¡Bienvenidos!

C.V.A.

Diego Coppa Rutigliano. Nacido en Salto un siete de Octubre.

Se destaca en narrativa breve, artículos y micro ficción. Participó en los talleres literarios de Mónica Marchesky - "Escritores Creativos" (2011 a 2013), Sabela de Tezanos - "Taller literario del M.A.P.I." (2014) y Cholo Gómez con Marco Algorta - "Estación sur - Escuela de escritores" (2015 y 2016).

Mención en el Concurso de microrrelatos de ANTEL "Te Cuento Que" del año 2011. Primer premio en el Concurso de microrrelatos de ANTEL "Te Cuento Que" del año 2012, junto con dos menciones en ese mismo concurso. Mención en el concurso de relatos de 5 líneas "Pluma, tinta y papel", organizado por Diversidad Literaria (España)  en el año 2014.

Por la gloria


En la plaza de obstáculos los drones blancos sobrevolaban a media altura. Algunos filmaban, otros disparaban a las nubes para sumar lluvia al drama de la competencia.

 

En el carril de la izquierda Jharna calentaba sus músculos saltando en su lugar, sobre la plataforma de una rampa de madera. No estaba nerviosa, esta era su vigésima tercera batalla, pero sí desesperada por ganar, y que no fuera su vigésima tercera derrota. Se sentó y estiró sus largas piernas, se arqueó sobre sí misma y se tocó la punta de los pies, mientras analizaba los obstáculos que le habían tocado ese día. Eran siete, y por suerte todos conocidos. El último, como siempre, era la palmera de quince metros, el obstáculo común a ambos participantes y el lugar donde estaba el trofeo para el ganador. Sintió una punzada de optimismo, una pequeña descarga de adrenalina y le sonó el estómago. Le pesaba más no tener una victoria que contar a sus amigos del liceo (que ya acumulaban varias) que perder y dejar a su familia una semana sin comida.

 

Miró hacia arriba cuando un relámpago iluminó unas nubes rojizas. Se paró y comenzó a estirar su espalda. No veía a su oponente porque una pared dividía ambas pistas pero sí veía partes de algunos obstáculos y pudo concluir que debía ser muy fuerte. Veía rocas pesadas, martillos para romper una pared muy gruesa y ruedas enormes que había que trasladar; mientras que en su pista había una gran montaña para escalar, lagunas que atravesar, cuerdas de donde colgarse y una escalera resbaladiza muy alta.

 

Mientras terminaba de aflojar sus rodillas, la plaza de doscientos metros de largo por treinta de ancho, quedó en silencio. La lluvia ya había comenzado a caer. El árbitro hizo sonar su silbato, Jharna miró la pantalla gigante y se puso en posición. Una mano sostenía un pañuelo blanco. Jharna tensó los músculos. La mano se abrió y el pañuelo blanco cayó. La calma se hizo caos en su cabeza y su cuerpo cobró vida propia. Sin pensar, se tiró por la rampa de madera y cayó con fuerza en un colchón que flotaba sobre el primer lago. Se acostó sobre él y remó con fuerza unos treinta metros. La asustó el temblor que sintió en la pista de al lado; era un sonido grave y seco, como de cosas que chocaban y, pero aun, de alguien que avanzaba más rápido que ella. Salió del agua y se enfrentó a una gran montaña. Tenía más de veinte metros de altura y unos diez de ancho, con toda la superficie. Sacó de su pequeña mochila un par de guantes y comenzó el ascenso. Resbaló dos veces por el efecto de la lluvia sobre la piedra pero finalmente llegó a la cima. Miró a su derecha y desde esa altura pudo ver a su rival (un joven que tendría más o menos su edad, muy musculoso pero más bajo que ella) que avanzaba cargando una gran piedra gris. La bajada se le hizo más complicada. Esta vez no pudo evitar un resbalón y una caída de cuatro o cinco metros, rodando por la ladera, pero con agilidad se sujetó con fuerza de una saliente que la salvó de caer al piso. Se reincorporó, bajó con cuidado y corrió al tercer obstáculo.

 

Eran varias cuerdas gruesas y húmedas que colgaban, una más lejos que la siguiente, sobre una fosa profunda, a lo largo de unos cincuenta metros. Se sacó los guantes, se limpió el agua de la cara y de las manos y saltó a la primera cuerda, rebotando en un pequeño trampolín. Se sintió muy cómoda, y pasó de una a otra sin problema. El cuarto obstáculo se le hizo más fácil aun. Eran unos sesenta metros de un puente muy fino hecho con un elástico que se movía inestable. Lo cruzó en un respiro y llegó a la parte del circuito donde la pared divisoria desaparecía. Miró a su derecha nuevamente. El musculosos definitivamente era más grande de lo que le había parecido. Estaba a unos cinco metros en el quinto obstáculo, pegándole con un martillo a la pared de concreto. Ella apuró sus pensamientos y corrió hasta la escalera resbaladiza. Era una estructura de diez metros de metal enjabonado, con cinco peldaños muy finos cada dos metros, que subía paralela a una pared igual de alta. Saltó con fuerza y alcanzó el primer peldaño. Comenzó a ascender lentamente y al llegar al segundo vio que su oponente tenía problemas; apenas había dañado la pared. Sonrió y se dio aliento, estaba cansada y mojada pero veía la posibilidad materializarse frente a ella. Siguió trepando al ritmo de los martillazos del otro lado, que parecían cada vez más débiles.

 

De pronto, cuando casi llegaba al último peldaño, los golpes cesaron y todo se vino abajo. Cayó al piso con escalera y todo, y aterrizó de costado, con su brazo aplastado entre su cuerpo y la enorme piedra que el musculoso había tirado para desestabilizarla. Automáticamente el juez hizo sonar su silbato,  levantó un pañuelo rojo y lo hizo repetir sus dos últimos obstáculos. Mientras un dron negro lo recogía y lo llevaba a la mitad del circuito, Jharna sacó de su mochila un spray, se lo roció sobre su brazo y su pierna y esperó unos minutos a que el dolor desapareciera. Con dificultad colocó la escalera de nuevo en su lugar y comenzó a subir. Esta vez le llevó más tiempo pero finalmente pudo llegar hasta arriba. Sin embargo su oponente había recuperado el tiempo de la penalización y había conseguido un martillo más grande con el que derribó fácilmente la pared.

 

A los dos les quedaba un solo obstáculo antes de llegar a la palmera. Ella tenía que cruzar veinticinco piedras, estratégicamente colocadas cada dos metros sobre la segunda laguna, esta vez de agua helada. Al tiempo que ella avanzaba con dificultad, saltando de una a otra, él derribaba una a una las veinticinco puertas de ladrillo que lo separaban de su último obstáculo. Llegando a la mitad del circuito de piedras, Jharna cayó al agua, el árbitro levantó un pañuelo amarillo y tuvo que recomenzar. Estaba cansada, dolorida y helada. Su adversario avanzaba como una topadora y el estampido de cada puerta destruida le hacía temblar las piernas. Le faltarían unas diez o doce piedras cuando el musculoso tiró abajo la última puerta de su circuito, salió corriendo y alcanzó la palmera. Bajó su vista, se dio aliento nuevamente y se concentró en sus obstáculos. Avanzó una a una las piedras que le faltaban, y alcanzó la última. Jamás había llegado tan lejos. Levantó la vista y se sorprendió de ver al joven que seguía intentando subir; trepaba, y caía, una y otra vez. Le pesaban las piernas, pero corrió como pudo los diez metros que la separaban de la victoria. Su oponente estaba planificando una nueva subida y no reparó en ella, que con el impulso que traía saltó sobre él, apoyándose en su espalda, y quedó prendida con toda su fuerza a la palmera. El juez se llevó instintivamente la mano al pañuelo rojo pero finalmente lo dejó en su bolsillo. El oponente de Jharna comenzó a embestir la palmera, pero ella estaba sujetada con uñas y dientes y subía a gran velocidad. Luego probó zamarreándola y hasta dándole martillazos pero no tuvo éxito. Se dio por vencido, bajó los brazos, tiró el martillo y quedó boquiabierto mirando hacia arriba. Jharna trepó los quince metros y por primera vez vio frente a frente un trofeo.

 
Los drones se dividían entre los que disparaban a las nubes para calmar la lluvia y los que se acercaban para sacarle fotos. El dron negro apareció para ayudarla a bajar pero ella le hizo un gesto de que se apartara y bajó por sus propios medios. Cuando llegó al piso miró al musculoso a los ojos, le extendió la mano y lo felicitó por una gran competencia. Él se presentó como Elías, le pidió disculpas por la piedra y le explicó que era su primera derrota. Ella le dijo que no faltaría la oportunidad de devolverle el gesto. Ambos rieron. Los drones los fotografiaron con el trofeo en manos de Jharna y la palmera de fondo, luego se despidieron y volvieron a sus casas. En el camino Jharna ensayó la historia que le contaría a sus amigos, y saboreó mentalmente el banquete que le esperaba en su casa.

Te veo

Allí, en una ciudad donde si sopla el viento nadie lo escucha, yace tendida en el cuarto principal de la vieja casona, en el medio de una vieja cama, una figura escuálida, vestida de ropas caras, convertidas en pijama. Del pantalón una etiqueta de «Guess» acapara la atención; por su platinado brillante refleja la tenue luz de una lámpara de bajo consumo sobre una alianza dorada, tirada en suelo. 

Cuando tres horas antes Simona se despertaba, su día comenzaba teñido de rareza. Al principio fue solo una sensación interna, pero los acontecimientos le terminaron dando la razón. Ese día la alarma de su celular no había sonado, no es que fuera la primera vez que pasaba, pero lo que nunca le había sucedido era despertarse con el ventilador de pie prendido; su madre cada noche lo apagaba cuando ella se había olvidado de hacerlo y las frazadas ya cubrían su cuerpo. No era el viento, sino el ruido, lo que necesitaba de este aparato para dormir cada noche. Se sentó en la cama, cumplió con su meditación de media hora, y buscó (con éxito) la ropa con la que saldría al mundo ese día. Salió de su cuarto sin mirarse en el espejo y se dispuso a ir al baño, pero al pasar por la cocina se detuvo unos segundo al escuchar sonar al microondas cuatro veces.
-    Sonó cuatro veces pensó extrañada. Lo extraño no era que sonara el aparato, sino la cantidad de veces que sonó. ¿Qué microondas suena cuatro veces? —se dijo para sí misma.
Entró al baño y se encerró, dándole dos vueltas a la llave. Abrió la canilla de la pileta y dejo correr el agua hasta que esta ganó temperatura. Colocó sus manos juntas, formando una especie de recipiente, y cuando el agua ya tibia llenó el hueco, se llevó las manos a la cara, repitiendo esta acción unas tres veces. Después de lavarse la cara tomó un cepillo de pelos, con dientes bastante gruesos, y lo humedeció. Cerró la canilla pero antes de comenzar a peinarse, volvió a sonar el microondas y de nuevo, cuatro veces. Esta vez las contó muy consciente.
-    ¡Otra vez cuatro! se dijo en voz baja, como buscando convencerse a sí misma.
Quedó agazapada, a la espera de una tercera estocada de cuatro pitidos por parte del aparato, pero esta nunca llegó. Retomó su actividad y comenzó a peinarse. Se miró por última vez en el espejo. Satisfecha con lo que este le devolvía, le sonrió, dio media vuelta y destrancó la puerta para salir. Más por curiosidad que por temor se acercó lentamente a la cocina, pero no encontró a nadie. Tampoco había nadie desayunando en el comedor que se encontraba al lado. Quizás alguien se había calentado el desayuno y se había ido al patio.
-    Pero, ¿para qué molestarse? pensó y fue directo a la heladera.
La abrió, se sirvió el yogur, le agregó los cereales, se cortó un trozo de queso y así, con su desayuno ya completo, se fue al comedor a desayunar escuchando las noticias de una vieja radio. Se sentó. Casi al mismo tiempo sonó el reloj cucú que comenzaba a dar las diez de la mañana, y como si fuera una película, se quedó observándolo entrar y salir; pero en su décimo canto, este salió volando y se posó en su mano, junto a su trozo de queso, que redujo a migajas con un par de picotones, y sin que ella diera crédito aún, el ave volvió a su reloj, cerrando tras de sí la pequeña puerta.
Simona se levantó de golpe y salió de ese trance, disparada como una flecha hacia la salida. En el piso del living quedó su rastro de migas de queso y una pasta rosada de yogurt y cereales en dirección a la puerta principal de la casona. Tanteó el picaporte pero estaba trancada. Hizo fuerza pero la puerta no cedía. Lo tomó como una señal. Se detuvo a pensar. Ante el dilema de volver y enfrentar lo que fuera que estuvierse pasando o escapar de aquellos acontecimientos, decidió escapar. Hizo aún más fuerza, logró abrirla y salió, solo para encontrarse a si misma tendida en el cuarto principal de la vieja casona, en el medio de su vieja cama, vestida de ropas caras, convertidas en pijama, tal y como había amanecido aquel día.
No era un sueño, ella se encontraba mirándose a si misma, pero sin saber desde donde. Se dio vuelta para volver a entrar a la casa pero detrás de ella solo había un infinito espacio sin color. Dio media vuelta y dirigió toda su humanidad nuevamente hacia aquella escena. Quedó inmóvil, sin sentir nada, ni siquiera el paso del tiempo. Y allí comenzó a comprender. Se estaba viendo a sí misma desde el espejo, donde por alguna razón había quedado encerrada. Comenzó a analizar los hechos y repasó cada uno de sus movimientos más de cien veces, durante varias horas, mientras ella, o su reflejo en el lado real, seguía tendida en aquella cama, la etiqueta de Guess con su platinado brillante aun reflejaba la tenue luz de la lámpara sobre la vieja alianza dorada, y el ventilador de pie con su cabeza seguía oscilando de un lado a otro, en un eterno no.
Allí el mundo calló sobre su incorpóreo ser, y entendió que estaba del lado equivocado del espejo, donde el microondas no suena tres ni cinco veces, sino cuatro, y el cucú del reloj vuela con la libertad de una paloma.
-  El ventilador se dijo. ¡El maldito ventilador! gritó, acusando con el dedo a su inalcanzable verdugo.
Recordó una vez más el despertar de ese día.
-   «Abrí los ojos, miré el techo, me senté en la cama y medité, pero…¡no apague el ventilador!».  
En la simple pero tan necesaria meditación, su alma, momentáneamente desprendida de su cuerpo, fue arrastrada por el viento del ventilador al otro lado del espejo, empujada como una burbuja de jabón que no resiste la presión y explota, solo que esta burbuja fue a parar al otro lado del muro que separa dos mundos diferentes, paralelos, pero diferentes.
Su madre entró al cuarto y apagó el ventilador, pero ya era tarde. En la nueva mañana ya no sería ella quién despertaría en aquel cuerpo, no sería ella la que peinaría aquellos cabellos, ni desayunaría mirando el cucú. Ella sería, sin embargo, quién cada mañana devolvería desde la eternidad del otro lado una sonrisa en cada reflejo.

Un escritor, en su escritorio, escribe que escribe

El escritor vio un pequeño personaje negro acercársele por el margen de una hoja en blanco, detenerse, y preguntarle
¿Es esta la historia del soldado blanco en Bay Ban?
El escritor, sin reconocerlo aún, respondió con instinto infantil.
Sí, ¿quién eres tú?
Pero como respuesta obtuvo otra pregunta.
¿Es usted el escritor?
El personaje le resultaba familiar, y quiso ser más concreto en su pregunta, pero no supo cómo. Se reclinó hacia atrás en su silla, lo miró fijo unos segundos y dobló la apuesta con la misma frase.
Sí, ¿quién eres tú?
Entonces continuó el pequeño soldado negro, mientras avanzaba por la hoja ¿dónde estoy específicamente?
Esta vez la pregunta pareció desorientar al creador que no dejaba de mirarlo con asombro.
En mi escritorio contestó el escritor, en el margen de una hoja de bloc, en el comienzo mismo del cuento «Un soldado blanco en la isla de Bay Ban». ¿Me vas a responder quién eres tú?
Con esta respuesta quién quedó desconcertado fue el negro personaje. Este detuvo su avance y balbuceó.
 Pero…entonces...el soldado blanco ¿está vivo?
Aún no fue la respuesta del escritor. Quiso decir que sí, porque en su mente lo estaba, pero no pudo y así la impotencia lo invadió por primera vez en esa noche.
El sonido de estas palabras pareció alegrar a la oscura imagen que permaneció inmóvil. Unos instantes después su rostro se iluminó por completo y, al grito de «¡Comenzó la batalla!», tomó carrera por la roja línea del margen, se impulsó a través del escritorio y saltó hacia el piso. Sin embargo nunca llegó a su destino, al menos no a los ojos del escritor quien, en el medio del trayecto, lo perdió de vista.
El escritor volvió su cuerpo hacia adelante y sintió fluir de golpe la sangre hacia su cerebro, lo que le provocó un pequeño mareo. Se apoyó en el escritorio y quedó quieto, inmóvil por completo, con la mirada perdida en la blanca hoja. El cansancio le había robado a su musa, la había encerrado entre miles de negras neuronas sin vida, asesinadas a manos de tantas medidas de whisky, chupitos de vodka y copitas de absenta. No podía contar la cantidad de días y noches enteras que había pasado en vela intentando encontrar la llave de esa prisión. Pero las neuronas que aun prestaban servicio, las blancas ya no tan radiantes, estaban tan cansadas como él, y comenzaban a dejarse transformar en un gris opaco, insulso.
Tomó su reloj y puso la alarma para descansar media hora. Cerró los ojos, estiró los brazos sobre el escritorio e intentó meditar, pero dos palabras parecían no querer abandonarlo, tenían algo que decirle, pero, ¿qué?
Blanco, negro, blanco o negro, blanco y negro. Blanco y negro hacen gris. Un tablero de ajedrez o de damas. Los animales ven en blanco y negro. Dos bandos opuestos, blancos y negros. Una batalla o muchas batallas. Una guerra. Dos bandos, blancos y negros, peleando por juntos llegar a ser grises, ideando estrategias como en una partida de ajedrez, liberando en la lucha su instinto animal. Sonrió en sueños. Aun le quedaban más de veinticinco minutos pensó pero volvió en sí, y el despertador estaba sonando.
Se abalanzó sobre la hoja, que en su mente ya no estaba vacía, y comenzó a garabatear todo lo que el sueño le había permitido ver de su musa; sabía que era poco, pero era bueno. Escribió por horas. Sus neuronas grises comenzaron a dar batalla. Los primeros tres capítulos escritos tuvieron apenas diez correcciones, todo salía de su cabeza de forma muy natural y se deslizaba como en un tobogán. Eran pocos los momentos que teniendo claro lo que iba a escribir, dudaba.
A esa altura ya había contado cómo un soldado del cuerpo de paz, o soldado blanco como se los denomina comúnmente, había decidido por sí solo viajar hasta la isla de Bay Ban. Había descrito al soldado como rebelde y de buen corazón, y a la isla como pequeña pero sobrepoblada. Mencionaba como motivo del viaje el de colaborar con la restauración de una nueva sociedad democrática, luego de varios lustros de régimen dictatorial en la isla. Sin esposa o hijos que esperaran por él, había juntado sus cosas emprendiendo el viaje.
El soldado, ya situado en la isla debía comenzar su interacción con el resto de los personajes. El escritor pensó que lo mejor sería enviarlo al centro de la isla, en la parte donde la ciudad estaba más desarrollada y desde allí comenzaría sus contactos para entender la situación actual. Sin embargo lo que pudo escribir fue muy diferente, en letras quedó plasmado que el soldado blanco se refugió en la casa de un amigo, quien lo introdujo a sus amigos más cercanos, y con estos comenzó su expansión social en la isla. El escritor se sintió impotente una vez más, pero la sensación le duró poco, incluso menos que antes.
Prosiguió la historia y contó cómo, con el pasar de los días, el soldado fue haciéndose conocido en la ciudad, intercambiando opiniones y consiguiendo adeptos a su causa y cómo logró salir de la casa de su amigo, a instancias del viejo, propietario de un hostal que le le ofreció una de sus habitaciones. Pero como todo héroe tiene un anti héroe, allí también conoció al soldado negro, esposo de la hija del viejo, quien había sido una pieza clave en los recientes años de dictadura.
Una vez más las palabras que quedaban en tinta no eran las que habían nacido en él. En su cabeza el soldado blanco no habría de cruzar caminos con un personaje tan negativo y opuesto, sino que debía esquivarlo y seguir su propio objetivo marcado por sus ideales. El blanco habría de seguir haciendo amistades, entablando relaciones fuertes, para así ganarse la confianza necesaria y participar activamente en la recuperación de la sociedad. Pero frustrado, casi contra su voluntad, contó cómo el soldado blanco se encontró eventualmente con el personaje negro, jurando en ese momento una venganza por todo lo sucedido. El escritor lo hizo incluso prometer que conquistaría el amor de su esposa, dejando así abierta la puerta a un final de amor, un final lleno de tensión, aunque totalmente esperado por el lector.
El creador, reducido a títere de las circunstancias, reflexionó unos instantes, pero la apatía se apoderó nuevamente de su cuerpo y prosiguió con la historia. Su musa estaba casi apagada, y ya para los últimos capítulos el destino de la historia no lo manejaba él. Los personajes dictaban su voluntad y aunque mucho se hablaba, mucho se tramaba, nada, absolutamente nada sucedía en la historia. Se repetían promesas de venganza de forma recurrente, encuentros que terminaban en discusiones, malos entendidos que en el final se aclaraban al lector. Pasaban los días y la sociedad de la isla no cambiaba, seguía estática, a pesar de estar viviendo un momento de liberación. Nadie cuestionaba las políticas, y el héroe era mágicamente conocido por todos, y aclamado por todos. Y por si fuera poco, vaya sorpresa, la hija del viejo había decidido separarse del soldado negro, cayendo así en brazos del blanco soldado, quien con su mejor aire de líder, supo consolarla.
Casi llegando al final del penúltimo capítulo el soldado negro, con un artilugio digno de los mejores malvados de las historias, logró, no sin ayuda de un par de secuaces, encerrar al soldado blanco. Nadie sabía donde lo tenía, ni siquiera sabían si está vivo. La gente lloraba su pérdida, quedando todo encaminado hacia un final inmejorable, donde en el último instante el héroe se salvaría, quedaría con su amor, y derrotando al malvado, viviría feliz por siempre en esa isla, que pasaría a ser su hogar. Un final inmejorable pensó. Al menos eso quiso creer, pero sabía que había muchos finales mejores, muchas historias mejores, o mejor dicho, sabía que en algún lado estaba la verdadera historia del soldado blanco en la isla de Bay Ban. En esta historia, el soldado blanco, que nunca debió hablar con el soldado negro, que debía de haberse insertado en la sociedad para ayudar a su recuperación, perdió todo su tiempo en pelear una batalla que no era la suya, para intentar ganar una guerra perdida de antemano. Su destino no era su destino, al menos no lo era más desde hacía rato en esta historia.
El escritor paró de escribir, releyó todas las hojas y meditó.
Una vez más el cansancio le ganó la pulseada y comprendió que había llegado el final, una vez más. Sintió el sonido de la hoja de su propia historia rajándose. Una vez más pensó. ¡Una vez más! gritó.
El corte comenzó por destruir el techo de su escritorio, siguió por una pequeña biblioteca ubicada en una de las paredes, tirando a su paso libros de varios tamaños, y cuando lo alcanzó, fue para separarlo de su escritorio de madera. Se tiró al suelo temiendo lo que ya estaba escrito en su destino. El corte, en su trayecto, movió el escritorio, e hizo rodar y caer al piso un lápiz gastado, que cayó al lado del escritor que sujetaba su cabeza preparado para lo peor. Cuando abrió los ojos pudo ver al pequeño soldado negro en la punta de su lápiz quién, después de haber dado otra gran batalla y con el orgullo del deber cumplido, moría una vez más.
A la basura fue a parar otro juego de hojas con la historia de un escritor, un personaje negro muerto desde el inicio, y un personaje blanco que nunca llegó a nacer.

Polizón

Mi abuelo me enseñó hace un par de meses una lección de inteligencia. Siempre fuepara mí lo más parecido que un ser humando puede tener a un héroe en la vida real.Desde que tenía siete años acostumbrábamos a ir caminando hasta la playa y allí dedicar aluna media hora en recorrerla descalzos y disfrutar de su paz. En cada aventura merelataba una nueva historia que le había pasado a él o a alguno de sus tantos amigos.La del sábado tres de enero, justo después de las fiestas, fue la mejor; lahistoria del primer automóvil de su barrio, en el cual tuvo el privilegio de viajar en suprimer y único viaje.

Viste que pasando la ruta está el puente que cruza el arroyo Chueco me dijo, comenzando su relato.Sí le respondí.Bueno, de chico tenía un amigo, Santiago, que vivía a dos manzanas de mi casa,allá por el barrio de los artesanos. Su familia tenía mucha plata porque habíanheredado unos campos que vendieron a unos españoles y pusieron un negocio deramos generales, lo que ahora vendría a ser un supermercado. La cuestión es queun fin de semana de julio, con un frío que no podes creer, apareció Santiago con unFord Prefect 1947, una joyita para la época.Un auto muy moderno bromeé.Para ese tiempo sí, y de los más potentes. Era una pequeña bestia celeste, de fácilmanejo, una cilindrada de 1.172 centímetros cúbicos y propulsores de válvulaslaterales.Me imagino que habrá sido muy popular con las mujeres,No tuvo oportunidad. Se rió unos segundos y siguió con su relato—. Esa tarde de julio
me subí de copiloto, mientras le daba indicaciones a Santiago de cómo manejar tantoauto. Fuimos a unos cuarenta kilómetros por hora, una velocidad prohibida, perosolo por nuestra inexperiencia, ya que la ley nada decía aún, no existía regulación sobre eltránsito de vehículos de cuatro ruedas. Las curvas fueron la parte mas divertida delviaje, pero también una curva fue la responsable que perdiera el control del auto ytermináramos cayendo por el puente. La altura era de unos ocho metros, y como alauto le faltaban las puertas de adelante, pudimos saltar al agua.Pa, muy salado. ¿Y que pasó después?En principio nada, caímos cada uno al lado del auto dentro del agua, así que nosalimos lastimados, pero el auto se hundió en un abrir y cerrar de ojos. Nosotros nadamos hasta la orilla.Una desgracia con suerte.Más que nada para el tercer pasajero.¿Venían con alguien más?Sin saberlo.—¡Chan!Se rió ante mi expresión de asombro y se aclaró la voz. 
Sí, chan, como dicen ustedes. Ese día llegamos a la casa de Santiago muy asustados y le contamos al padre lo que había pasado, esperando lo peor. Él solo se rió y agradeció queestuviéramos bien. Nos contó que el auto había sido el regalo de un cliente, por loque no se había perdido nada. Nos quedamos tranquilos y salimos a festejar.No entiendo.Bueno, que te cuento que ese regalo venía con premio. Al otro día salió publicado en lostitulares del diario «El Pueblo» la historia de la caída de un auto en el arroyo Chueco,
y cómo su conductor había sido rescatado (aunque aún inconsciente a la hora de laimpresión del tiraje) quedando el vehículo sumergido para la posteridad.Pero, ¿tu amigo no salió del arroyo con vos?Sí, mi amigo sí, pero el flaco que estaba en el baúl ¡no! El auto había pertenecido aun criminal de la favela Paulista de Mocca, quién no había tenido mejor idea quesecuestrar a unos de los líderes de una familia rival y esconderlo sedado enun auto con destino al extranjero. Ese día, más tarde, Marinho Silva recobró elconocimiento y explicó todo a las autoridades, contando cómo había viajado casitres días y tres noches sin recibir comida ni agua y cómo había podido escapar del auto (aunque dolorido) cuando éste cayó al agua y con el impacto se abrió la puerta del baúl.

Sonidos invisibles

El brujo huía por el bosque, corriendo tan rápido como podía, amenazado a cada paso por su túnicque le llegaba a los tobillos. Llevaba, aferrada con fuerza en su mano más hábil, una caja de madera que vigilaba celosamente, apartando los ojos de ella sólo para mirar el camino.Pero la noche lo teñía todo, y en un descuido el viejo tropezó y rodó por el piso. La caja también cayó al suelo, y al abrirse, dejó escapar cientos de pequeñas bolitas de colores que se esfumaron en el aire una a una.A poco estuvo de cruzar la frontera y rescatar los sonidos invisibles, sonidos jamás oídosrobados siglos atrás. Allí se desvanecieron, por ejemplo, el sonido del aletear de una mariposa, el del parpadear de dos ojos o el del nacimientode un arcoíris. También huyó el sonido de una flor que se abrede una idea que germina o del tiempo que avanza.Pero, sabio como pocos, el brujo se las ingenió para salvar un sonido muy importante. Si hoy nuestro corazón nos golpea, y resuena en nuestro pecho susurrándonos que estamos vivos, se lo debemos a él.




Hugo, el linyera

Hugo el linyera, por unas horas, fue mi amigo. Lo elegí de entre todos mis personajes para cumplir una misión muy importante y como recompensa tendría éxito, todo el dinero que deseara y cumpliría todos sus sueños. Tenía un gran futuro esperando en mi lapicera para él. 

El camino comenzaría con un Hugo ya adulto y golpeado por la vida, viviendo debajo de un puente con un carrito de supermercado como maleta. Luego, un día, tendría un golpe de suerte salvando a una señora de ser atropellada en el cambio de luz de un semáforo. Esa señora resultaría ser la madre de un importante hombre de negocios (pongámosle el Señor Renoft) quién, agradecido por su gesto, lo visitaría bajo el puente para regalarle dinero. Mi amigo no aceptaría el dinero, pero sí un trabajo, y terminaría siendo sereno en una de sus fábricas.

Hugo empezaría a vivir en un pequeño mono-ambiente en el  centro y luego de dos años de arduo trabajo ascendería a chofer personal del señor Renoft. Con un ingreso mejor se mudaría a una casa de dos cuartos y conocería a Inés, con quién se casaría, luego de seis meses de noviazgo.

Con el paso de los años pasaría a ser la mano derecha del envejecido (y aún soltero y sin hijos) Teodoro Renoft. Habría sido encargado de varios locales, estudiando por las noches y obteniendo después de un gran esfuerzo y sacrificio, el título de Licenciado en Administración de Empresas. Viajaría y conocería el mundo con su familia y, luego del retiro de su jefe, heredaría el legado del consorcio Renoft.

Pero a decir verdad desde el primer minuto Hugo se presentaba como un personaje rebelde, de ideas claras y pensamiento firme, y opuesto a todo poder que se le quisiera imponer.

Quise convencerlo por todos los modos posibles que se dejara llevar por el ritmo de mi lapicera pero no pude; cuanto más insistía, más se resistía. Si le ordenaba que fuera al río a lavarse la cara, enfilaba hacia algún contendedor y se ponía a buscar algo de comer. Si le daba instrucciones para que buscara trabajo o pidiera alguna changa, se quedaba toda la tarde tomando vino con sus compañeros del puente. Cuántos borradores para intentar domar al linyera. Y cuando al fin le pedí por favor que fuera hasta la esquina y esperara a que el semáforo cambiara de luz, él simplemente se quedó sentado, mirándome a los ojos, y sonriendo maliciosamente ante mi impotencia.

En ese momento Hugo el linyera, el personaje destinado a ser el protagonista de mi primer novela, dejó de ser mi amigo, y mi primer novela, dejó de ser novela, para convertirse en otro más de mis cuentos cortos.