Sí, vuela!

Como una duda, muy válida y hasta necesaria para algunos de nosotros, nos podemos preguntar si la imaginación y la creatividad que nos acompañan en nuestras vidas son innatas o si quizás puedan adquirirse con los años. Yo creo que ambas son posibles. Sin embargo antes de tener la edad necesaria para recordarlo, sé que me tocó ser del privilegiado primer grupo. Ella, mi abuela, me contó que cuando era más chico, mi hiperactividad los volvía locos a todos, y por eso era necesario sacarme a pasear y entretenerme, sentándome en el asiento de atrás del auto. Ese auto-cebra aun se mantiene en mi memoria y despierta los sentimientos más profundos de nostalgia y melancolía.

Esta fue una de esas tardes de domingo en las que el almuerzo se terminó convirtiendo solamente en una excusa para que la familia se reúna alrededor de esa mesa de madera marrón, extensible y con tanta historia a sus espaldas. La pasta casera con tuco, el vino, la coca, el helado, el programa de deportes de fondo y las discusiones políticas adornaban la velada desde media mañana hasta media tarde. Es aquí donde empieza el periplo. Aun era un niño. Comí, tomé y me reí hasta el cansancio pero el sueño siempre esquivo, incluso hasta el día de hoy, obligó a que alguien tomara la iniciativa y se hiciera cargo de mí.

Así fue que ese domingo 7 fueron mis abuelos los que eligieron uno de mis entretenimientos preferidos, paseo en el auto-cebra. Una vez adentro, y mientras el motor estuviera prendido, yo pasaba desapercibido; miraba por la ventana sin emitir sonidos, cautivado por todo eso que no llegaba a entender (y por el ronroneo del motor que tenía un efecto relajante). Cuando parábamos en una esquina empezaba a impacientarme y si se demoraban, empezaba de a poco con el puchero, hasta largar el llanto. La única solución que encontraban era la de “Bueno, bueno, ya arrancamos, tranquilo mijo”. Capaz que de ahí le agarré tanta idea a ese exasperante “mijo”, capaz que por eso me cae tan mal hasta el día de hoy, capaz porque me recuerda el auto que paraba y me hacía poner mal. El auto seguía, y yo borraba, de a poco, ese berrinche. Hasta que volvía a sonreír y embobarme con el movimiento del auto y el ruido de ese motor.

Enfilamos para la costanera, qué mejor lugar para pasar una tarde. Fue ahí que, mirando por la ventana, comencé a contarles a mis abuelos una historia fantástica a partir de lo que veían mis ojos, una mezcla de río crecido, árboles frondosos, y autos que iban en un sentido y en otro. En la creación de mi mente, unos indios que estaban en el lado derecho de la costanera escondidos detrás de los árboles, se peleaban con los del lado izquierdo de la costanera, los del otro lado, los indios escondidos en la playa, y nosotros quedábamos en el medio. Mientras avanzaba en mi creación en tiempo real, creación de la que incluso me sentía parte, veía como ellos se sonreían y comentaba algo que por estar compenetrado en mí relato, no me interesaba escuchar. Recién cuando hice una pausa para tomar aire y seguir imaginando el relato pude escuchar como el Tata le decía a la Yaya «¡Como vuela eh!», haciendo referencia a mi creatividad para inventar una historia de un momento para otro. Sin embargo, lejos de entenderlo (claro está), mi respuesta confirmó ese comentario sagaz y oportuno de mi abuelo. Por eso, aproveché la oportunidad, y con la mirada firme y una sonrisa de oreja a oreja, me paré en el asiento, miré a mi abuelo por el espejo y con voz fuerte y clara le dije:

 Si, vuela, es verdad, ¡yo lo vi!

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