-¿Es
esta la historia del soldado blanco en Bay Ban?
El
escritor, sin reconocerlo aún, respondió con el instinto infantil de un niño de
siete años
-Sí,
¿quién eres tú?
Pero
como respuesta obtuvo otra pregunta
-¿Es
usted el escritor?
El
personaje le resultaba familiar, y quiso ser mas concreto en su pregunta, pero
no supo como. Se reclinó hacia atrás en su silla, lo miró fijo unos segundos y
dobló la apuesta con la misma frase
-Sí,
¿quién eres tú?
Entonces…–
continuó el pequeño soldado negro, mientras avanzaba por la pálida hoja- ¿Dónde
estoy específicamente?
Esta
vez la pregunta pareció desorientar al creador que no dejaba de mirarlo con
asombro
-En
mi escritorio-contestó-, en el margen de una hoja de bloc, en el comienzo mismo
del cuento “Un soldado blanco en la isla de BayBan”. ¿Me vas a responder quién
eres tú? Por favor.
Con
esta respuesta quién quedó desconcertado fue el negro personaje. Este detuvo su
avance y balbuceó.
– Pero… entonces...el soldado blanco ¿está
vivo?
-Aún
no- fue la respuesta del escritor. Quiso decir que sí, porque en su mente lo
estaba, pero no pudo y así la impotencia lo invadió por primera vez en esa
noche.
El
sonido de estas palabras pareció alegrar a la oscura imagen que permaneció
inmóvil. Unos instantes después su rostro se iluminó por completo y al grito de
-¡Comenzó la batalla!-, tomó carrera por la roja línea del margen, se impulsó a
través del escritorio y saltó hacia el piso. Sin embargo nunca llegó a su destino,
al menos no a los ojos del escritor quien, en el medio del trayecto, lo perdió
de vista. Pero esto no le extrañó, pensó que la gravedad habría de funcionar
diferente para los personajes cuando interactúan con el mundo real.
El
escritor volvió su cuerpo hacia adelante y sintió fluir de golpe la sangre
hacia su cerebro, lo que le provocó un pequeño mareo. Apoyó sus antebrazos en
el escritorio y se quedó quieto, inmóvil por completo, con la mirada perdida en
la blancura de aquella hoja. El cansancio le había robado a su musa, la había
encerrado entre miles de negras neuronas sin vida, asesinadas a manos de tantas
medidas de whisky, chupitos de vodka y copitas de absenta. No podía contar la
cantidad de días y noches enteras que había pasado desvelado, intentando
encontrar la llave de esa prisión. Pero las neuronas que aun prestaban
servicio, las blancas ya no tan radiantes, estaban tan cansadas como el, y
comenzaban a dejarse transformar en un gris opaco, insulso.
Tomó
su reloj y puso la alarma para descansar media hora. Cerró los ojos, estiró los
brazos sobre el escritorio y apoyando su oreja izquierda en uno de sus brazos,
meditó. Intentó no pensar pero dos palabras parecían no querer abandonarlo,
tenían algo que decirle, pero, ¿qué?
-Blanco,
negro, blanco o negro, blanco y negro. Blanco y negro hacen gris. Un tablero de
ajedrez o de damas. Los animales ven en blanco y negro. Dos bandos opuestos,
blancos y negros. Una batalla o muchas batallas. Una guerra. Dos bandos,
blancos y negros, peleando por juntos llegar a ser grises, ideando estrategias como
en una partida de ajedrez, liberando en la lucha su instinto animal. Sonrió en
sueños. Aun le quedaban más de veinticinco minutos – pensó- pero volvió en sí,
y el despertador estaba sonando.
Se
abalanzó sobre la hoja, que en su mente ya no estaba vacía, y comenzó a
garabatear todo lo que su sueño le había permitido ver de su musa; sabía que
era poco, pero era bueno. Era un comienzo. Escribió por horas. Sus neuronas
grises comenzaban a dar batalla. Los primeros tres capítulos escritos tuvieron
apenas diez correcciones, todo salía de su cabeza de forma muy natural y se
deslizaban por sus brazos como en un tobogán. Eran pocos los momentos que teniendo
claro lo que iba a escribir dudaba de lo que volcar a las hojas. Pequeños
momentos de nuevas frustraciones a las que eventualmente se acostumbraba.
A
esa altura ya había contado como un soldado del cuerpo de paz, o soldado blanco
como se los denomina comúnmente, decidió por sí solo viajar hasta la isla de
Bay Ban. Había descrito al soldado como rebelde y de buen corazón, y a la isla
como pequeña pero sobrepoblada. Mencionaba como motivo del viaje el de
colaborar con la restauración de una nueva sociedad democrática, luego de
varios lustros de régimen dictatorial en la isla. Su país no quiso involucrarse
por miedo a verse perjudicado en la relación diplomática con terceros países, pero
su necesidad de comprometerse con la causa fue más fuerte. Sin esposa o hijos
que esperaran por el, juntó sus cosas y emprendió el viaje.
El
soldado, ya situado en la isla debía comenzar su interacción con el resto de los
personajes. El escritor pensó que lo mejor sería enviarlo al centro de la isla,
en la parte donde la ciudad estaba más desarrollada y allí comenzar sus
contactos para entender la situación actual. Sin embargo lo que pudo escribir
fue muy diferente, en letras quedó plasmado que el soldado blanco se refugió en
la casa de un amigo, quien lo introdujo a sus amigos mas cercanos, y con estos
comenzó su expansión social en la isla. El escritor se sintió impotente una vez
más, pero la sensación le duró poco, incluso menos que antes, cuando comenzó
con los capítulos siguientes se olvidó de lo que había sucedido.
Prosiguió
la historia y contó como, con el pasar de los días, el soldado fue haciéndose
conocido en la ciudad, contando sus motivos de su visita, intercambiando
opiniones y hasta logrando conseguir adeptos a su causa. Consiguió salir de la
casa de su amigo, ya que un viejo muy tosco, propietario de un hostal y casi
abatido por los duros años vividos, le ofreció una de sus habitaciones en
reconocimiento a su gran gesto humano. Pero como todo héroe tiene un anti
héroe, allí también conoció al soldado negro, esposo de la hija del viejo,
quien había sido una pieza clave en los recientes años de dictadura.
Una
vez mas las palabras que quedaban en tinta no eran las que habían nacido en el.
En su cabeza el soldado blanco no habría de cruzar caminos con un personaje tan
negativo y opuesto, sino que debía esquivarlo y seguir su propio objetivo
marcado por sus ideales. El blanco habría de seguir haciendo amistades,
entablando relaciones fuertes, para así ganarse la confianza necesaria y
participar activamente de la recuperación en esa sociedad. Pero frustrado, casi
contra su voluntad, contó como el soldado blanco se encontró eventualmente con
el personaje negro, jurando en ese momento una venganza por todo lo sucedido. El
escritor lo hizo incluso prometer que conquistaría el amor de su esposa, dejando
así abierta la puerta a un final de amor, un final lleno de tensión, aunque totalmente
esperado por un menospreciado lector.
El
creador, reducido a títere de las circunstancias, reflexionó unos instantes,
pero la apatía se apoderó nuevamente de su cuerpo y prosiguió con la historia.
Su muza estaba casi apagada, y ya para los últimos capítulos el destino de la
historia no lo manejaba el. Los personajes dictaban su voluntad y aunque mucho
se hablaba, mucho se tramaba, nada, absolutamente nada sucedía en la historia.
Se repetían promesas de venganzas de forma recurrente, encuentros que
terminaban en discusiones, malos entendidos que en el final se aclaraban al
lector como si este fuese un niño. Pasaban los días y la sociedad de la isla no
cambiaba, seguía estática, a pesar de estar viviendo un momento de liberación.
Nadie cuestionaba las políticas, y el héroe era mágicamente conocido por todos,
y aclamado por todos. Y por si fuera poco, vaya sorpresa, la hija del viejo
decide separarse del soldado negro, cayendo así en brazos del blanco soldado,
quien con su mejor aire de líder, supo consolarla.
Casi
llegando al final del penúltimo capítulo el soldado negro, con un artilugio
digno de los mejores malvados de las historias, logra, no sin ayuda de un par
de secuaces, encerrar al soldado blanco. Nadie sabe donde lo tiene, ni siquiera
saben si está vivo. La gente llora su pérdida, y queda todo encaminado hacia un
final inmejorable, donde en el último instante el héroe se salvaría, quedaría
con su amor, y derrotando al malvado, viviría feliz por siempre en esa isla,
que pasaría a ser su hogar. Un final inmejorable- pensó. Al menos eso quiso
creer, pero adentro suyo sabía que había muchos finales mejores, muchas
historias mejores, o mejor dicho, sabía que en algún lado estaba la verdadera
historia del soldado blanco en la isla de Bay Ban. En esta historia, el soldado
blanco, que nunca debió si quiera hablar con el soldado negro, que debía de
haberse insertado en la sociedad para ayudar a su recuperación, perdió todo su
tiempo en pelear una batalla que no era la suya, para intentar ganar una guerra
perdida de antemano. Su destino no era su destino, al menos no lo era más desde
hacia rato en esta historia.
El
escritor paró de escribir, releyó todas las hojas y meditó, y así comprendió.
Cuando
comenzó a escribir la primera página del último capítulo lo hizo sabiendo que Blanco
ya estaba muerto. No debió pasar, pero pasó. Luchó contra su instinto, no era
ese el final que había imaginado para su protagonista al comenzar a contar la
historia, pero no tuvo opción. Su lápiz se movía, pero no decía lo que él había
pensado decir; se movía solo. O alguien lo movía por el.
Una
vez mas el cansancio le ganó la pulseada y comprendió que había llegado el
final, una vez mas. Sintió el sonido de la hoja de su propia historia rajándose.
Una vez más –pensó. Una vez más-gritó.
El
corte comenzó por destruir el techo de su escritorio, siguió por una pequeña
biblioteca ubicada en una de las paredes, tirando a su paso libros de varios
tamaños, y cuando lo alcanzó, fue para separarlo de su escritorio de madera. Se
tiró al suelo temiendo lo que ya estaba escrito en su destino. El corte, en su
trayecto, movió el escritorio, e hizo rodar y caer al piso un lápiz gastado, que
cayó al lado del escritor que sujetaba su cabeza preparado para lo peor. Cuando
abrió los ojos pudo ver al pequeño soldado negro en la punta de su lápiz quien,
después de haber dado otra gran batalla y con el orgullo del deber cumplido,
moría una vez mas.
A
la basura fue a parar otro juego más de hojas con la historia de un escritor,
un personaje negro muerto desde el inicio, y un personaje blanco que nunca
llegó a nacer.
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