensa propia, eso es lo que va a ser, y nadie se va a acordar
de vos en unos meses, como pasó con tu hermano.
—¿Por qué? Quiero entender. Su esposa le disparó a mi hermano, y se escapó por la ventana, usando la maceta grande que sacó del living para sostenerla, y después la pateó para adentro porque no se la podía llevar y eliminar la prueba. Pero para disimular eso tuvo que dar vuelta toda la habitación, incluyendo la tierra de otra maceta. Al hacer esto quedó su huella marcada en la tierra, y como no había forma de, en pocos minutos, borrarla de la escena, se llevó los zapatos de Esther, y dejó sus zapatillas, para no llamar la atención. Ahí cometió el primer error, quedó un taco suelto, pero gracias a usted solo se puede apreciar en una foto. Todo eso además de limpiar la escena y armarla para que aparente ser un homicidio/ suicidio, que si no fuera porque usted ocultó las pruebas, se habría descubierto.—Bien, vas muy bien. Una lástima que desperdicies tu talento en destruir tu carrera, y tu vida. Como ves, detrás de todo gran detective, hay una mujer que aprende. En estos veinte años al menos tantas charlas técnicas entre desayunos, almuerzos y cenas, le sirvieron para algo.
—Pero, ¿Por qué?
—Eso es imposible que lo deduzcas, pero tu hermano y la puta de su novia eran unos hijos de puta que se ganaban la vida cagando gente.
—¿Y eso le dio el derecho a su mujer de matarlo a él y a Esther?
—No, matarlos fue un accidente y un error, pero pasó así, y la verdad fue lo mejor. Esther me sedujo unos meses antes de las muertes, yo engañaba a mi esposa con ella. Y tu hermano, un año antes de las muertes, conoció a mi esposa y mantuvieron una relación paralela. Ellos se metían en lo más privado de la vida de las parejas y la familia de sus víctimas, las separaban, y vendían información en el mercado negro, que después se podría usar para extorsiones, como mínimo. Al tiempo de todo esto me enteré por dónde venía la mano y resulta que no fuimos los únicos. Un año antes que con nosotros, se habían metido con un político. En menos de medio año la esposa se llevó a los hijos, y lo echaron del partido al rebelarse un escándalo de corrupción. Todo eso fue consecuencia del trabajo de tu hermano y tú cuñada.
—Pensé que delitos como esos se pagaban con cárcel, no con la vida.
—Ya te dije que las muertes no fueron planificadas. Tanto Ana, como yo, manteníamos nuestras vidas paralelas sin despertar sospechas en el otro. Sin embargo, una maldita tarde, Ana me vio saliendo de un hotel de las afueras de la ciudad con Esther. Lejos de encararme, armó una trampa para agarrarme in fraganti. Como tenía acceso a la chacra, a través de un sorteo ficticio, Ana, de forma anónima, me regaló la estadía de un fin de semana. Sabía que no se lo iba a ofrecer a ella, ese regalo era mandado hacer para disfrutarlo con una amante. Sin embargo, como tenía una reunión el sábado en la capital, recién el domingo al mediodía me iba a encontrar con Esther en la chacra. Con esa excusa le dije a Ana que no iba a estar por todo el fin de semana, y desde luego, ella se dio cuenta que había mordido la carnada.
—Así que Esther es tu amante, va, era tu amante. Y mi hermano la ligó de rebote, porque vos no supiste esconder bien tu engaño. No entiendo que hacía el ahí, si debieras haber sido vos el que estaba en la cama con ella.
—Ana sabiendo que la cerradura no funcionaba bien, fue la tarde-noche del sábado, y se escondió en el placard del cuarto. Según me contó, por lo grueso de las puertas corredizas, no veía ni escuchaba más que un murmullo. Esperó que terminara lo que parecía un agitado acto sexual y salió para descubrir la farsa. Pero se encontró con que Rubén había asfixiado a Esther; su propio amante, y la amante de su esposo, juntos en una cama. Ana tuvo un momento de desconcierto, se asustó y le apuntó con el arma. Un arma que había robado de la caja de mis herramientas, escondida en el sótano de nuestra casa. Nunca pensé que ella sabría de su existencia. Ella incluso sabía que estaba arreglada para no marcar ninguna serie en las balas y que fuera imposible rastrear, porque además la había comprado en un mercado negro en Brasil. Ella imaginó que cuando la viera sostener el arma, me arrepentiría y le pediría disculpas, y todo volvería a la normalidad. Sin embargo ella se encontró con que su amante, había matado a la amante de su esposo. Cuando en ese instante tu hermano intentó alcanzar algo en la mesa de luz, le dejó el costado desprotegido, Ana vio la oportunidad, y presa del pánico, se acercó en un rápido salto, y apuntando a pocos centímetros de la sien, apretó el gatillo. El resto, es historia.
—¿Y ahora qué?
—No puedo confiar en vos, es por vos que estamos acá. Si hubieras parado cuando te dije.
—Pero Ratón, vos no sos un asesino
—¡Ah!, ahora soy Ratón. Nene, no tenés idea en lo que te metiste. Hace cinco años que vengo escondiendo esto, y ahora que me faltan unos meses para jubilarme y mandarme mudar con las pruebas, apareces vos queriendo hacer justicia,
—¡La puta que te parió!
—Pero vos lo dijiste, no, no soy un puto asesino. Yo ya tengo papeles para irme a la mierda en pocos meses, cuando haya terminado los trámites de jubilación y se me deposite todo mes a mes en la cuenta. Pero es mucho tiempo para confiar en que no me vas a mandar al frente. Si tenés suerte, en una de esas puedo arreglar todo para que la semana que viene pueda dejar todo medio organizado, con algún poder o algo de eso, y tomarme los vientos.
—Difícil para sagitario
—¿Preferís la primera opción?
—Chala madre, bueno, ¿qué hacemos?
—Vos nada, yo, tratar de asegurarme que mis hijos no carguen con esta cruz, por tu culpa.
—¿Mi culpa? —le espetó Joaco—. Yo no fui el que apretó el gatillo
—Mirá nene, vamos a hacer esto. Yo me voy a ir, voy a hablar con mi contacto que es quien me consiguió los papeles truchos para sacar a mi esposa, para que me los consiga para el lunes. Ella se va, y vos denuncias lo que quieras la semana que viene. Yo estoy cubierto, toda la información estaba acá, y obviamente en las correspondientes carpetas. A lo sumo me podrán inculpar de negligencia leve, pero eso no me cambia en nada. Yo me jubilo tranquilo y todos felices.
—¿Por qué? Quiero entender. Su esposa le disparó a mi hermano, y se escapó por la ventana, usando la maceta grande que sacó del living para sostenerla, y después la pateó para adentro porque no se la podía llevar y eliminar la prueba. Pero para disimular eso tuvo que dar vuelta toda la habitación, incluyendo la tierra de otra maceta. Al hacer esto quedó su huella marcada en la tierra, y como no había forma de, en pocos minutos, borrarla de la escena, se llevó los zapatos de Esther, y dejó sus zapatillas, para no llamar la atención. Ahí cometió el primer error, quedó un taco suelto, pero gracias a usted solo se puede apreciar en una foto. Todo eso además de limpiar la escena y armarla para que aparente ser un homicidio/ suicidio, que si no fuera porque usted ocultó las pruebas, se habría descubierto.—Bien, vas muy bien. Una lástima que desperdicies tu talento en destruir tu carrera, y tu vida. Como ves, detrás de todo gran detective, hay una mujer que aprende. En estos veinte años al menos tantas charlas técnicas entre desayunos, almuerzos y cenas, le sirvieron para algo.
—Pero, ¿Por qué?
—Eso es imposible que lo deduzcas, pero tu hermano y la puta de su novia eran unos hijos de puta que se ganaban la vida cagando gente.
—¿Y eso le dio el derecho a su mujer de matarlo a él y a Esther?
—No, matarlos fue un accidente y un error, pero pasó así, y la verdad fue lo mejor. Esther me sedujo unos meses antes de las muertes, yo engañaba a mi esposa con ella. Y tu hermano, un año antes de las muertes, conoció a mi esposa y mantuvieron una relación paralela. Ellos se metían en lo más privado de la vida de las parejas y la familia de sus víctimas, las separaban, y vendían información en el mercado negro, que después se podría usar para extorsiones, como mínimo. Al tiempo de todo esto me enteré por dónde venía la mano y resulta que no fuimos los únicos. Un año antes que con nosotros, se habían metido con un político. En menos de medio año la esposa se llevó a los hijos, y lo echaron del partido al rebelarse un escándalo de corrupción. Todo eso fue consecuencia del trabajo de tu hermano y tú cuñada.
—Pensé que delitos como esos se pagaban con cárcel, no con la vida.
—Ya te dije que las muertes no fueron planificadas. Tanto Ana, como yo, manteníamos nuestras vidas paralelas sin despertar sospechas en el otro. Sin embargo, una maldita tarde, Ana me vio saliendo de un hotel de las afueras de la ciudad con Esther. Lejos de encararme, armó una trampa para agarrarme in fraganti. Como tenía acceso a la chacra, a través de un sorteo ficticio, Ana, de forma anónima, me regaló la estadía de un fin de semana. Sabía que no se lo iba a ofrecer a ella, ese regalo era mandado hacer para disfrutarlo con una amante. Sin embargo, como tenía una reunión el sábado en la capital, recién el domingo al mediodía me iba a encontrar con Esther en la chacra. Con esa excusa le dije a Ana que no iba a estar por todo el fin de semana, y desde luego, ella se dio cuenta que había mordido la carnada.
—Así que Esther es tu amante, va, era tu amante. Y mi hermano la ligó de rebote, porque vos no supiste esconder bien tu engaño. No entiendo que hacía el ahí, si debieras haber sido vos el que estaba en la cama con ella.
—Ana sabiendo que la cerradura no funcionaba bien, fue la tarde-noche del sábado, y se escondió en el placard del cuarto. Según me contó, por lo grueso de las puertas corredizas, no veía ni escuchaba más que un murmullo. Esperó que terminara lo que parecía un agitado acto sexual y salió para descubrir la farsa. Pero se encontró con que Rubén había asfixiado a Esther; su propio amante, y la amante de su esposo, juntos en una cama. Ana tuvo un momento de desconcierto, se asustó y le apuntó con el arma. Un arma que había robado de la caja de mis herramientas, escondida en el sótano de nuestra casa. Nunca pensé que ella sabría de su existencia. Ella incluso sabía que estaba arreglada para no marcar ninguna serie en las balas y que fuera imposible rastrear, porque además la había comprado en un mercado negro en Brasil. Ella imaginó que cuando la viera sostener el arma, me arrepentiría y le pediría disculpas, y todo volvería a la normalidad. Sin embargo ella se encontró con que su amante, había matado a la amante de su esposo. Cuando en ese instante tu hermano intentó alcanzar algo en la mesa de luz, le dejó el costado desprotegido, Ana vio la oportunidad, y presa del pánico, se acercó en un rápido salto, y apuntando a pocos centímetros de la sien, apretó el gatillo. El resto, es historia.
—¿Y ahora qué?
—No puedo confiar en vos, es por vos que estamos acá. Si hubieras parado cuando te dije.
—Pero Ratón, vos no sos un asesino
—¡Ah!, ahora soy Ratón. Nene, no tenés idea en lo que te metiste. Hace cinco años que vengo escondiendo esto, y ahora que me faltan unos meses para jubilarme y mandarme mudar con las pruebas, apareces vos queriendo hacer justicia,
—¡La puta que te parió!
—Pero vos lo dijiste, no, no soy un puto asesino. Yo ya tengo papeles para irme a la mierda en pocos meses, cuando haya terminado los trámites de jubilación y se me deposite todo mes a mes en la cuenta. Pero es mucho tiempo para confiar en que no me vas a mandar al frente. Si tenés suerte, en una de esas puedo arreglar todo para que la semana que viene pueda dejar todo medio organizado, con algún poder o algo de eso, y tomarme los vientos.
—Difícil para sagitario
—¿Preferís la primera opción?
—Chala madre, bueno, ¿qué hacemos?
—Vos nada, yo, tratar de asegurarme que mis hijos no carguen con esta cruz, por tu culpa.
—¿Mi culpa? —le espetó Joaco—. Yo no fui el que apretó el gatillo
—Mirá nene, vamos a hacer esto. Yo me voy a ir, voy a hablar con mi contacto que es quien me consiguió los papeles truchos para sacar a mi esposa, para que me los consiga para el lunes. Ella se va, y vos denuncias lo que quieras la semana que viene. Yo estoy cubierto, toda la información estaba acá, y obviamente en las correspondientes carpetas. A lo sumo me podrán inculpar de negligencia leve, pero eso no me cambia en nada. Yo me jubilo tranquilo y todos felices.
—¿Y que pensás hacer conmigo
entonces?
—Te dejo esposado a esta silla todo el fin de semana, y si todo sale bien, el domingo vengo a soltarte. Sino, me las ingeniaré para salir airoso con el plan A. No puedo arriesgarme a que quemes todo antes que tenga una salida asegurada. A fin de cuentas mi vida sigue, te guste o no.
—Bueno, me vas a matar de hambre un poco, pero es mejor a morir del todo. Se que no vale la pena que gaste energías gritando, así que te pido disculpas por haber llegado tan lejos, y si valen de algo, por favor hacé lo más que puedas para conseguir los papeles —suplicó Joaco, con un notorio miedo en su mirada
—Lo voy a hacer, pero no por vos gordito. Bueno, parate y pone las manos atrás.
—Primero dejá el arma, yo tampoco puedo confiar en vos —reclamó Joaco.
—Te dejo esposado a esta silla todo el fin de semana, y si todo sale bien, el domingo vengo a soltarte. Sino, me las ingeniaré para salir airoso con el plan A. No puedo arriesgarme a que quemes todo antes que tenga una salida asegurada. A fin de cuentas mi vida sigue, te guste o no.
—Bueno, me vas a matar de hambre un poco, pero es mejor a morir del todo. Se que no vale la pena que gaste energías gritando, así que te pido disculpas por haber llegado tan lejos, y si valen de algo, por favor hacé lo más que puedas para conseguir los papeles —suplicó Joaco, con un notorio miedo en su mirada
—Lo voy a hacer, pero no por vos gordito. Bueno, parate y pone las manos atrás.
—Primero dejá el arma, yo tampoco puedo confiar en vos —reclamó Joaco.
Después de dudarlo unos segundos el
Inspector estiró su brazo y depositó su arma reglamentaria sobre el dispensador
de agua que tenía a su derecha. Joaquín se levantó de la silla y se puso por un
segundo de espaldas a Juan, quien en ese momento llevaba sus manos a la parte
trasera de su cintura para alcanzar su juego de esposas.
El estruendo del disparo fue
grande, además de sorpresivo. Un arma tan pequeña no debiera provocarlo, pero
la acústica de esa oficina fomentaba el encierro del sonido entre esas cuatro
paredes. Lo había tomado por sorpresa, dejándolo sin reacción posible; el
balazo le había atravesado el pecho, perforando su pulmón izquierdo de forma
descendente, desde la parte frontal. El cuerpo se desplomó apenas diez segundos
después, con los ojos desorbitados, mirando a su matador con los últimos
instantes de conciencia. Mientras la sangre brotaba desde su boca y la parte
media de su torso, el asesino se acercó a su víctima con ojos ardidos en
cólera, y se quedó mirándolo el tiempo que le tomó a la vida de su víctima
escaparse por ese orificio de nueve milímetros. Cuando el jadeo y los
movimientos cesaron, se agachó y acercó su boca a la oreja derecha del
abatido gordito.
—Te mentí —comenzó a susurrar el Inspector— sí soy un asesino. Pude con mis padres, no iba a poder con vos.
—Te mentí —comenzó a susurrar el Inspector— sí soy un asesino. Pude con mis padres, no iba a poder con vos.
Se levantó, buscó la pierna derecha
de su víctima, y arremetió una vez más. Eso daba fin a su coartada. Suspiró de
alivio, o lo más parecido en esas circunstancias. Se sentó y meditó un rato.
Luego levantó el teléfono y marcó el speed dial número dos. Sonó seis veces antes que el sub-comisario
Ezequiel Vanegas atendiera su celular, era de esperarse, un sábado a la mañana
nadie espera que lo llamen desde su trabajo
—Vanegas —soltó el sub-comisario en
un tono inexpresivo, aunque denotando un deje de molestia.
—Ratón —le devolvió Juan, El gordito
descubrió lo de Ana, lo tuve que bajar.
—¿Vos estas bien?
—Sí, fue con mi arma de respaldo,
así que la coartada va a decir que me desarmó y que tuve que recurrir a mi
segunda opción.
—¿Y que arma traía él para
desarmarte?
—¿Qué arma tenés limpia para
prestarme, que no estés usando?
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